La inflación, el desempleo y la caída del poder adquisitivo no solo vacían los bolsillos: vacían también las ganas. El país atraviesa un momento en que el festejo se percibe como una frivolidad, una falta de respeto frente al dolor cotidiano. Las calles no están tristes por falta de flores, sino por falta de esperanza.
La economía no da señales de repunte. Los indicadores de consumo, producción y empleo siguen en caída libre. Los comercios anticipan una temporada de ventas mínima, y los trabajadores, una Navidad sin regalos. Si el ritmo actual se mantiene, las fiestas de fin de año podrían ser las más austeras en décadas: sin luces, sin brindis, sin ese espíritu de cierre y renovación que solía marcar diciembre.
Pero lo más grave no es la falta de dinero, sino la pérdida del ánimo social. La crisis ha quebrado la confianza en el futuro, y cuando un país deja de creer en el mañana, también deja de celebrar el presente. Las fiestas, entonces, se transforman en un espejo incómodo: muestran lo que fuimos y lo que ya no somos.
Quizás este fin de año no haya fuegos artificiales ni mesas abundantes, pero sí puede haber reflexión. Tal vez sea el momento de mirar de frente la realidad y preguntarnos cómo reconstruir algo más profundo que la economía: la esperanza colectiva. Porque sin ella, ningún país florece, ni siquiera en primavera.
Fuente: Armando Cabral
