Me llama poderosamente la atención que numerosos medios nacionales presenten las próximas elecciones en Estados Unidos como si no tuvieran repercusiones para la Argentina. La historia reciente demuestra exactamente lo contrario. Basta recordar que, antes de las elecciones presidenciales argentinas, una declaración de Donald Trump tuvo un fuerte impacto en el debate local al advertir que, si Javier Milei no resultaba electo, Estados Unidos no ayudaría a la Argentina.
Más allá de las interpretaciones que puedan hacerse sobre aquella afirmación, lo cierto es que contribuyó a reforzar expectativas que todavía sobrevivían en una parte de la sociedad, especialmente aquellas vinculadas con una supuesta dolarización inmediata y una rápida mejora económica.
Muchos de los mismos sectores que hoy relativizan el impacto de la política estadounidense en nuestro país creyeron entonces en promesas que nunca se concretaron. La dolarización no llegó, los impuestos no bajaron de manera significativa para la mayoría de los argentinos y la situación económica continúa deteriorándose para vastos sectores de la población.
En ese contexto, resulta imposible no advertir las similitudes entre los estilos políticos de Trump y Milei. Ambos han construido buena parte de su identidad pública sobre la confrontación permanente, la descalificación del adversario y la generación constante de controversias. En el caso argentino, la violencia verbal ya no se limita a dirigentes opositores o periodistas. Ha alcanzado a mujeres, jubilados, profesionales y docentes. La situación llegó a un punto especialmente preocupante cuando el presidente se refirió de manera despectiva a una docente víctima de un brutal femicidio, reduciendo una tragedia humana a una cuestión estadística.
Las repercusiones de una eventual derrota de Trump podrían extenderse mucho más allá de las fronteras estadounidenses. No sería la primera vez que sectores políticos intentan instalar el temor como herramienta electoral, sugiriendo que el destino de la Argentina depende exclusivamente del respaldo de determinados liderazgos internacionales. Ese mecanismo de presión busca convencer a la sociedad de que no existe alternativa posible y que cualquier cambio conduciría inevitablemente al desastre.
Sin embargo, la experiencia demuestra que ninguna democracia puede sostenerse sobre la base del miedo permanente. La fortaleza de las instituciones radica precisamente en la posibilidad de la alternancia política, en la existencia de controles y en el respeto a las reglas de convivencia democrática.
Tanto Trump como Milei han sido acusados en reiteradas oportunidades de tensionar esos límites. Sus críticos les reprochan un estilo de conducción basado en la polarización, el desprecio hacia consensos básicos y una permanente confrontación con sectores sociales, políticos y culturales que consideran adversarios. En países con tradiciones democráticas consolidadas, estas conductas suelen encender señales de alarma por el deterioro que provocan en la calidad institucional.
La Argentina, además, enfrenta una vulnerabilidad mayor. Se trata de un país periférico, endeudado y con profundas desigualdades estructurales. Por ello resulta aún más difícil comprender la permanencia de un modelo que, según sus detractores, beneficia principalmente a los sectores más concentrados de la economía mientras profundiza las dificultades de trabajadores, jubilados, pequeñas empresas y productores.
Los efectos de las políticas impulsadas por el actual gobierno son motivo de fuertes controversias. Sus opositores sostienen que los recortes han afectado a la educación, la ciencia, la salud pública, la industria nacional y los sistemas de asistencia social. También señalan la pérdida de puestos de trabajo, el cierre de empresas, el incremento del endeudamiento familiar y la persistencia de una economía estancada que no logra traducir los indicadores macroeconómicos en una mejora concreta de la calidad de vida.
Por eso resulta llamativo que muchos pretendan presentar a Trump y Milei como fenómenos aislados. En realidad, forman parte de una misma corriente política internacional que cuestiona consensos históricos, desacredita instituciones democráticas y suele encontrar en la confrontación permanente una herramienta de construcción de poder.
Estados Unidos atraviesa hoy una profunda movilización social y política. Las manifestaciones públicas contra Trump han contado con la participación de reconocidas figuras de la cultura y el espectáculo. Entre ellas se encuentran Robert De Niro, George Clooney, Mark Ruffalo, Chris Evans, Alec Baldwin, John Cusack, Meryl Streep, Jennifer Lawrence, Arnold Schwarzenegger y Sacha Baron Cohen, quienes en distintos momentos han expresado críticas a sus posiciones políticas y a su estilo de liderazgo.
También se destacaron las protestas protagonizadas por actrices como Susan Sarandon, detenida durante una manifestación contra la política migratoria de la administración Trump, así como las intervenciones públicas de Jane Fonda, Rosie O’Donnell y Alyssa Milano.
A esa lista se suma Richard Gere, quien se convirtió en uno de los críticos más duros del expresidente estadounidense, llegando a manifestar públicamente su vergüenza por la situación política de su país. Del mismo modo, figuras como Ellen DeGeneres y Portia de Rossi fueron vinculadas por distintos medios a procesos de radicación fuera de Estados Unidos en un contexto de creciente polarización política.
Pero más allá de la posición de actores, músicos o celebridades, el problema central es otro. Lo que está en discusión no es solamente un modelo económico o una estrategia electoral. Lo que se debate es la calidad de la democracia, el respeto por las instituciones y la vigencia de derechos que durante décadas costó construir.
La continuidad de liderazgos basados en la confrontación permanente deja una herencia compleja: sociedades divididas, pérdida de confianza en las instituciones, debilitamiento del debate público y un creciente descreimiento en la política como herramienta de transformación colectiva. Cuando la agresión reemplaza al diálogo y el enemigo sustituye al adversario, las democracias comienzan a deteriorarse desde adentro.
Por eso, más que temer a los resultados electorales de otros países, la sociedad argentina debería concentrarse en fortalecer su propia capacidad crítica, exigir rendición de cuentas a todos los gobiernos y defender los valores democráticos que permiten construir consensos duraderos. Ningún líder es indispensable. Ningún país puede quedar atado al destino político de una sola persona. Y ninguna democracia se fortalece cuando el miedo se transforma en la principal herramienta de gobierno.
Fuente: Armando Cabral www.lalicuadoratdf.com.ar
