Ser vieje, puto, torta o trans en una sociedad gerontoodiante

Mart 29/09/2020.- La diversidad en adultes mayores implica una serie de resistencias y lucha contra las vulneraciones de derechos. Hablamos con cuatro activistas del colectivo que viven su orientación de género con gran parte de su vida ya resuelta y con una juventud que no vuelve.

La palabra “clóset” significa armario pero también, para mucha gente, significa cárcel. Dentro de la militancia LGBTQI+ la expresión “salir del clóset” se usa para graficar de forma bastante clara algunas cuestiones. Primero, que el mundo es un lugar tan hostil que el deseo de amar, si no sigue las “normas” impuestas, tiene que quedar oculto. Segundo, que la sociedad que discrimina a quien se escapa de los estándares, les condena a una vida llena de oscuridad. Y tercero, pero tal vez lo más importante, que hay un afuera que conquistar. La acción de “salir del clóset” continúa hoy siendo revolucionaria.

Pero si contarle al mundo nuestras preferencias sexoafectivas cuando se escapan de la “norma” es difícil, imaginemos si a la ecuación le agregamos décadas de silencio. Animarte a poner en palabras que sos gay, lesbiana o cualquier otra orientación en la vejez es complejo pero lo que tiene de incómodo, sostienen quienes pasaron por eso, lo tiene de liberador. Comenzar una nueva vida a los cincuenta años, nuestro ave fénix contemporáneo.

La pandemia puso en evidencia la situación de vulnerabilidad en la que se encuentran las vejeces en Argentina desde hace mucho tiempo. La Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema informó que en 2019 crecieron un 17% las denuncias por violencia y maltrato a viejes. En el caso de la comunidad LGBT, la valentía que se requiere para salir del clóset está enmarcada en un cuadro de terror: durante el año pasado se perpetraron en Argentina al menos 177 crímenes de odio donde la orientación sexual, la identidad y/o expresión de género de las víctimas fueron utilizadas como pretexto discriminatorio para vulnerar sus derechos y ejercer violencias.

La romantización de este acto genera escalofríos. ¿Hay que celebrar el coraje de quien se anima a revelar de quién se enamora o con quién tiene sexo casi como una obligación social? ¿O habría que empezar a cuestionar por qué pasa lo que pasa? En esta nota, Filo.News entrevistó a cuatro activistas del colectivo que viven su orientación de género en la vejez, con gran parte de su vida ya resuelta y con una juventud que no vuelve. ¿Hay nostalgia? ¿Hay alegría? ¿Cómo viven “tardío”, ese salir del clóset?

Aclaración: utilizamos la palabra “vieje” para referirnos a las personas “mayores” porque creemos en su reivindicación. Dentro de la militancia feminista, tomar esa palabra que tiene tanta carga negativa y utilizarla como bandera, es una forma de romper los prejuiicios que conlleva. 

La costosa búsqueda del propio deseo

Graciela Balestra | Foto: Instagram @puertaabiertalgbt

Graciela Balestra tiene 57 años, y forma parte de La Casa del Orgullo. Junto a diferentes compañeras crearon en 2009 la Asociación Civil Puerta Abierta a la Diversidad, el primer centro de jubilados LGBTQI+ de la Argentina, situado en San Cristóbal. Ella trabaja como psicóloga especializada en diversidad, y atiende a sus pacientes de manera virtual por la cuarentena. Su objetivo es claro: “Quiero cambiar el mundo para que se pueda vivir libremente y aceptar la diversidad”.

Casada con un hombre durante 14 años, se dedicó a estudiar ingeniería y también a ser catequista. Sin embargo, cuenta que solo lo hizo para cumplir los “mandatos sociales”: “Yo era muy practicante, tenía el peso de la culpa. Como muchas, cuando era joven no sabía que te podía gustar otra mujer, me sentía rara, enferma, que era a la única en el mundo a la que le pasaba esas cosas”, recuerda.

“La primera persona a la que me animé a decirle que era lesbiana era a mi terapeuta, a los 36 años. Después de mucho tiempo empecé a entender que eso que me pasaba no era una enfermedad, que se podía vivir libremente. Pero todo esto que ahora te cuento me trajo muchos años de duda”, relata, y revela que se animó a divorciarse para buscar su propio deseo.

“Todo ese sufrimiento siempre digo que no debería existir. No hay razón de que exista. Si yo hubiera sabido de chica que me podía casar con una mujer, lo hubiera hecho de entrada”, sigue. Madre de dos hijas, quienes hoy son activistas por los derechos LGBTQI+, cuenta que hace casi tres años que conoció a su mujer, con quien convive en la cuarentena. Juntas trabajan en el centro de jubilados. “Ella es profesora de yoga, y nos ayudamos a buscar material, leer. Hoy no puedo ocultar más mi identidad, por suerte, estoy feliz. Pero me costó muchísimo, por eso entiendo a mis pacientes que les cuesta”.

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Luis Etchenique | Foto: Luis Etchenique a Filo News

Luis Etchenique tiene 60 años, es profesor en la UADE y asesor en temas de diversidad. “Considero que es un momento de la vida donde puedo contribuir a que las nuevas o actuales generaciones puedan hacer uso de sus derechos inalienables, que es el derecho a la vida, el derecho al amor y el derecho a tener una sexualidad libre y digna”, afirma a este medio.

La primera persona a la que le dijo que era homosexual fue a su esposa y a su hijo, hace veinte años atrás. En el proceso, cuenta que pasó por mucha terapia, e incluso asistió al centro de jubilades de Graciela. “No fue fácil. Uno tenía determinados prejuicios, presiones sociales y un contexto social que no contribuía. Sentía que salir del clóset era un pecado”, confiesa.

Luego agrega: “Quizá por mi edad también, fui educado en un contexto familiar muy fuerte, en dictadura, cuando había decretos o regulaciones que impedían conductas sexuales entre hombres”, recuerda y sigue: “Fue bastante traumático, me costó muchísimo”, recuerda.

Hace tres años, recuerda, salió del shopping y se encontró a dos adolescentes caminando de la mano. “Me paré, los miré y le dije ‘chicos, los felicito’. Lo que hemos pasado para que ustedes hoy puedan estar así, libremente, caminando de la mano. Ahí me miraron, se sonrieron”, dice emocionado.

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Edgardo Corts | Foto: Facebook

Edgardo Corts tiene 69 años, y es el fundador de la Organización Mayores en la Diversidad. Decidió salir del clóset a sus 35 años, y aunque era joven, fue muy complejo porque ya había formado una familia bastante tradicional: una mujer y dos hijos.

Pero eso no lo detuvo y se animó a decirlo, casi como si fuera una confesión, casi pidiendo disculpas. “Fue muy fuerte. Diría que fueron dos planos. El plano personal y luego el social. El personal fue clave porque primero tenía que entender qué me pasaba y, luego, fundamentalmente, permitírmelo. Eso fue, creo, lo más difícil”, cuenta Edgardo.

“Fue todo un proceso, porque en la primera etapa yo dejé de ver a mis hijos. Es que en muchos momentos sentí que yo no tenía derecho a la paternidad, que la paternidad no era algo que perteneciera a mi identidad sexual”, explica y hace referencia a una Argentina que aún no tenía entre sus leyes siquiera al matrimonio igualitario.

Edgardo, además, admite que si bien en ese momento fue difícil, luego de contar y de sincerarse consigo y con su familia respecto a sus deseos, la vida se tornó más llevadera. “Pasada la tormenta, lo que viene es una etapa de algunas lluvias pero de mucho sol. Después de eso, más allá del resto, todo es mucho más llevadero con uno mismo”, admite.

En la misma charla, hicimos un parate para hablar de las personas trans, que si bien son parte del mismo colectivo, la situación en una sociedad que discrimina de forma sistemática esta identidad de género, es completamente distinta. Porque el momento de salir del clóset es, para las personas trans, cuando comienza una pesadilla.

¿Acaso mi experiencia no vale?

Foto: @oyemathias | Instagram @geroactivismo

Existe una regla que indica que si realizás 10 mil horas de práctica sobre algún ejercicio, se considera que ya sos expertx del mismo. La conocida frase “la práctica hace al maestro”, bien aplica para esto. Las horas y el empeño en complacer los deseos del otre y los propios, bien podrían considerarse un ejercicio diario respecto a nuestra sexualidad.

Entonces, si seguimos esa lógica, cuanto más tiempo cogés, mejor lo hacés. Pero en un mundo en el que el gerontoodio todo lo invade, el tabú que existe alrededor del sexo en la “tercera edad”, es total. ¿Cuál es el imaginario social que existe acerca de la sexualidad en ese sector poblacional?

“Parece que el adulto mayor no debiera tener sexualidad. Muchas veces la sexualidad es anulada, e incluso se reingresa al clóset. En el adulto o adulta LGBT esto se potencia más justamente por la familia, por los hijos. Creo que afortunadamente se está empezando a visibilizar más la sexualidad del adulto mayor”, cuenta Etchenique. En este camino, según considera, tuvo un rol clave la Ley de Identidad de Género: “Ayudó en tomar conciencia de la existencia de otras sexualidades, de que existen y de que son derechos”, opina.

Existen diferentes producciones que luchan por visibilizar este escenario. Entre ellas, se destacan series como “Grace & Frankie”, disponible en Netflix, como también “Mujer nómade”, la película de Martín Farina que protagoniza Esther Díaz, la flamante epistemóloga y ensayista argentina de 80 años que apuesta al autoerotismo, a la masturbación, a la exploración personal del deseo en las mujeres mayores.

De todas formas, todavía queda mucho por recorrer en la lucha por la visibilización de la sexualidad y la lucha contra los prejuicios. Tal es así que la Ley Nacional N° 26.150, Ley de Educación Sexual Integral, no contempla el derecho a la ESI para las personas mayores.

“Todavía se cree o piensa que no tiene que no debe amar, que no puede tener pareja. Esto hace que la sexualidad se oculte. Esto se acentúa en el adulto mayor, con lo cual aún queda mucho por recorrer y concientizar”, resalta Etchenique.

Vejez y cuarentena: ¿qué reclamos se profundizó la pandemia?

Vejez y cuarentena | Foto: NA

Las personas mayores son uno de los grupos de riesgo frente a la pandemia por coronavirus. Detrás de ese concepto homogéneo y superficial, el contexto puso en evidencia la soledad y abandono al que se enfrentan, sumado a una serie de discriminaciones económicas, sociales y culturales que golpean a este vulnerado sector de la sociedad.

Así lo considera Balestra, quien explica: “La mayoría están solxs. No tienen prácticamente amigos o familiares. La situación ha empeorado muchísimo. Nosotros hacemos grupos virtuales por zoom, pero no todos tienen acceso a un teléfono, una computadora que acepta esa aplicación. Así que esas personas se han quedado más solas que antes”.

Según apuntaba en esta nota la investigadora del Conicet y abogada especialista en derecho de la vejez, Isolina Davobe, existen diferentes estereotipos que deben enfrentar les viejes, que se denominan “viejismo” y que forman parte de una “cultura del desprecio” y “sociedad gerontofóbica”, que rinde culto a las formas y la juventud. Por esa razón, es necesario romper el tabú y luchar contra el desconocimiento de las condiciones de vida de la tercera edad.

¿Qué pasa con las personas mayores LGBT en este contexto? “El nivel de soledad es muy grande, y en la pandemia se notó más. Hay mucha homofobia, muchas personas estuvieron muchos años en silencio con respecto a su identidad. Cuando eran chicos no se hablaba de esto y quizás estuvieron toda su vida en el clóset”, asegura.

En el Centro Puerta Abierta, afirma que tienen “más trabajo que nunca” y que aumentó la cantidad de pacientes con modalidad virtual por la cuarentena. Según revela, entre los pacientes observó un crecimiento de “tristeza y miedo”: “Una persona de 20 años tiene toda su vida por delante, pero una persona de 90 años que vos le digas tenes que estar todo el año encerrada es muy desesperante, no es lo mismo”.

¿Y el Estado dónde está?

Según la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, los Estados deben desarrollar políticas, planes y legislaciones sobre envejecimiento y vejez, en relación con la persona mayor en condición de vulnerabilidad y aquellas que son víctimas de discriminación múltiple, incluidas las personas de diversas orientaciones sexuales e identidades de género. Sin embargo, todavía es una demanda que sigue pendiente.

Desde Puerta Abierta planean abrir el primer geriátrico gay del país y de América Latina, los cuales en Europa ya existen desde hace más de una década. Además, proyectaron la creación de un centro de jubilados para personas no binarias. Esos son algunos de los proyectos que presentaron en el  Congreso Nacional para que sean debatidos en las Cámaras y que les viejes LGBT “no terminen encerrades en un geriátrico homofóbico en donde las discriminen”.

“Muchas personas mayores nos decían que iban a otros centros de jubilados pero que se sentían muy discriminados, no podían contar quiénes eran, porque sí lo sabían o los echaban o se burlaban. No podían hablar de su identidad”, cuenta y sigue: “Desde que pusimos el centro de jubilados, vino mucha gente y nos dijo ‘me cambió la vida’, ‘nunca pensé que iba a tener un lugar así’. A mucha gente le cambió mucho la vida, los ayudamos a que de a poquito salgan del clóset, donde quieran y donde puedan. Se dan cuenta que no están solas, que no están enfermas, pueden vivir una sexualidad muy rica y activa”, explica.

Entre otros espacios, también se destaca el lesbiátrico “Sueños de Mariposas”, una red de contención para lesbianas en la vejez, creada por la activista Alicia Caf. El proyecto fue presentado en el Consejo Consultivo ad Honorem del Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación. 

“Necesitamos que haya más espacios como Puerta Abierta. Todavía no hemos tenido respuesta”, asegura. A su vez, resalta la importancia de modificar la Ley antidiscriminatoria, ya que la normativa actual es de 1988 y no contempla la orientación e identidad de género.

“Creo que todavía falta bastante para hacer desde el Estado y nuestras leyes, no acabó todo con la ley de Matrimonio Igualitario o la Ley de Identidad de Género. Todavía los adultos mayores LGBT siguen padeciendo discriminación, aislamiento y soledad y rechazo por parte de la sociedad”, asevera.

En este punto concuerda con Etchenique, quien señala: “Si el Estado asumiera un compromiso, podrían hacer mucho, ya sea en llevar adelante paridad y en términos de concientizar acerca de las diferentes sexualidades”. Luego añade: “Aún sigue habiendo asesinatos, golpizas, bullying, suicidios, transfemicidios. Esto sucede en todos lados.  Hay mucha homofobia. Creo que podría haber una concientización mucho mayor, conciencia del derecho a ser diferente”.

El derecho a ser vieja

Marian López Reta | Foto: López Reta a Filo News

Si hablamos de discriminación por portenecer al colectivo LGBTQI+, el rol del Estado y la tercera edad no podemos no hablar de la escalofriante cifra que continúa intacta: la expectativa de vida de una persona trans es de 35-40 años.

La Primera Encuesta sobre Población Trans realizada en La Matanza, en 2012, por el INADI y el INDEC arrojan una realidad en la que el 80% de la población ejerce la prostitución y realiza otras actividades de precaria estabilidad; en tanto que el 80% no tiene cobertura de salud, dato que empeora si consideramos que el 86% de quienes accedieron a un tratamiento de hormonización no fue asistida por ningún control médico, siendo estos índices los que inciden en la breve expectativa de vida de las travestis y mujeres trans.

Para este colectivo, la vejez es un privilegio y una gran deuda de la democracia. “Las deudas se multiplican por parte del Estado con nuestro colectivo. Porque obviamente no hay contención, no hay atención, no hay todo lo que no hay para cisgénero, pero se agrava. No hay espacio de contención, no hay refugio, no hay geriátricos, no hay medicina especializada, no hay nada directamente, no hay nada, absolutamente nada”, expresa a este medio Marian López Reta, activista trans de 55 años y coordinadora de la Comisión de Diversidad de Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de Zona Norte.

“La realidad es que ser vieja y ser trans es un ‘privilegio’ y lo digo entre comillas porque ser vieje en este país tampoco es un alivio. Hay sobrevivientes, son muy pocas, algunas que hemos empezado o oficializado nuestra transición de más grandes. Entonces hemos accedido a ciertos privilegios, privilegios que en su mayoría nos fueron impuestos. Muy poquitas han tenido la suerte de tener una familia contenedora y han podido desarrollar una vida ‘normal’”, agrega la activista trans.

En el libro “La revolución de las mariposas”, una investigación que encuestó a todo el alumnado del bachillerato popular trans Mocha Celis (bachillerato que hoy tiene serios problemas económicos y necesita ayuda) se indica que el 92,2% de las mujeres trans y travestis sostuvo haberse autopercibido con una identidad de género distinta a la asignada al nacer desde los 13 años o antes.

Y es en esa edad, promedio, en que la mayoría del colectivo huye de sus hogares luego de asumir socialmente dicha identidad. Ni la sociedad ni el Estado le dan posibilidades más allá del trabajo sexual o la prostitución y son muy pocas las que logran terminar el secundario.

Ante este escenario, una vejez digna, si ya es complejo para las personas cisgénero, en las personas trans suena casi imposible. El precio que pagan quienes se expresan de forma pública es distinto de acuerdo al género. No es lo mismo salir del clóset de la homosexualidad que presentarte como persona trans o travesti en nuestro país.

Esa marcada diferencia, esa expectativa de vida de 35 años, nos habla no sólo de lo mucho que falta en cuestión de derechos sino también de la multiplicidad de situaciones dentro de un mismo colectivo. La vejez es la última etapa de nuestra vida y un remanso es política pública y derecho adeudado. Para todes.

Fuente:filonews.com

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