Tres alumnas-madres de secundario en Chaco son abanderada y escoltas

Las tres dejaron los estudios y los retomaron en una escuela con guardería.

Sergio Schneider. RESISTENCIA. ESPECIAL
resistrencia@clarin.com

Tres jóvenes alumnas-madres son las abanderada y escoltas en un colegio secundario del Chaco, un caso probablemente único en el país. Las tres chicas, además, tienen en común haber abandonado en el pasado los estudios, y haberlos retomado al encontrar una escuela que creó en su interior una guardería para los hijos de estudiantes.

Se trata de la Escuela de Nivel Secundario 37, de Resistencia, que en 1995 se convirtió en la primera del país en tener un servicio de esas características, gestionado por docentes y alumnos y creado para terminar con algo que era habitual hasta allí: que muchas chicas dejaran los estudios al quedar embarazadas y por no tener con quién dejar a sus hijos en los horarios de clases.

El colegio funciona en el barrio San Cayetano, de la capital chaqueña, en horario nocturno. Concurren, sobre todo, jóvenes que están debajo de la línea de pobreza y que fracasaron en otros establecimientos al no poder asistir regularmente, por razones diversas: trabajos ocasionales que les impiden ir a clases, problemas familiares o simplemente la maternidad.

La abanderada de la Escuela 37 es Ana Fuzs. Tiene 27 años, la piel morena y una risa contagiosa. Una década atrás, mientras hacía el segundo año de la secundaria, decidió dejar de estudiar. En realidad, no tuvo muchas opciones. En su casa le dijeron que era necesario que trabajase para poder sostener el funcionamiento del hogar. Al poco tiempo llegó Gastón, su primer hijo, y volver a las aulas parecía una posibilidad más remota que nunca.

Sin embargo, fue el niño quien le dio el empujón necesario.

«Cuando Gastón empezó la primaria, comenzó a hacerme preguntas que me costaba responder. Entonces me dije: epa, ¿qué pasa acá?», cuenta, y se ríe. El orgullo pudo más, y Ana, que alguna vez había leído la historia de la Escuela 37 y su inédita guardería, se anotó y retomó la rutina escolar. «Me costó bastante», recuerda hoy.

La madrugada es el tiempo de hacer tareas y de preparar exámenes. Su esposo es remisero por las noches, por lo que la guardería del colegio tiene una importancia clave para sus estudios.

La primera escolta es Paola Orso (25), que dejó seis años los estudios antes de ingresar a la escuela del Barrio San Cayetano. También a ella la necesidad de trabajar le borró los caminos alternativos. Cuando volvió, Gianna, su nena, era una beba de 8 meses. Ella vive con sus padres, y por las mañanas trabaja en otra escuela. «Termino el día exhausta. Aprovecho los momentos en que la nena duerme para estudiar. A veces, cuando no queda otra, repaso acá en la escuela, y siempre zafo. Desde que volví, nunca me saqué una mala nota en un trimestre», cuenta. Su plan es terminar este año la secundaria y empezar Procuraduría.

Gabriela Navarro, la segunda escolta, es la más joven de las tres. Tiene 19 años, y a los 15 ya fue mamá. Fue cuando nació Braian, que hoy tiene 4. En su panza ya golpea otro bebé, que llegará dentro de un mes. Dejó la escuela en el 2000, cuando iba a empezar el primer año. «Fue por amor», reconoce sin vueltas, y hace explotar las risas de sus compañeras. Y no miente: se enamoró de un chico que sus padres no aprobaban, y entonces la sacaron del colegio.

Cuando llegó el embarazo, parecía que no volvería a estar sentada en un banco mirando hacia el pizarrón. Pero en su barrio aparecieron unas monjas haciendo trabajo social, y ella les prestaba atención cuando le insistían en que debía volver a estudiar. «Entré como sin ganas, pero me fue gustando», cuenta. Braian, al principio, no quería quedarse en la guardería, y hoy llora cuando su madre le avisa que es momento de volver a casa.

En 2004, Ana, Paola y Gabriela se encontraron en el mismo curso, y entablaron una amistad que también fue una alianza estudiantil. Cuando pueden, se reúnen para estudiar juntas.

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