Los mil días del presidente K

Si bien Néstor Kirchner ya dejó atrás el hito supuesto por sus primeros mil días en la Casa Rosada, aún flota en el aire la sensación de que su gestión está en su fase inicial y que tarde o temprano nos sorprenderá dándole su forma definitiva. ¿Lo hará? A esta altura no quedan muchos motivos para creer que pronto ponga en marcha una serie de innovaciones espectaculares porque si algo caracteriza a Kirchner esto es su resistencia a permitir cambio alguno.

Así y todo, desde el punto de vista de los estrategas del oficialismo, ha de ser muy positivo el que la mayoría entienda que el presidente se ha limitado a calentar los motores y que lo mejor está por venir. Cuando de la política se trata, las expectativas importan más que lo ya hecho, por impresionante o lamentable que ello fuera, y no cabe duda de que Kirchner sigue siendo el dueño del futuro nacional. Puesto que sus rivales en potencia distan de haber logrado armar alternativas convincentes, por ahora cuando menos el santacruceño no tiene demasiados motivos para preocuparse. Puede preverse, pues, que continuará «construyendo poder» agregando a su colección ya extensa de legisladores obedientes, operadores políticos infatigables, jueces comprensivos, amigos empresarios nada competitivos, gobernadores provinciales, intendentes, sindicalistas y, por supuesto, piqueteros que siempre estarán dispuestos a castigar a comerciantes que se atrevan a aumentar precios.
Kirchner llegó al poder hace más de dos años y medio, todos los interesados en esas cosas están tratando de ubicarlo en un lugar determinado del mapa ideológico. No les ha sido fácil. Aunque para muchos está entre los líderes de aquel «giro a la izquierda» junto con Lula da Silva, Hugo Chávez, Tabaré Vázquez y últimamente Evo Morales, que según ellos está transformando América latina, es probable que se hayan equivocado. Si bien Kirchner se congració en seguida con la izquierda vernácula atacando con vehemencia a los militares y hablando como si siempre hubiera sido un militante intrépido de los derechos humanos, sólo fue una cuestión de gestos simbólicos que le permitirían manejar la economía según criterios muy pero muy conservadores, casi decimonónicos, sin tener que enfrentar las críticas furibundas de la progresía local. Por lo tanto, sería legítimo tomarlo por otro reaccionario latinoamericano astuto que se ha disfrazado de «centroizquierdista» no sólo porque está en boga sino también porque así le resultaría mucho más fácil defender el statu quo. Huelga decir que tanta ambigüedad confunde a quienes prefieren cierto grado de coherencia en los líderes políticos. Es por eso que en el exterior hay los que sospechan que es un «populista» o tal vez un «neopopulista», calificación ésta que hasta hace un par de días tentaba al sociólogo galo Alain Touraine pero que después cambió al afirmar que en verdad el discurso de Kirchner es antipopulista.
¿Cuál Touraine, el de poco antes o el actual, tiene razón? Puede que ninguno. Aunque el discurso de Kirchner sí suele ser «populista», es decir, cortoplacista a más no poder porque está destinado a complacer a la gente al reflejar las pasiones populares del momento, las medidas concretas que toma son por lo común propias de un conservador de temperamento un tanto autoritario que entiende la importancia de la rectitud fiscal casi tan bien como un director del viejo Bundesbank alemán. Esta faceta del carácter presidencial se hizo evidente la semana pasada cuando, en un arranque extraordinario, fustigó al matutino Clarín por haber informado que el gobierno estaba preparando una reforma impositiva integral con el propósito de aliviar la pobreza.
¿Una reforma estructural? La mera sugerencia de que estaba por hacer algo tan drástico indignó al presidente, lo que es natural ya que desde el vamos se ha aferrado a la noción de que «el modelo» que le legó Eduardo Duhalde, esta versión apenas retocada del corporativismo tradicional latinoamericano, es más que adecuado y que todos los problemas del país deberían atribuirse a la maldad sin límites de los neoliberales, el FMI y sus lacayos menemistas. Lejos de ser «revolucionaria», la guerra propagandística que libran los kirchneristas contra el FMI y «la ortodoxia» se inspira más que nada en el temor de las elites políticas y económicas nacionales de que la Argentina se vea constreñida a abandonar un «modelo»que ya era arcaico en los años setenta. Puesto que los políticos y algunos empresarios figuran entre los ganadores de la gran lotería económica de 2001 y 2002, puede entenderse la aversión que sienten hacia quienes piden que el país se modernice en serio.
La negativa de Kirchner a impulsar cambios económicos significantes a pesar de que ya debería serle evidente que «el modelo» que custodia con tanta firmeza es mucho menos igualitario que el menemista puede atribuirse en parte a la cautela –la experiencia le habrá mostrado que aquí todas las reformas estructurales suelen resultar contraproducentes– y también a que lo que más le interesa es acumular poder. En este ámbito, ha tenido mucho éxito. Al aprovechar sin inhibiciones visibles la ventajas que le ha brindado el control de las cajas más apetitosas, se las ha ingeniado para erigirse en una especie de monarca absoluto, casi un rey sol en torno al cual gira todo lo demás, lo cual, obvio es decirlo, ha enfurecido a sus adversarios que, como Elisa Carrió, no han vacilado en tildarlo de fascista. Exageran, claro está. A diferencia de Benito Mussolini, de Juan Domingo Perón o del venezolano Hugo Chávez, Kirchner no es capaz de enfervorizar a multitudes. Y aunque no le gusta mucho el disenso, tampoco se ha rodeado de matones dispuestos a romper las cabezas de quienes se animan a criticarlo aunque sólo fuera porque comprende que el Proceso militar inoculó a la Argentina contra la violencia política. En efecto, el que el asesinato reciente del policía Jorge Sayago en Santa Cruz por una turba fuera la primera muerte «social» de su gestión mostró que en este sentido la Argentina se encuentra entre los países más pacíficos del Tercer Mundo.
Además de resultar ser un político hábil con reflejos rápidos que supo aprovechar el deseo generalizado de que por fin el país contara con un presidente al parecer fuerte, Kirchner tuvo la suerte de estar en la Casa Rosada justo cuando todos los países «emergentes» comenzaban a disfrutar del mayor boom económico de la historia del planeta, uno que beneficiaría mucho a los exportadores de bienes agrícolas como la Argentina que por lo tanto pudieron anotarse tasas de crecimiento épicas. Pero aunque la expansión macroeconómica frenética de los tres años últimos ha sido una bendición, también ha dado a Kirchner más pretextos para negarse a pensar en lo que sería necesario hacer para que el país pueda prosperar en el futuro. Al fin y al cabo, el que bajo la tutela de Kirchner el país haya logrado producir un poco más que en 1998 -un poco menos en términos del producto per cápita-, no puede considerarse un triunfo rutilante. Y es contradictorio, por decirlo de la forma más suave, que durante la gestión de gobiernos encabezados por hombres que hablan pestes del «neoliberalismo» por creerlo inequitativo la pobreza haya estallado sin que haya señales de que andando el tiempo se restaure el perfil socioeconómico de diez años antes.
Ahora bien: para todos los mandatarios de la región, manejar la extrema pobreza es el desafío principal. Algunos, como el chileno, lo hacen tomando medidas que a la larga sirven para reducirla. Otros que ven el problema a través de un prisma ideológico, como el venezolano que a pesar de recibir un torrente fabuloso de petrodólares ha sido incapaz de achicar el abismo que separa a los pobres de los ricos, se concentran de denostar a aquellas fuerzas –el liberalismo, el capitalismo, el imperialismo– que según ellos serán las causas básicas del atraso, de este modo alimentando el rencor de los rezagados y, al pasar, eximiéndose de la necesidad de reconocer que hoy en día sólo el capitalismo liberal es lo bastante productivo como para permitir que casi todos gocen de un ingreso decente.
¿Y Kirchner? Puede que no crea mucho en las ruinosas recetas izquierdistas que entusiasman a ciertos miembros de su entorno y que si propende a emplear su retórica es sólo porque le da una excusa para no arriesgarse emprendiendo reformas «estructurales», como sería una impositiva, que amenazarían el orden tradicional que, como el buen conservador que con toda seguridad es, está resuelto a defender con uñas y dientes contra los que quieren desmantelarlo para que el país se ponga en condiciones para enfrentar los muchos retos que le aguardarán en los próximos años.l

Por JAMES NEILSON | Ilustración: Pablo Temes.

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