Chile: por qué le va bien

SANTIAGO, Chile.– Un Mercedes descapotable transita victorioso por Isidora Goyenechea, una avenida del barrio Vitacura donde a cada paso aparece un restaurante con carta de exóticas propuestas. Es la hora del after office y sobran sitios para detenerse por un buen trago. El paisaje incluye tonos verdes, pero también edificios modernos que se ven perfectamente desde cualquier vereda: no hay carteles que molesten, ni banderas partidarias ni papeles volando por el aire.

En el Valle de la Dehesa, una urbanización enorme en la parte alta de la ciudad, se ven obreros con cascos amarillos, grúas que van y vienen, camiones que desbordan de ladrillos y bolsas de cemento, jardineros que cortan el pasto con esmero frente a casas aún sin terminar, clima de plazos que se cumplen. Es una foto de la película que se ve hoy en Chile: la de un país en expansión, vital, moderno, en permanente construcción.

Allí donde se vaya, la impresión será la misma: orden, limpieza, organización. No hay basura en las calles ni afiches pegados en las paredes, a pesar de que las elecciones presidenciales y legislativas se harán en apenas un mes.

Caminar por Santiagohattan –algunos ya lo llaman así–, la zona financiera ubicada a la entrada del residencial barrio de Vitacura, adonde se mudaron desde el casco histórico de la ciudad las principales oficinas comerciales, de líneas aéreas y de turismo, no deja dudas del cambio de fisonomía de la ciudad. Allí, el visitante se siente más cerca de Nueva York, Londres o Tokio que de cualquier ciudad latinoamericana.

Efectivamente, la brecha entre la capital del país trasandino y sus vecinos de América latina se está ampliando. Y las pruebas están a la vista: el crecimiento de la construcción, el espectacular salto en materia de infraestructura vial, portuaria y aeroportuaria, los niveles de consumo y los cambios que han experimentado las principales ciudades son el ejemplo más visible de un país que crece al 6 por ciento anual, pero que, si se toman los últimos 20 años, lo hizo a un 5,4 de promedio, lo que lo pone, por lejos, como el país de América latina con mejor desempeño. Sin duda, la variable principal detrás de ese crecimiento sobresaliente fue la elevada inversión productiva de los años 90, pero también la convicción de las elites dirigentes de que un país con 15 millones de habitantes y una geografía angosta y larga, arrinconada entre la Cordillera y el mar, debía buscar nuevos mercados, establecer acuerdos de libre comercio y salir al mundo a competir. La bonanza económica se ve en la flamante red de autopistas que une la parte alta de la ciudad con el centro, el aeropuerto y la salida a Valparaíso. También en las avenidas y calles desbordadas de autos de una enorme variedad de modelos, en gran medida importados y que según las estadísticas se renuevan, en promedio, cada dos años. O en el nivel de consumo en shoppings y otros centros comerciales de las zonas más elegantes, como Providencia, Vitacura, Las Condes, La Dehesa, áreas donde se observa la mayor concentración de riqueza y donde se multiplican los rincones exclusivos, como las cuatro cuadras de Alonso de Córdoba, una suerte de Rodeo Drive poblada de grandes marcas. La ciudad –con la red de subterráneos más moderna de América latina– creció camino hacia Farellones, el centro de esquí más cercano que tienen los santiaguinos.

Pero no por ello le dio la espalda a su encantador centro histórico, con la Plaza de Armas, la Alameda, el Palacio de la Moneda y otros edificios patrimoniales que el país ya prepara para los esperados festejos del bicentenario, en los que Chile trabaja desde hace años.Muy cerca, en la sede de la representación diplomática argentina, en la esquina de Miraflores y Huérfanos, el embajador Carlos Abihaggle es un espectador privilegiado de este proceso de transformación que pone a Chile, en muchos aspectos, en el nivel de un país del Primer Mundo. Lo dice sin vueltas: «Tantos años de sufrimiento disciplinaron a la sociedad chilena».

El resultado –en su visión– es un país con reglas y normas que se cumplen, cualquiera sea la ideología, con una alta cultura impositiva y una fuerte institucionalidad. «La gran fortaleza de Chile es su capacidad para tener políticas de Estado y también el haber sabido insertarse en el mundo», dice.

Competitividad

Un ejemplo de este abrirse al mundo es LAN, empresa aérea que el 8 de junio pasado empezó a operar en la Argentina, que aspira captar durante 2006 un 30 por ciento del mercado de cabotaje en las rutas que opera en nuestro país y que proyecta alcanzar una facturación superior a los 150 millones de dólares. «La clase empresarial chilena asume riesgos y cuenta con un perfil muy abierto a la competencia –dice Luis Ernesto Videla, director ejecutivo de LAN–. La búsqueda permanente por mejorar y ser competitivo en el mercado, por mérito propio y sin apoyos externos, ha contribuido a este proceso de modernización.»

Pero hay también aspectos culturales que despiertan la atención del visitante: la poca burocracia estatal, los altos niveles de legalidad impositiva y laboral, la eficiencia con que se atiende al ciudadano en las reparticiones públicas. Y la sensación de que los proyectos que anuncia el Estado –la construcción de autopistas en el Sur para sacar por los puertos de Valparaíso y San Antonio los productos exportables, o la promesa de que en quince años Chile será un país bilingüe, por ejemplo– se hacen realidad.

Tanto los informes internacionales de competitividad como los estudios académicos atribuyen el exitoso crecimiento de la economía chilena no sólo al buen manejo de las variables macro, sino también a la solidez de las instituciones públicas, la estabilidad política, el imperio de la ley, la baja corrupción y la previsibilidad. «Creo, sin embargo, que hay otros factores que no se mencionan, pero que son decisivos: una constante preocupación por mejorar la productividad en todos los ámbitos, incluido el sector público, el desarrollo de una cultura de iniciativa y responsabilidad individuales y una menor dependencia del Estado, con una clase dirigente que mira más allá de la coyuntura y es capaz de ponerse de acuerdo en políticas de largo aliento», dice el sociólogo José Joaquín Brunner, profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez y director del programa de Educación de la Fundación Chile.

A su entender, los beneficios de este proceso de modernización –crecimiento, mayor bienestar y más consumo– se extienden a lo largo y a lo ancho del país. «Por cierto que hay regiones que crecen más rápido que otras y subsisten diferencias entre las zonas urbanas y las rurales menos dinámicas», asegura.Sin duda, al salir de Santiago y adentrarse en las distintas regiones en que está dividido el país, el visitante se enfrenta a un Chile más humilde, pero hay ciertas características que se mantienen: el orden, la disciplina, la limpieza, el respeto por las normas.

Aprendizajes

La Argentina exporta 4000 millones de dólares por año a Chile (la mitad en concepto de petróleo y gas) e importa por 400 millones. Nuestro país sigue siendo el principal destino de las inversiones chilenas en el extranjero. Tenemos 5000 km de frontera en común, un millón de chilenos vienen por año a la Argentina y 400 mil argentinos viajan a Chile. De los 800 mil chilenos que están en el exterior, 420 mil viven en nuestro país. El proceso de integración es creciente, pero la sensación de los argentinos que visitan Chile, hoy por hoy, es que hay mucho que aprender de ellos.

«Es lindo vivir en un país donde todo funciona. Chile se modernizó, no hay burocracia, se respetan las reglas de juego, a veces con pequeñas variaciones, pero todos siguen un camino –dice la periodista Carmen Jaureguiberry de Molina, argentina, radicada en Chile desde 1970–. Acá la gente sufrió mucho; el país estaba en un pozo. En la gestión de Hernán Bucchi se hicieron muchas reformas dolorosas; la gente aprendió y hoy cuida lo que se consiguió con tanto esfuerzo», asegura.

Ciertamente, la población bajo la línea de pobreza en 1987 era del 45 por ciento y hoy es del 18,8 por ciento. El gasto social por habitante se triplicó entre 1989 y la actualidad.Sin embargo, hay quienes, como Alicia Romo Román, rectora de la Universidad Gabriela Mistral, primera institución privada de educación superior de Chile, sostienen que el presente de nuestros vecinos es el resultado de un proceso que tiene más de 30 años.

«En 1973 el país estaba colapsado. Su vieja institucionalidad se demostró incapaz de resolver los conflictos», asegura. Para Román, la clave de la modernización fue la posibilidad de tener un largo período sin actividad política, donde el gobierno pudo trabajar técnicamente con gente idónea. «A partir de 1990, los gobiernos de la Concertación tuvieron al prudencia de no tocar lo que aquella etapa había sembrado.»

También destaca el shock violento con que el país se abrió a mediados de los 70 y el quiebre definitivo con el proteccionismo industrial. «En los últimos 15 años aprendimos a movernos por el mundo», asegura.

En las antípodas, Ricardo French Davis, economista, profesor de Economía de la Universidad de Chile, partidario de la Concertación, que lleva como candidata a Michelle Bachelet, sostiene que Pinochet terminó su gobierno con una imagen de gran reactivación, pero que si se toma el salario promedio de toda su gestión, era menor que en la década del 70, y los niveles de pobreza también. «Muchos dicen que este modelo es el mismo de la dictadura, pero no es así; tuvo importantes correcciones», asegura desde su oficina, rodeada de jardines, en el magnífico edificio donde funciona el cuartel general de la Comisión Económica para América latina (Cepal), de la que es asesor.French Davis cree, sí, que los pueblos aprenden y que la voluntad –desde todo el arco ideológico– de hacer continuidad y cambio y no borrón y cuenta nueva son las verdaderas razones del milagro chileno.

Matices

En el lounge del hotel San Cristóbal Tower, un piso 21 con la mejor vista del río Mapocho y de toda la ciudad, casi no se siente hablar español. Hay norteamericanos, japoneses, europeos. Son huéspedes de toda partes que llegan a Santiago, atraídos por el clima de negocios que se genera en el país. Son los mismos que en sus ratos libres se hacen una escapada a Donde Augusto, el concurrido restaurante del Mercado Central que los acerca al otro Chile, más pintoresco y artesanal. O los que reservan mesa –aun antes de llegar a Santiago– en Zully, el ecléctico y cosmopolita restaurante de moda, en el también de moda barrio Brasil. O que piden el típico lomo «a lo pobre» (con papas fritas y huevos fritos) en el barrio de Miraflores, un San Telmo en miniatura, al pie del cerro Santa Lucía.

Cuando a Luis Maira, representante del gobierno de Ricardo Lagos en Buenos Aires, se le pregunta por qué a Chile le va bien, dice que porque en su país a la política van los mejores, gente con una sólida formación académica que ha elegido la vida pública como una opción. También destaca que la transición chilena se inició en un momento dramático, un mes después de la caída del Muro de Berlín y que los dirigentes chilenos – a diferencia de los del resto de América latina– comprendieron rápidamente el cambio de escenario internacional, incluida la revolución científico-tecnológica, y orientaron sus decisiones en consecuencia.

Pero hubo algo más: «Fuimos moldeados por una dictadura terrible, que nos obligó a ser responsables, disciplinados, serios, hasta diría exitosos, porque el menor problema hubiera hecho que se planteara el regreso a tiempos ya superados».

Maira reconoce que si el fantasma del regreso de Pinochet no los hubiera estimulado a hacer buena letra, tal vez habrían tenido una mayor tendencia al gasto público. Lo que el embajador de Chile en la Argentina señala de los políticos chilenos llama la atención como una característica de la dirigencia trasandina en general: la gente que ocupa los lugares destacados en las empresas y otros estamentos dirigenciales es notablemente preparada. Para decirlo sin vueltas: a los niveles de decisión no llega cualquiera, y hay también una estrecha relación entre la posición socioeconómica y el nivel cultural de los chilenos. Esta segmentación parece bien asimilada por la sociedad.

«El aceptar el lugar que a cada uno le ha tocado, sin resentimientos, genera un clima social muy sano», dice Patricio Ahumada, directivo de una de las cadenas de supermercados más grandes de Chile.Cierto es que el acceso a la universidad no es irrestricto, como en la Argentina. Los estudios universitarios se pagan, incluso en las universidades públicas. La cuota, en ambas, está en el orden de los 400 dólares por mes, pero hay sistemas de becas y los bancos dan créditos.Además, se ve la mano del Estado en la infraestructura educativa: la mayoría de las escuelas, aun las de los barrios más humildes, tienen excelentes edificios. «Si el Estado dice que dentro de cinco años va a entregar equis cantidad de casas, o de rutas, o lo que sea, no hay ninguna posibilidad de que no cumpla», dice Ahumada.

Todo esto no impide que el «modelo» chileno también despierte críticas internas. Las que hicieron más ruido últimamente provienen de Felipe Lamarca, uno de los más conspicuos representantes de la elite empresarial chilena y ex titular de la poderosa Sociedad de Fomento Fabril, Sofofa.

«Hay que introducir cambios para que el mercado funcione con más competencia y menos concentración de poder –dice Lamarca–. Es urgente hacer reformas. En un sistema que sólo tiene de mercado el nombre, pero donde todos los poderes están concentrados, el chorreo (hacia las clases más desposeídas) funciona a goteo», advirtió.

El salario promedio es de 350 mil pesos chilenos, unos 600 dólares, muy bajo para el nivel de vida y de consumo que tiene actualmente la sociedad chilena. Las estadísticas arrojan que hay 250 mil familias viviendo en la extrema pobreza.»Lo macro va bien; el problema es lo micro. Hay un gran desarrollo económico, pero los índices dejan que desear en desarrollo humano», afirma Vicky Quevedo, directora de Foro Ciudadano, una ONG que trabaja con organizaciones sociales comunitarias.En la sede de la Fundación Avina, en el corazón de Providencia, Vicky y su colega Juan Carlos Cárdenas, director ejecutivo de Ecocéanos, organización ciudadana independiente que trabaja por la conservación y el desarrollo sustentable, expresan sus reparos con el llamado «milagro chileno». «Chile parece la buena casa en el mal barrio», se lamenta Cárdenas. «La cara exitista del modelo se contradice con otra realidad: la de un país que tiene una de las peores distribuciones de riqueza del mundo y donde la brecha entre ricos y pobres es enorme», se indigna.Pero, como señala Patricio Fernández, director de la transgresora revista The Clinic, lo interesante del Chile de hoy es que esa preocupación ya no es privativa de la izquierda, que desde todos los sectores hay coincidencia en atacar la amenaza de quiebre social que genera la concentración de la economía.

Desde su oficina, en la calle Santo Domingo, Fernández analiza: «La gente se ha ido liberando del patrón autoritario y de que tiene que pedir permiso para vivir». Una prueba son los 55 mil ejemplares que vende este quincenario, que revolucionó la manera de hacer periodismo en Chile y que hace apenas 7 años era considerado un producto marginal.»Todavía hay mucho por hacer –se entusiasma–. Pero el proceso que estamos viviendo en este país es muy bueno.»

Por Carmen María Ramos (enviada especial)

Carabineros

Los estudios de opinión destacan a Carabineros como una de las tres instituciones con mayor credibilidad ciudadana.

«Desde el poder político se ha estimulado la conciencia colectiva de que la función policial que ejercen es muy importante para la ciudadanía y en el seno de la institución, que la ciudadanía es el principal cliente de los carabineros, por lo cual se debe fortalecer el proceso de integración», dice Felipe Harboe, subsecretario de Carabineros de Chile.

«Este país ha sido ubicado en el primer lugar del mundo en manejo macroeconómico. Estas condiciones, sumadas a la estabilidad política, permiten dar continuidad y profundizar los esfuerzos en mejorar la distribución del ingreso como elemento clave en la prevención social del delito», asegura.

Los nuevos argentinos

Por Alfredo Sainz

Recorrer las calles de Santiago es la forma más rápida y barata que tiene cualquier argentino de asomarse a una ciudad del Primer Mundo. Las veredas están limpias, el parque automotor ha sido completamente renovado (es imposible cruzarse con un Renault 12 o un Duna) y casi no se ven villas miseria. Esta primera impresión que se lleva el turista se confirma cuando se analizan algunos datos concretos de la economía. Del otro lado de la Cordillera, el desempleo se ubica por debajo del 9%, sin la necesidad de implementar subsidios del estilo Jefes y Jefas de Hogar, la deuda externa pública no llega a los US$ 10.000 millones y en los últimos diez años la tasa de pobreza cayó a menos de la mitad.

Los innegables éxitos del llamado modelo económico chileno –cuya única mancha es la distribución del ingreso, ítem en el que el país continúa mostrando uno de los peores índices de la región– también se tradujeron en una expansión de sus empresas en la Argentina y en otros países de la región.

La primera ola de inversiones se concretó a principios de los 90 y no terminó del todo bien para la mayoría de las compañías chilenas, en parte por la recesión que se desató en la Argentina a partir de 1998 y, además, porque no supieron amoldarse a un mercado diferente e intentaron aplicar su receta de negocios sin ningún tipo de adaptación.

No es un punto menor. Por momentos, los chilenos corren el peligro de convertirse en los nuevos argentinos, al menos en la consideración de sus vecinos. No son pocos los que los acusan de creerse que se las saben todas a la hora de encarar un negocio y de jactarse, al mejor estilo porteño, de poder hacer lo que quieren en otro país. Quizá deban tener en cuenta una lección: es un gran mérito acercarse a la riqueza (¡ojalá pudiéramos los argentinos!), pero es muy feo aparecer como un nuevo rico.

* El autor es periodista de la sección Economía

La otra cara del éxito

La salmonicultura es una de las industrias estrella de la gestión de Ricardo Lagos y refleja la tan buscada articulación entre la inversión transnacional, los sectores emergentes chilenos, la tecnología, la mano de obra y los recursos naturales. Creció 1900 veces en los últimos 15 años, por lo que Chile ya es el segundo productor mundial en salmones, detrás de Noruega. La industria se concentra en la región de los lagos, en Chiloé. Se trata de la X Región, que hace quince años era la séptima más pobre del país y hoy ocupa el sexto lugar. «Esto significa que el crecimiento no chorrea», dice Juan Carlos Cárdenas, de Ecocéanos.

«El 80 por ciento de la gente gana allí 280 dólares, que es el salario mínimo; trabaja 14 horas de pie, y con horas extras gana 320 dólares. Se trata de la región del país con menor desempleo, pero con el empleo de peor calidad. Esto nos dice que en Chile tenemos empresarios con estándares del Primer Mundo en productividad y del Tercer Mundo en desarrollo humano», asegura.

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