El silencioso esfuerzo de los que enseñan gratis a leer y escribir

En el país hay unos 6.000 alfabetizadores voluntarios. Muchos son profesionales que resignan su descanso para ayudar. Hoy es el Día del Maestro

Astrada es el técnico. El equipo forma con Saja; Cabral, Ayala, Brandan y Papa; Braña, Mannara, Cagna y Zapata; Salas y Graf. No es la voz del estadio, es un alfabetizador que trata de enseñarle la letra A a tres adultos que recién hoy tienen la oportunidad de aprender a leer y escribir y que, por ahora, comprenden más el idioma del fútbol que la lengua del Quijote.

Buena forma de entrarle al problema: escuchar las necesidades del otro, comprender su entorno, tenderle una mano y ayudarlo a cruzar el puente entre la ignorancia y la dignidad.

Como ese alfabetizador hay otros 6.000 en todo el país, dispuestos a barrer la estela trágica que deja la pobreza: más de 767.000 personas que no pueden saborear un poema y otros cuatro millones que no terminaron la enseñanza básica. Ni siquiera pueden escribir una pancarta para exigir, en cualquier plaza, que se revierta esa injusticia.

Dan clases en el cuartel de Bomberos de la Boca, en el sindicato de porteros, en el Sportivo del Norte de Tucumán, en las Termas de Río Hondo o El Quebrachal de Salta, sin más escudos que un cuaderno, sin más armas que su buena voluntad.

Epopeya, como anunció hace un año el ministro de Educación, Daniel Filmus, todavía no es: las ambiciones oficiales hablaban de alfabetizar, a través de organizaciones de la sociedad civil, a 100 mil personas por semestre, pero la campaña del Gobierno llega a 37.250, según un comunicado del 22 de agosto pasado.

Falta despliegue, pero sobra imaginación en estos mochileros del saber. En Entre Ríos, por ejemplo, donde los peones del campo tienen las manos callosas por el trabajo duro, a los alfabetizadores se les ocurrió envolver los lápices con tela, para dotarlos del diámetro de las zapas y los machetes, a los que esos trabajadores estaban más acostumbrados. Al tiempo, retiraron una vuelta de trapo por día y lograron que los peones rurales adquirieran sensibilidad y motricidad fina, indispensable para la escritura.

Gracias al voluntario Pedro Izaguirre —empleado bancario de día, alfabetizador de noche— una señora empezó a armar sus primeras oraciones luego de 50 años de comunicarse por escrito mediante un código alternativo de dibujos y palotes. Era jefa de cocina de un restaurante y cuando le hacían demasiados pedidos, por miedo a olvidarse, dibujaba una milanesa, un plato de ravioles, un flan con crema, lo que fuera, en un papel que escondía a la mirada de los dueños del local. Hoy cose uniformes de escuelas privadas, la paradoja tiene forma de alfiler.

Hasta aquí (es extraño, parece otro juego digitado por algún alfabetizador), los párrafos de esta nota se acomodaron solitos por orden alfabético. Es que, ante la carencia de herramientas pedagógicas clásicas, los voluntarios despliegan la inventiva, como Rosa María Alsina, la “obrera del lápiz” que desde hace 20 años da clases en La Bombonera, los días que no hay partido. No falta nunca, como Sarmiento, y se las ingenia para armar ejercicios que atraen a los alumnos del barrio, a los que ofrece leer la tabla de posiciones, la formación dispuesta por Basile o los titulares del diario deportivo Olé.

Imaginación es lo que les sobra a los voluntarios, capaces de dictar la introducción a la letra O con la canción de León Gieco Los Orozcos o de organizar un campeonato de apodos que incluyan la CH, donde los participantes abandonan la vergüenza y se prenden a los gritos: “Chiche”, “Chacho”, “Checho”, “Cholo”, “Cuchu”, “Chanchi”, “Chango”, “Chicho”, “Chapa”, “Chupa”, “Chechu”.

Juntan lápices en una villa de Quilmes y los ponen a disposición de los que no tienen; le sacan horas a su profesión (hay abogados, sociólogos, técnicos en administración de empresas, docentes) y se las regalan a los iletrados; llegan a pagarles los remedios a sus alumnos; o el boleto del colectivo, para que no falten a ese instante de esfuerzo y sueño común.

Kirchner, el Presidente, contó que él también alfabetizó en el ’73 y el ’74 y en mayo, en la Casa Rosada, felicitó a los voluntarios por “el sentimiento tremendo que deben sentir al sacar de la oscuridad al que necesita una mano para comunicarse con sus hermanos”.

Las películas también sirven como material de apoyo. Un alfabetizador recurrió a Historias mínimas, para mostrar las diferencias entre las letras de imprenta y las cursivas, algo que se explicaba allí en las distintas inscripciones de una torta de cumpleaños para un tal René. Y otro se recostó en El Cartero, donde Pablo Neruda descubría al empleado del correo el secreto de las metáforas.

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