Se vienen los DINK

La sigla en inglés significa “doble sueldo, ningún chico”. Son matrimonios cuya realización no pasa por formar una familia tradicional. Quieren crecer profesionalmente, viajar y no perder oportunidades

Georgina Elustondo.
clarin.com

Fue una de las reivindicaciones fundantes del feminismo, pero hoy excede ampliamente a quienes “militan” en esas filas. La concepción de la maternidad/paternidad como opción y no como destino obligado de una pareja es una tendencia que se consolida en el Primer Mundo y que empieza a hacer pie en la Argentina, entre jóvenes y no tan jóvenes de sectores medios/altos y altos que encaran el futuro con más fidelidad a la propia voluntad y al proyecto personal que a los dictados de la biología y la tradición.

En los países desarrollados la decisión de no traer hijos al mundo -o de postergar la maternidad hasta el límite mismo de la capacidad reproductiva de la mujer- se repite con tal frecuencia que el fenómeno ya ha sido bautizado: se habla de los DINK (double income, no kids: doble sueldo, ningún hijo), parejas cuya realización no pasa por la conformación de una familia tradicional, y en cuya unión no está implícita -como suele o solía estarlo- el deseo y la voluntad de generar descendencia.

El abanico de argumentos que sostienen esta elección es muy amplio, y recorre desde ambiciones económicas, profesionales y laborales hasta cuestiones más personales, como la decisión de no sumar un nuevo ser a un mundo que creen peligroso o miserable, la convicción de sentirse incapaces de sostener la entrega que un niño supone, o la sospecha de que un hijo -un potencial tercero en discordia- puede amenazar un equilibrio que les resulta satisfactorio.

En Estados Unidos, según la American Demographics Magazine, “los matrimonios sin hijos están en ascenso. Tanto, que sumarán 31 millones de parejas para el año 2.010”. Es tan fuerte la tendencia que ya se editaron allí una veintena de libros sobre el tema y uno de los últimos, Familias de dos, de Laura Caroll, batió récords de ventas este año.

Lo mismo ocurre en China, Canadá, Japón, España e Italia, donde el fenómeno empieza a alarmar a las autoridades. Basta navegar por Internet unos minutos para advertirlo: hay páginas que llegan hasta la militancia anti-hijos, como los sitios Childfree o The Childless Revolution.

Esas realidades poco tienen que ver con Argentina, al menos por ahora. Pero los especialistas coinciden en que la postergación de la maternidad y hasta la decisión de no procrear empiezan a sonar en algunos sectores. “Es un tema que aparece muy capilarmente, y en grupos muy pequeños (en quienes optan por una carrera académica, por ejemplo). En nuestro país el mandato de la maternidad es aún fuertísimo. Lo que aparece claramente es la postergación de la maternidad”, apunta la doctora Dora Barrancos, directora del Instituto de Estudios de Género de la Facultad de Filosofía de la UBA.

Las cifras la respaldan. “La tasa de fecundidad en la Capital viene cayendo desde 1990. Era de 2,1 hijos por mujer y hoy está por debajo del nivel de reemplazo generacional: 1,7 hijos por mujer”, explica la socióloga Victoria Mazzeo, del Instituto Gino Germani. “Se postergó la edad del matrimonio (la primera unión de las mujeres era a los 28 años y ahora pasa los 30) y, también, la edad en que se da a luz al primer hijo: en los 80 oscilaba entre los 26 y 28 y hoy supera los 29. Además, aumentó la proporción de mujeres que, al final de su vida reproductiva, no han tenido hijos: en 1980 representaban el 14% de las argentinas de entre 50 y 54 años. En el 2001, esa cifra había trepado al 17%”, agrega.

“Las mujeres tienen expectativas de una mejor posición social, lo cual implica mayor nivel educativo y mejores posiciones laborales. De allí que posterguen tanto la maternidad y que haya caído la cantidad hijos”, sigue Mazzeo. En la Capital Federal, donde las oportunidades se multiplican, el fenómeno es más visible. Por eso la cantidad de mujeres sin hijos es mayor: según la encuesta 2004 de la Dirección de Estadísticas y Censos el 19% de las mujeres de entre 40 y 49 años no había concebido ni adoptado.

Para Mabel Bianco, directora de la Fundación para el Estudio e Investigación de la Mujer, si bien el peso de la maternidad todavía es muy fuerte, “entre los jóvenes universitarios empezamos a advertir dudas respecto a esta obligación. No quieren casarse, no hablan de hijos. Ponen en primer plano otros proyectos”.

Claro: el primero en detectar este segmento fue el mercado. La palabra DINK nació en su seno para designar a las parejas homosexuales, atractivas para quienes ponen la mira en sus billeteras. Pero el fenómeno también llegó a oídos de los gobiernos y de los organismos internacionales, que ya alertaron sobre la caída de la tasa de fecundidad y el consecuente y acelerado envejecimiento de la población.

“Es un segmento que empieza a crecer en Argentina, y que el mercado mira con interés. Muchos de los consumidores de nuestras marcas son DINK”, comenta Braulio Bauad, director de la consultora KB, especializada en marcas de lujo. Sus estudios de mercado le permiten describir el perfil de estas parejas: “Tienen un compromiso profesional fuerte. Valoran lo académico, la formación, e invierten mucho dinero en el cuidado de su estética y su salud (alimentación, ejercicio, masaje, interés por las disciplinas de origen oriental). Son muy psicoanalizados, aceptan más la infidelidad y tienen un componente cool y transgresor (en la moda y en los mandatos familiares). Son bichos urbanos, conocen la ciudad al dedillo, pero vacacionan en lugares exóticos. Adoran el turismo aventura”.

Los estudios sobre el segmento reflejan que una de las pasiones de estas parejas es la tecnología. “Tiene mucha participación en su vida cotidiana, es como un emblema. Les gusta mucho el diseño, lo lúdico y el consumo hedónico, como la cocina gourmet. En lo personal son muy individualistas y egocéntricos, buscan la satisfacción inmediata”, agrega Mariela Mociulsky, al frente del área de Tendencias de la consultora CCR. “Estas tribus urbanas de parejas sin hijos son un nicho interesante para las empresas, pero todavía es chico porque está integrado por personas de sectores altos, que son un porcentaje mínimo en el país”.

Es fácil deducir por qué el mercado mira con interés el desarrollo del segmento DINK: una casa con dos ingresos y ningún egreso en el rubro “hijos” supone un bolsillo de tal holgura que tiene un resto para productos y servicios que resultan prohibitivos para familias numerosas. “Un hogar sin chicos gasta un 27% menos que uno de cuatro miembros. Hasta la llegada de un bebé implica un aumento del gasto del 18%. La idea es que los DINK tienen ese dinero extra para gastar en otras cosas”, dice Mariana Rossi, de LatinPanel Argentina.

La decisión de no procrear y de orientar la vida hacia otros proyectos enciende las críticas -y hasta el escándalo- en algunos sectores: los acusan de cómodos y eternos narcisistas, incapaces de asumir responsabilidades de adultos; y otros hablan de personas egoístas y ambiciosas, entregadas a competencias varias y “perdidas” por el consumo selectivo y de calidad.

Pero abrir la cabeza, escuchar y respetar siempre es mejor que juzgar. Entonces, ni buenos ni malos, ni mejor ni peor: parejas que no consideran que los hijos sean necesarios para llevar una vida plena; personas que asumen que no desean o no pueden entregarle a un niño el tiempo y el cuidado que necesita y actúan en consecuencia… No desafiando sino soltando, simplemente, la obligación de ser padres. ¿No es mejor que traer al mundo un bebé sin espacio donde ubicarlo, sin convicción ni deseo?

Loft anti-chicos

“Nosotros construimos lofts para parejas jóvenes o personas solas. La estructura, la estética y los servicios están pensados para ese target. No prohibimos a los chicos, pero cualquiera que consulte advierte que es un producto discriminador: hay escaleras, el jacuzzi es jacuzzi y no pileta de niños, el loft es loft, no se pueden levantar paredes. Una familia no se interesa por estas propiedades” (Daniel Zanzotti, propietario de Guisa S.A., empresa que construye edificios para gente sin hijos).

Pequeños placeres cotidianos
Diana Baccaro

“Y ahora traeme” es un libro infantil que cuenta las desventuras de una pareja de pájaros por complacer a su pichoncito que desde el nido demanda cada vez más cosas. “Pedía algo el lunes y algo el sábado. Pedía por la mañana y a la noche. Pedía cuando masticaba y hasta pedía mientras dormía”. Y no importaba cuánto le regalaran, siempre quería más. Tanto, que un buen día el nido se cayó por el peso de los caprichos y los tres tuvieron que volar hacia la fuente de una plaza. La satisfacción inmediata de pedidos es, en este caso, una forma de perder el nido. En otros, una elección de vida que crece cerca de lo académico, lo lúdico y el consumo hedónico, pero lejos de la necesidad de anidar. En el medio quedan los pequeños sorbos de placeres cotidianos, los que se construyen día a día, cediendo hoy para avanzar mañana.

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