Faltan inversiones para los negocios innovadores

Se invierte el 0,67% del PBI, menos que en otros países de la región. El Gobierno promete subir el presupuesto, pero los expertos dicen que faltan más incentivos. El periodista húngaro José Biro, harto de que la tinta de su lapicera se secara, diseñó un instrumento que revolucionó la escritura: el bolígrafo. Es un caso notable no sólo por el impacto que produjo su creación, sino porque además, sólo en la Argentina, en 1944, logró el financiamiento para fabricarlo y comercializarlo a escala industrial.

Aunque estrictamente no es así, ya que fue patentada por primera vez en Francia, Suiza y Hungría, en 1938, la birome es un orgullo argentino. Y con justa razón: Biro supo conseguir para su proyecto inversiones de riesgo, algo que históricamente fue difícil en la Argentina. Según datos oficiales, la inversión pública y privada destinada a la innovación de bienes y servicios, hoy, representa el 0,67% del PBI, muy por debajo del 1% que recomienda la UNESCO como umbral mínimo para lograr un desarrollo sostenido de la economía.

El mundo académico le presta cada vez más atención a la innovación para evaluar el nivel de competitividad de los países. Economistas, investigadores y científicos consideran que el conocimiento es un factor estratégico para las compañías que buscan conquistar nuevos mercados, con productos y servicios de mayor valor agregado.

Sobre este último punto, señala un informe de la consultora abeceb.com, el 73% de las exportaciones son productos industriales, es decir, con algún grado de manufacturación: “La categoría que mostró mayor dinamismo fue las exportaciones de bienes de medio—baja tecnología (refinaciones de petróleo y combustible nuclear). Y la segunda categoría fue la de baja tecnología”.

Los expertos señalan que los países más desarrollados disputan los mercados de alta tecnología (aeronáutica, informática, electrónica, instrumentos de precisión, por ejemplo) que son los de mayor rentabilidad y donde los procesos de innovación tienen un rol vital. Al contrario de la producción primaria, en estos nichos, el liderazgo se obtiene con productos novedosos y de alto valor. Los bienes high-tech o medium-tech representan el 60% del comercio mundial. Sólo el 2,5% de las exportaciones argentinas corresponden a este rubro.

Por eso es vital la innovación. El término define a la introducción exitosa en los mercados de mejoras en productos, procesos y servicios por parte de las empresas, cuyo factor principal es el tecnológico. “Las fuentes son la invención y el descubrimiento. Pero el camino a recorrer abarca actividades científicas, tecnológicas, organizativas, financieras y comerciales, que van desde la compra de maquinaria y herramientas, adquisición de patentes, marcas y diseños hasta la capacitación de personal”, dice Paula Nairñak, investigadora de la Fundación Mediterránea.

Según una encuesta que realizó el INDEC junto al Centro Redes, la industria argentina invirtió en el período 2002/2004 en actividades de innovación (investigación y desarrollo, recursos humanos capacitados y compra de tecnología) 2.300 millones de pesos anuales. Del total, el mayor gasto (el 57%) fue para comprar maquinarias y equipos y sólo 456 millones (el 19%) se destinó a investigación y desarrollo.

“Esos valores —destaca el estudio— son muy inferiores a los registrados en países tales como Brasil (0,61%), Alemania (3,11%) y Países Bajos (2,97%)”. Sin embargo, “el porcentaje de (empresas) innovadoras continúa siendo alto con relación a los parámetros internacionales. Esto probablemente obedezca a que prevalece en la Argentina la introducción de innovaciones de menor alcance o profundidad”. Es decir, los empresarios locales tienen vocación innovadora, pero invierten poco. Y le apuntan más a la cantidad que a la calidad diferenciadora de su producción.

Invención o innovación

Conviene dar una mirada al fenómeno innovativo antes de profundizar en los números. Una innovación, a diferencia de la invención, es un largo proceso que culmina en las empresas. Un adelanto científico o un invento no necesariamente representa una innovación si no tiene éxito en el mercado.

Los entendidos suelen poner de ejemplo al Silicon Valley, el polo tecnológico que hoy asombra al mundo. El boom se produjo cuando estudiantes surgidos de las universidades de Stanford y Berkeley montaron sus tecnológicas con la ayuda de los denominados inversores de riesgo. La fórmula del éxito: la combinación de universidades, investigación y desarrollo, inversiones de riesgo y muchos emprendedores.

¿Existen esos factores en la Argentina? Los datos son contradictorios. En los últimos años proliferaron en el país los polos, parques e incubadoras tecnológicas, que fusionan voluntades del sector público (para regular políticas y financiamiento), empresas y universidades, para promover nuevos emprendimientos.

Son muchas las empresas innovadoras comparado con los niveles internacionales. Pero la inversión es baja, coinciden los analistas. Como se trata de apuestas a largo plazo y de resultado incierto, el sistema financiero le escapa. “La reinversión de utilidades se mantiene como principal fuente de recursos para afrontar los gastos en innovación”, destaca el estudio del INDEC, y añade que el 83% de las empresas recurren a distintas formas de autofinanciamiento.

El esfuerzo estatal

En el país, del 0,67% del PBI invertido, el mayor esfuerzo lo pone el Estado (0,48%). Israel, por ejemplo, destina el 4,46%; Japón el 3,15%, EE.UU. el 2,68% y Alemania el 2,49%. En la región, Brasil destina poco más del 1 por ciento y Chile, un porcentaje similar al argentino.

El Gobierno asegura que elevará gradualmente el presupuesto destinado a Ciencia y Tecnología hasta conseguir el 1% del PBI recién en 2010. En diálogo con Clarín, Daniel Filmus, ministro de Educación, Ciencia y Tecnología, defendió la política oficial. “Cuando nosotros asumimos, el presupuesto representaba el 0,37%. Promovimos la sanción de leyes de promoción, con desgravaciones impositivas y establecimos un programa a largo plazo”, sostuvo.

Filmus, además, mencionó que ése es el camino que tomaron países como Finlandia e Irlanda, que reconvirtieron sus economías basadas en productos primarios, aumentando los presupuestos en el área científica. “En el presupuesto de 2007, el rubro que más aumenta, el 23,5%, es Ciencia y Tecnología, por encima de la energía y la seguridad social, dos temas críticos”, añadió el ministro.

Sin embargo, una evaluación de FIEL sobre este aspecto destaca que “la inversión pública y privada ha sido históricamente baja en comparación con otros países de similar grado de desarrollo y no ha alcanzado nunca el patrón de despegue semejante al que han tenido economías como Corea, Finlandia, Irlanda o Israel”. El informe agrega: “La inversión ha sido en general procíclica, es decir ha seguido los auges y recesiones de la economía”.

Carlos Lerch, secretario de Investigación Tecnológica de la Universidad de La Matanza, sostiene que es tarea del Estado promover la investigación aplicada. “La parte dura de la innovación, la ciencia básica, se hace desde el Estado. El desarrollo final lo hacen las empresas”, dijo.

Por otra parte, el científico argumenta que la mayoría de las innovaciones llegan de la mano de los emprendedores. “Aquí falta apoyo a las universidades públicas. Los principales centros de emprendedores están en las privadas”, agregó.

“Las empresas que invierten en innovación —puntualiza el economista Andrés López, del CENIT— les va mejor que a las que no lo hacen. Lo dicen todas las encuestas: tienen un desempeño superior”. Y opinó que no faltan ideas ni proyectos de negocios. “Lo que faltan son políticas públicas que promuevan a los sectores donde podemos tener ventajas y fortalecer los vínculos entre la universidad y las empresas.

Damián Kantor.
dkantor@clarin.com

loading...