El equipo de Parreira perdió porque nunca fue realmente Brasil. Sometido por el intermitente desequilibrio de sus individualidades, el scratch pagó la falta de ruedo en sus choques previos, con rivales que sin mostrar mucho llegaron a complicarlo. Frente a Francia, ratificó las graves falencias defensivas -el gol de Henry a los 11 minutos del complemento fue una prueba de ello- y la desconexión de sus atacantes, quienes nunca llenaron la expectativa depositadas en cada uno de ellos: Ronaldinho, Kaká, Adriano y hasta el propio Ronaldo, que convirtió sólo cuando las defensas rivales le dieron ventajas.
Para el entrenador francés, Raymond Domenech, fue la reivindicación ante todas las críticas que lo apuntaban por una supuesta tendencia conservadora en sus esquemas. Su apuesta por Henry como único delantero, tomó realmente dimensión cuando Zidane apareció en todo su esplendor y el equipo galo terminó atacando con cuatro y hasta cinco jugadores. A ellos se sumó el trabajo de grandes pilares como Thuram, en defensa, y Vieira-Makelele, en el mediocampo.
Como sucedió con el equipo de Pekerman, se termina el sueño para Brasil. Aunque la imagen de ambos equipos fue bien distinta. Los verdeamarelos se van con dolor y humillación, mientras los argentinos regresan ahora muchos más dolidos, pensando que por las actuaciones y el nivel mostrado, estaban para pelear el título en la final.
