Milei construye su identidad política en la confrontación. Su discurso contra la “casta” se extiende ahora hacia sectores empresariales que, paradójicamente, se benefician de su programa económico. El ataque verbal contra Javier Madanes Quintanilla (Fate) y Paolo Rocca (Techint) no es un hecho aislado: forma parte de una estrategia de diferenciación que lo coloca como outsider incluso frente al establishment que sostiene su modelo de ajuste.
El poder económico puede detestar la imprevisibilidad y la agresividad de Milei, pero encuentra en él un instrumento funcional:
- Desregulación laboral y económica que favorece la concentración.
- Reducción del gasto público que libera recursos para el capital privado.
- Debilitamiento sindical que reduce la capacidad de negociación de los trabajadores.
En este sentido, Milei es útil aunque incómodo. Su violencia verbal erosiona la institucionalidad, pero al mismo tiempo habilita reformas que los grupos empresarios demandan desde hace décadas.
La frase de Stola revela un punto clave: Milei no proviene de las élites empresariales ni de las familias tradicionales del poder económico. Su origen académico y mediático lo coloca fuera de esos círculos. Esa falta de pertenencia explica la tensión: el presidente necesita demostrar autonomía atacando a quienes, en los hechos, se benefician de sus políticas.
La confrontación con empresarios estratégicos como Rocca y Madanes no es menor. Techint controla gran parte de la industria siderúrgica y Fate es un actor central en el sector automotriz. Romper puentes con ellos puede tener consecuencias en inversiones, empleo y estabilidad económica. Sin embargo, Milei parece apostar a que el conflicto refuerce su narrativa de lucha contra “los privilegiados”, aun cuando sus medidas los favorezcan.
La frase de Enrique Stola funciona como una radiografía política: Milei es un presidente detestado pero funcional al poder económico. Sus insultos de hoy confirman que su estilo no busca la conciliación, sino la tensión permanente. El riesgo es que esa violencia discursiva, útil para sostener su identidad, termine debilitando la gobernabilidad y profundizando la fractura entre el Estado y los actores económicos que deberían garantizar el desarrollo del país.
Fuente: www.lalicuadoratdf.com.ar
