Era de noche. Cubierto con un poncho iba bajando hacia la costa de un pedregoso río. Antes de llegar a la orilla sintió violentamente el peso del animal sobre su espalda. Un zarpazo y otro lo lastimaban mientras el hombre, ya dado vuelta, retrocedía trastabillando. Se defendía a los gritos y revoleando una brújula que llevaba colgando. Le quedaba poco de vida cuando sus compañeros, alertados, se presentaron en el lugar y dieron muerte a una puma.
Este episodio sucedió el 3 de marzo de 1877 a orillas de un río todavía sin nombre, entre los lagos Argentino y Viedma, al sur de la actual provincia de Santa Cruz.
Su protagonista fue Francisco Pascasio Moreno, un hombre multifacético. Gran caminante y observador de la naturaleza, fue naturalista, científico, geógrafo y escritor. Además, se desempeñó como fotógrafo, diplomático y acabó siendo un gran negociador en las disputas limítrofes con Chile. En 1896 fue reconocido oficialmente como “Perito” por su incansable labor en la región patagónica. Como si esto fuera poco, al final de sus días donó al Estado todo lo que había recibido por los servicios prestados.
Fue de esa manera, entonces, que el río tuvo un bautismo casi salomónico. Con los pies en el agua y tras el sacrificio de sangre del animal, al que comúnmente llamaban león, Moreno pagaba el precio que la naturaleza exigía para darse a sí misma: valor y entrega.
“La Leona, hotel y bar de campaña”, reza hoy el cartel. El sitio es el mismo y la construcción la original. Sentado en una banqueta detrás de la barra, Ezequiel recibe a peregrinos y lugareños con igual entusiasmo.
Pequeña patria. En ese sitio el cruce del río era casi obligado. Una cosa trajo aparejada a la otra; el río a la balsa, la balsa al balsero, el cruce al paisano, el paisano a los vicios -nombre austero de la indispensable “provista”-, los vicios al boliche, el boliche al cuchillo, el cuchillo al comisario, el comisario a la comisaría, y ésta al calabozo. Así, el paraje se fue volviendo una pequeña patria y llegó a albergar hasta diez familias.
“La Leona, hotel y bar de campaña”, reza hoy el cartel. El sitio es el mismo y la construcción la original. Sentado en una banqueta detrás de la barra, Ezequiel, un muchacho de 24 años, recibe a peregrinos y lugareños con igual entusiasmo. Enfunda un colorido gorro de lana y una remera musculosa que lo desabriga, aunque asegura que no siente el frío. Según explica, vino desde la localidad bonaerense de Moreno a la Patagonia hace poco más de ocho años. Parece que la sombra de aquel nombre lo seguirá siempre de cerca.
Una vez adentro, está bien visible una estantería que sostiene años de historia. A media mañana entra por la ventana un rayo de sol y deja ver a trasluz del tiempo los relatos acumulados. Apoyada en el frío de la penumbra descansa una botella polvorienta desde hace mucho tiempo. Tal vez demasiado.
Abrazo de leona. Cualquier domingo del año, Don Florencio entra al boliche. Sin sentarse afirma el codo contra el mostrador, cruza una pierna delante de la otra y, distendido, pide una caña en voz alta, como para que si hay alguien lo escuche. O quizá alguna tarde, volviendo de recorridas, haga don Rosales una pausa para llenar su alma de voces, y emprenda otra vez su regreso, contento, y rebalsando de palabras para ir rumiando.
Encima del techo colorado de la cocina, la chimenea de aluminio en forma de “T”, despide un humo blanco que el viento desparrama enseguida.
Hoy como ayer llegan los paisanos. Su ritual es casi siempre el mismo; extraen tabaco y papel del bolsillo de su camisa y con dedos habilidosos arman su cigarro que pegan llevándoselo a la altura de la boca. Inmóviles de tanto galopar, esperarán con ansias que alguien ingrese para mirarlo a través del humo de su cigarro. Si es turista, mejor; el silencio del paisano tiene oídos siempre nuevos. Tal vez, el viajero le saque una foto para ayudar su memoria.
Encima del techo colorado de la cocina, la chimenea de aluminio en forma de “T”, despide un humo blanco que el viento desparrama enseguida.
El marco de la vieja entrada cuenta que vio salir a más de uno con los ojos brillantes, llenos de vino. Afuera, frente a la puerta, y abrazados por una rienda, dialogan en silencio un terco palenque con un viejo caballo.
Cerca de ese sitio se encuentran los bosques petrificados y a unos 100 kilómetros duerme el inmenso cerro Fitz Roy. Los vehículos cansados que llegan de lejos dan su alerta de ripio y un respiro a sus motores. Después de un rato de algarabía se van saciados, la puerta cruje y la servicial Leona vuelve a sumergirse en una espera sigilosa.
Un poco más lejos pasa un camión y el puente tiembla estruendoso. El conductor no detiene su marcha, pero saluda con el brazo en alto, como agradeciendo su presencia invencible. Cuenta con ella.
Así se van serenos las tardes y los días, las noches y los años. La Leona sigue agazapada pero, esta vez, para saltar y abrazar al viajero.
Juan Pablo Baliña
Río La Leona, al sur de Santa Cruz
Especial para LANACION.com
ruta40@lanacion.com.ar
