Un país sin horizonte productivo Las cifras son contundentes: más de 33.000 empresas cerradas, 500.000 personas sin trabajo y 20 millones endeudadas con bancos, tarjetas de crédito y billeteras virtuales. ¿Dónde debería reconvertirse un trabajador si la industria se achica, el comercio se desploma y el Estado recorta? La reconversión requiere sectores dinámicos, inversión y demanda, condiciones que hoy brillan por su ausencia.
La trampa del endeudamiento El ciudadano endeudado no tiene capital para emprender ni recursos para capacitarse. El “reconvertite” ignora que millones de argentinos están atrapados en un círculo de deuda que consume sus ingresos antes de que puedan destinarse a cualquier proyecto de reinvención laboral.
El derrumbe del poder adquisitivo Con una pérdida del 18% del valor adquisitivo y salarios que no alcanzan la canasta básica, hablar de reconversión es un insulto. ¿Cómo reinventarse cuando no se puede comprar carne, ropa, calzado ni medicamentos? La reconversión exige estabilidad y un mínimo de bienestar, condiciones destruidas por las políticas que hoy se disfrazan de consejo.
Un eslogan para encubrir el ajuste El “reconvertite” no es una propuesta, sino una excusa. Es la manera de decir “arreglate solo” en un país donde las condiciones mínimas para hacerlo fueron arrasadas. Se trata de un discurso que busca legitimar la precarización y responsabilizar a las víctimas de la crisis por no adaptarse a un modelo que las excluye.
El “reconvertite” es imposible porque no hay sectores donde hacerlo, no hay recursos para intentarlo y no hay horizonte que lo sostenga. Es un eslogan vacío que encubre la falta de políticas públicas y la indiferencia frente al sufrimiento social. Responder a quienes lo repiten implica desenmascarar su cinismo: no es un consejo, es un insulto a la realidad argentina.
Armando Cabral
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