¿Qué fue lo que nos pasó como argentinos, que no podemos ser empáticos desde los medios para poner en agenda la situación de millones de ciudadanos? ¿Cómo es que dejamos de lado la noticia más cercana, la que nos conmueve, la que señala que el 50% de los habitantes de este país la está pasando mal?
Porque lo urgente es título y lo importante estadística; porque se evita el mal mayor en lugar de remarcar el daño permanente que nos impide el acceso a alimentos, medicamentos, salarios dignos, salud, vivienda y una jubilación que es un derecho adquirido, cuyo 82% fue vetado por decreto durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.
Lo que voy a contarles es el intento que realizó un jubilado de más de 65 años por recuperar algo que había perdido con la política económica de Sergio Massa y su inflación del 223%. Esto comenzó en noviembre de 2023, cuando este hombre debió devolver un vehículo de gama media, estándar, sin lujo alguno, porque la cuota de su plan de ahorro tenía el mismo monto que el valor inicial del auto.
En la agencia, en aquel momento, le compraron el auto —y comprar es una forma de decir—: le dieron lo que a ellos les pareció. Con esos pesos este hombre terminó de armar su casa, una vivienda de 39 m². Sí, en ese espacio vive junto con su mujer. Su jubilación es la mínima de ANSES, hoy unos 600 mil pesos, sumando la zona desfavorable del 40% que se paga en Tierra del Fuego, porque todo esto pasó aquí.
Lo cierto es que después de tres años intenta recuperar ese bien, tener un pequeño vehículo para moverse en esta ciudad austral, poder trabajar, en definitiva, hacer lo que quiera. Ese vehículo no será el que perdió: es mucho más pequeño, más estándar y con menos espacio, pero será un medio de movilidad.
Después de tres años de muchas privaciones —de no ver a sus familiares directos que viven en la provincia de Buenos Aires, de no ir al cine, a cenar, de no comprarse ropa, calzado o viajar— reunió una suma que él creía suficiente para acceder a ese bien. Pero no lo fue: cuando ingresó a ese plan el costo era uno, y cuando fue a pagar la segunda cuota el monto había aumentado en 1.200.000 pesos. Allí la realidad le mostró su rostro más horrible. Allí entendió que nunca alcanza, que todo el esfuerzo de años, las horas de trabajo, los problemas de salud que estos le generaron, su desconexión con los seres queridos, no habían servido de nada.
La opción es seguir pagando una cuota como un ahorro durante al menos dos años, o abandonarlo y perder el primer pago. Los años no dan tanto tiempo para este tipo de cosas: los adultos mayores sabemos que cada día que pasa es un día menos, pero la mayoría no lo entiende.
Su vida dio un vuelco, no por el auto, no por ese pequeño gusto que quería darse, no por seguir siendo un peatón, sino por la inequidad, la desidia, la impunidad de quienes no se detienen a mirar al costado, de los que diariamente cobran lo que él podría cobrar en un año. Las respuestas de la vendedora no alcanzaron para transformar el rostro casi al borde de las lágrimas, ni el café quemado que le sirvieron como consuelo, ni la mano de su esposa apretando la suya en señal de apoyo y sostén ante el derrumbe.
Hubiese querido gritar, romper todo, insultar, pero nada de eso pasó. Solo se levantó de la silla, miró el amplio salón de la concesionaria a modo de despedida y muy dentro suyo sintió que jamás recuperaría aquello que había perdido y que tanto amaba: la libertad de poder recorrer la isla cuando quisiera, salir hacia donde quisiera, ir a dar vueltas por la ciudad sin rumbo fijo. Pero claro, ¿a quién le importa eso?
El regreso a su casa fue en silencio y así permaneció durante horas, tratando de entender por qué tanta injusticia. Por qué, si hoy son más los que están en su situación que los que están bien, nadie hace nada. Por qué no hay reclamos, por qué no se expresa este abuso, esta permanente sumisión, este castigo a los más vulnerables: niños y adultos mayores, sin apoyo, sin solidaridad, sin ayudas. Por qué este abandono a gran parte de la sociedad, esta grieta inexplicable, donde los que menos tienen pronto no van a tener nada.
Y los que más tienen cada vez tienen más, porque quienes te piden que te reconviertas con más de 60 años no lo hacen ni trabajan. Este hombre es uno de los millones de argentinos que ve llegar el fin de su vida en condiciones que jamás hubiera imaginado: más solo que nunca, solo con una contención familiar, desprendiéndose de todo lo que alguna vez fueron efectos personales para pagar deudas. Porque vivir honestamente de su trabajo ya no es suficiente; porque hay que recurrir al pluriempleo cuando debería estar disfrutando de lo ganado en una vida de trabajo; porque depende de las decisiones de corruptos, estafadores, coimeros, lobistas, con la complicidad de quienes deberían denunciar todo esto y hacer algo para devolverles la dignidad.
El fin de esta historia es abierto: es la imagen de un hombre caminando por una playa de Río Grande, en silencio, solo, doblado pero no quebrado, porque la vida le ha enseñado a caer y levantarse todos los días sin quejarse, un poco más silencioso que antes, más introvertido, menos sonriente y desconfiado.
Los hombres y mujeres que están viviendo esto solo atinan a preguntarse por qué los medios más importantes del país lo ignoran, o lo que es peor, justifican el abandono y la desaparición del Estado en temas cruciales. Crece la indignación, la decepción y la necesidad.
Que cada uno tome esto como mejor le parezca, pero lo que se debe entender es que ningún argentino se merece este destrato. No solo por esta situación en particular, sino por todo lo que está pasando en todos los ámbitos y sigue sin resolverse.
Armando Cabral
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