El proceso de identificación se inició cuando el EAAF recuperó cuerpos enterrados sin identidad en el Cementerio Municipal de Escobar. La investigación documental permitió rastrear registros dactiloscópicos tomados en diciembre de 1975, en el marco de una causa judicial que se había abierto tras el hallazgo de dos cuerpos en la vía pública, en la zona del Río Luján. Aquellas huellas, conservadas a lo largo de los años, fueron la clave que permitió al equipo de antropólogos establecer una primera hipótesis de identidad, que luego fue confirmada mediante análisis genético.
En el emotivo acto de restitución, la familia de Horacio —a quien llamaban cariñosamente «el Ñato»— entregó una carta que refleja el largo y doloroso periplo de la búsqueda. «Hace algunos años nos hicimos ADN, dos hermanos varones y una hermana mujer. Pasó el tiempo, y por fin recibimos una noticia, luego de un gran trabajo de investigación del equipo de antropología», relatan en el texto.
«Habían pasado 50 años de la última vez que vimos a nuestro hermano», continúa la misiva. «¿La noticia? Tal vez no fue la que esperábamos (todavía manteníamos encendida una luz de esperanza). Pero a Horacio, ‘el Ñato’, lo habían asesinado a los pocos meses que se había ido de nuestra ciudad, Quequén, en el año 1975».
Ausencia y dolor
La carta da cuenta de una historia signada por la ausencia y el dolor: «La vida no nos ha sido fácil. ¿Es triste? Claro que sí; hoy quedamos 8 hermanos de los 13 que éramos, pero cerramos una etapa, una parte de la historia de nuestras vidas, de búsqueda, esperanza e incertidumbre».
Duelo cerrado
Ahora, el círculo se cierra. «Sabemos qué pasó, que no va a volver, dejamos de buscar, pero sabiendo que encontramos el lugar con su nombre, con sus restos, para dejarle una flor, para estar en paz y, sobre todo, aunque sea de esta manera, poder tenerlo cerca, en el cementerio local», expresan con una mezcla de alivio y tristeza. «La búsqueda ha llegado a su fin», concluyen.
(InfoGEI)
