La diferencia no es menor.
Una sociedad mal educada es aquella que nunca recibió enseñanzas, valores o ejemplos. Una sociedad mal aprendida, en cambio, es aquella que recibió esas enseñanzas, observó sus consecuencias, escuchó a quienes la precedieron y, aun así, decidió no aprender nada de ello.
Nuestros padres y abuelos atravesaron guerras, crisis económicas, hiperinflaciones, persecuciones políticas, dictaduras, desempleo, pobreza y sacrificios de toda naturaleza. Construyeron escuelas, hospitales, rutas, empresas, cooperativas, clubes de barrio y comunidades enteras. Levantaron un país inmenso con más herramientas que recursos y con más esfuerzo que privilegios.
No fue una generación perfecta. Ninguna lo es. Pero dejó lecciones.
Lecciones sobre el valor del trabajo.
Lecciones sobre el ahorro.
Lecciones sobre la importancia de la palabra empeñada.
Lecciones sobre la necesidad de exigir a los gobernantes y controlar el poder.
Lecciones sobre la responsabilidad individual y colectiva.
Sin embargo, algo ocurrió en el camino.
Esas enseñanzas quedaron archivadas en los discursos familiares, pero pocas veces se transformaron en conducta social.
Hoy observamos una sociedad que conoce las consecuencias de la corrupción y vuelve a tolerarla. Que conoce los efectos devastadores de la inflación y vuelve a creer en recetas que ya fracasaron. Que sabe cómo terminan los ciclos de endeudamiento irresponsable y vuelve a recorrerlos. Que denuncia privilegios, pero a menudo los justifica cuando benefician a quienes piensan igual.
No faltó información.
No faltaron ejemplos.
No faltaron advertencias.
Faltó aprendizaje.
La Argentina parece condenada a una extraña repetición histórica en la que cada generación descubre como novedosos problemas que ya fueron vividos por varias generaciones anteriores.
Cada crisis parece la primera.
Cada decepción parece inédita.
Cada fracaso parece sorprendernos.
Cuando en realidad forman parte de una larga secuencia de errores repetidos una y otra vez.
Quizás por eso el fenómeno más preocupante no sea la pobreza económica, sino la pobreza de memoria.
Porque una sociedad puede recuperarse de una crisis financiera.
Puede reconstruir una economía.
Puede generar empleo y riqueza.
Lo que resulta mucho más difícil es recuperar la capacidad de aprender.
Cuando una comunidad deja de extraer enseñanzas de sus propios errores, comienza a normalizar el deterioro.
Empieza a aceptar como inevitables hechos que deberían provocar indignación.
Acepta que los jubilados sean pobres.
Acepta que los trabajadores sean pobres.
Acepta que la educación se degrade.
Acepta que la corrupción sea una noticia más.
Acepta que los responsables de los problemas se presenten periódicamente como salvadores.
Y cuando eso ocurre, deja de ejercer ciudadanía para convertirse en mera espectadora de su propia decadencia.
La historia argentina demuestra que nuestros abuelos y bisabuelos fueron capaces de construir. No heredamos un desierto institucional ni una tierra sin proyectos. Heredamos un país con enormes fortalezas, una comunidad integrada por millones de personas trabajadoras y una cultura que valoraba el esfuerzo como herramienta de progreso.
La pregunta entonces no es qué nos enseñaron nuestros mayores.
La pregunta es por qué dejamos de escucharlos.
Quizás el verdadero drama argentino no sea la falta de educación, sino el desprecio por la experiencia acumulada. Esa costumbre de creer que cada generación es la primera en descubrir el mundo, ignorando que quienes caminaron antes ya conocían muchos de los pozos en los que volvimos a caer.
Porque una sociedad mal educada no sabe.
Pero una sociedad mal aprendida sabe perfectamente lo que ocurre.
Simplemente actúa como si nunca hubiera aprendido nada.
Fuente: www.lalicuadoratdf.com.ar
