El dato sin contexto
La inflación mayorista mide la variación de precios en el mercado de bienes antes de llegar al consumidor. Que el índice se ubique en apenas 0,8% no significa que los precios estén bajo control por políticas virtuosas, sino que las empresas no pueden trasladar aumentos porque directamente no venden. El mercado está paralizado y la demanda se derrumbó.
El lenguaje técnico como maquillaje
Los economistas suelen recurrir a términos como “desinflación”, “contracción de la demanda agregada” o “ajuste de expectativas”. Palabras que buscan dar un aire de neutralidad científica, pero que en realidad encubren lo evidente: la gente dejó de comprar porque no tiene dinero. El uso de este vocabulario técnico funciona como un velo que oculta la crudeza del ajuste.
La caída del consumo golpea de lleno a los comercios, a las pymes y a los trabajadores. Las góndolas vacías y los locales sin clientes son la contracara de un índice que el gobierno exhibe como positivo. En la práctica, el 0,8% mayorista es un síntoma de crisis, no un logro económico.
Un relato que se desmorona
Mientras se festeja la “estabilidad de precios”, se omite mencionar que detrás de esa cifra hay familias que dejaron de consumir, empresas que cierran y trabajadores que pierden poder adquisitivo. La inflación baja no por eficiencia, sino por recesión.
En conclusión, la inflación mayorista del 0,8% es un dato engañoso cuando se lo presenta como éxito. La verdadera explicación es la caída brutal del consumo, y el lenguaje técnico de los economistas no alcanza para disimularlo. La sociedad lo percibe en su vida cotidiana: menos compras, menos ventas y más incertidumbre.
