El Reino del Revés de la Isla, dónde una resolución vale más que la Constitución.
Había una vez, en una gran isla donde las brújulas giran sin sentido y el sentido común se congela bajo cero, un lugar llamado el Reino del Revés de la Isla.
En esta isla, el fuego enfría, los ríos suben las montañas y la pirámide jurídica del derecho está clavada cabeza abajo. La Constitución Nacional y la Constitución Provincial se usan para prender el chulengo. Las leyes sancionadas por la Legislatura son apenas sugerencias poéticas para el fin de semana.
Pero eso sí: una humilde resolución interna, bajo el número 148 y 040, tienen el peso de un decreto de la corte celestial.
En el centro de este reino se alza un edificio llamado Caja de Previsión Policial ,que comenzó a funcionar allá por 1988 y que hoy parece un búnker de escritorios cubiertos de telarañas, donde habitan cinco directores armados únicamente con sellos de goma.
Su estresante tarea consiste en custodiar los aportes de los antiguos guerreros: los policías provinciales de origen territorial.
Estos guerreros, ya retirados, después de haber domesticado el territorio a fuerza de frío, sacrificio y servicio, cometieron un pecado imperdonable: pretender cobrar su retiro luego de más de treinta años de aportes.
Un buen día, cuando esos territoriales llevaban más de trece meses alimentándose de sopa de viento porque sus haberes no aparecían, la Legislatura escuchó a ambas partes. Con gesto severo tomó dos grandes bloques de mármol y esculpió las Leyes 1627 y 1628.
Su texto era tan claro que hasta los más fieles a la corona podían comprenderlo.
La Ley 1627 prohibía que los directores gastaran los aportes de los guerreros territoriales en viáticos, supuestas representaciones y otros gastos difíciles de justificar.
Aquello los enfureció tanto que sus gritos retumbaron por todos los pasillos de la Caja. Afirmaban que ese dinero les pertenece porque constituye un derecho adquirido durante los pocos años que llevaban ocupando sus cargos.
Sin embargo, olvidaban un pequeño detalle: los verdaderos derechos adquiridos eran los de quienes habían aportado durante más de treinta años.
Luego apareció la Ley 1628, que ordenó al banco recaudador retener el dinero del propio Gobierno si este demoraba el envío de los fondos. Los legisladores llamaron a esa herramienta un «paraguas legal» y el comienzo de la solución.
Pero olvidaban otra cosa.
En aquella isla gobernaba un gran señor feudal llamado Adrián, célebre por su habilidad para hacer desaparecer deudas en el aire y por mantener siempre la misma sonrisa de campaña.
El tiempo pasó… y el dinero nunca llegó.
Los directores de los sellos de goma no hicieron nada. En lugar de aplicar las leyes, decidieron aferrarse a sus resoluciones internas, escritas en un papel arrugado de segunda selección, sujetado con un clip oxidado, muy parecido a una lista de compras olvidada en un bolsillo.
En ese papel podía leerse:
«Considerando que no hay plata y que cumplir las leyes no nos da muchas ganas, este Directorio resuelve: primero pagaremos nuestros gastos de representación; luego, a nuestros amigos; y, si queda alguna moneda, veremos si les pagamos a quienes nos formaron.»
Así transcurrió el tiempo.
Y mientras el tiempo seguía pasando, aquellos cinco directores, respaldados por el gran señor feudal y su jefe supremo, continuaban riéndose de las leyes que, paradójicamente, debían cumplir y hacer cumplir.
Al unísono repetían:
«Las resoluciones internas dicen que primero cobramos nosotros, porque somos mejores que todos.»
Y así, en el Reino del Revés, treinta años de aportes a la Caja de la Policía parecían servir únicamente para sostener a quienes habían aportado mucho menos y hoy cobraban sus beneficios mientras se burlan de los antiguos, faltando el respeto a la historia de la Institución.
Ante semejante escenario, los jueces de pelucas blancas y grandes anteojos no lograban comprender cómo un simple papel de tres párrafos había conseguido derrocar siglos de jerarquía constitucional. Sin embargo, tampoco actuaban para que las leyes se cumplieran.
Mientras tanto, el pueblo seguía haciéndose la misma pregunta:
—¿Las leyes se cumplen… o se cumplen solamente cuando conviene?
Y los integrantes del Directorio continuan gastando dinero sin sentido, desobedeciendo las leyes y enseñando a las presentes y futuras generaciones de policías, que lo más importante es proteger el glorioso palacio de la ilegalidad… siempre y cuando nadie tocara sus bolsillos.
Moraleja
La verdadera lección de esta historia es que, cuando las leyes de máxima jerarquía se vuelven opcionales para quienes ejercen el poder, la justicia deja de ser justicia y termina convertida en un simple títere del titiritero de turno.
Asociación de esposas, pensionadas/os y familiares de Policías provinciales de origen territorial.
