Para el periodista Martín Caparrós el choque del tren que dejó 49 personas muertas y 675 heridas fue una sucesión de “causas perdidas”.
La tragedia ha ganado espacio en los medios internacionales y en este caso el argentino Caparrós hizo su aporte para El País de Madrid titulando su impresión del desastre de este modo: ¿Accidente?
La visión de Caparrós se focaliza en la secuencia histórica de las líneas férreas sostenidas como un armazón que luego terminó desnudo. Esquema en deshuso que finalmente fue donde se produjero una secuela de accidentes que marcaron este camino nefasto de destrucción.
Hubo tiempos en que la red ferroviaria estatal argentina tenía 40.000 kilómetros y 190.000 empleados; era la más extensa de América Latina y era, de algún modo, un esqueleto: el país se había ido estructurando en pueblos que nacieron a lo largo de esas vías. Hace veinte años, en plena furia privatista del consenso de Washington, un presidente peronista decidió que su déficit de un millón de dólares diarios era demasiado y había que cerrarla casi toda -y malvender lo poco que quedara. En 2005 recorrí buena parte del interior de la Argentina; a los costados de cada carretera, en medio de la nada, las vías herrumbradas, alzadas, retorcidas eran como una instalación de arte conceptual, una obra que se llamaba la Argentina Ya No. Así, cual baqueano describe Caparrós su impresión ferroviaria.
Y como si el desastre fuera una alegoría de esa historia, Caparrós se dedica a describir este panorama actual que espanta.
Ahora, en plena prosperidad neoperonista, quedan 7.000 kilómetros de vías maltrechas donde los trenes no pueden ir a más de 40 kilómetros por hora y dan trabajo a menos de 20.000 personas. El déficit, mientras tanto, subió a unos tres millones y medio de dólares por día. Es plata que el Estado entrega en subsidios a las empresas concesionarias que, con tanto dinero gratis, ni siquiera se esfuerzan por cobrar los boletos, pero tampoco hacen la menor inversión en mantener y actualizar sus equipos. La mayoría de los vagones tiene entre 40 y 50 años; las vías se ondulan, las ventanas se rompen, las puertas nunca cierrran. Y el Estado paga y paga pero no exige nada. Total, los que viajamos en tren somos, en general, ciudadanos de segunda. Que sólo se rebelan de tanto en tanto: alguna tarde, cuando un tren tarda demasiado, montan en cólera, gritan; alguna vez tiraron piedras o prendieron un fuego. Pero en general no: que soporten estoicos demoras, cancelaciones, las incomodidades más extremas es otra de las ventajas del modelo.
Su conclusión, no por ser previsible, deja de ser impactante: Este miércoles, pasó lo que todos sabíamos: ese tren que no pudo frenar es una metáfora sangrienta, burla siniestra, un grito que nos grita. Somos, en ese choque, los idiotas que soportamos casi todo. La clave, a veces, está en la palabra casi. Otras no parece estar en ningún lado.
Fuente: El País de Madrid
