En la canasta, de donde surgieron los mates y los chupetines con los que mataron el tiempo en el estudio, sobresale, enrollada, la cartulina que saludó a las raíces cordobesas del árbol genealógico de los Livelli.
Sienten que valió la pena correr. «Nosotros siempre nos quedamos hasta las 2 ó 3 de la mañana mirándolos y los sábados más», dice Luis, el patriarca. Elvira agrega que desde que empezó el programa –hace ya tres meses– no salen más a bailar. No lo lamenta. Está fascinada con Diego, «el tumbero» como lo llaman en el cordón que aísla a la casa en cuarentena. «Me encanta porque respeta a su familia a muerte y porque ahora le dieron la posibilidad de entrar a la sociedad.» Son muchos los analistas que han reparado en el detalle de que el ex convicto por robo a mano armada a cuatro estaciones de servicio en el, 98 sea el mejor adaptado a Gran Hermano, encierro que formateó para la TV mundial el empresario holandés Johannes de Mol.
En cambio, los Livelli están enojadísimos con Jonathan, el carilindo de rulos, nominado en esa gala para abandonar el «estuche» blindado que millones de argentinos abren a voluntad pagando una llamada de celular (poderosa fuente de ingresos del programa, cuyo segundo publicitario cotiza a 3 mil pesos). Les molesta que use a Osito, la chica con la que se comprometió en una ceremonia de cotillón, similar en sus liturgias a las que unen a otros famosos. Otros… porque los 9 hombres y las 9 mujeres que entraron el 9 de enero a ese destierro mediático de 119 días son ahora famosos. Cuánto lograrán mantener encendida la llama es un misterio, pero participantes de versiones anteriores son hoy figuritas del show off.
Las vedettes Silvina Luna, Ximena Capristo, Natalia Fava y Tamara Paganini fueron moldeadas por los parámetros sexistas más obvios del programa. Alcanza un ejemplo reciente: la comparación burlona entre Claudia, que en su ínterin extramuros fue tapa de Playboy, Jessica, luchando con un corpiño de cuero pequeño. Hay más ejemplos de machismo ramplón, pero nadie queja ¿Pasaría lo mismo si aparecieran actitudes racistas? ¿Y si surgieran opiniones antisemitas?
FAMA NO CUESTA
Ajenos a los efectos del uso masivo su privacidad, los «hermanos menores» del Gran Hermano parecen agradecidos por su suerte. Fueron casting y entraron al Hall de Fama entre otras 20 mil personas entre 18 y 38 años que hicieron horas de cola para una selección de entre 3 y 7 minutos que consistía en responder: ¿Por qué quiere entrar al programa? ¿A qué se dedica?. La respuesta la dan los ganadores, los aspirantes y los encargados de la selección: porque busco fama. El escritor Alan Pauls los definió como «estudiantes de actuación, actores amateurs, pseudo actores, groupies de actores o, lisa y llanamente, artistas de la impostura». Para los participantes parece ser –como la consigna publicitaria– una cuestión de actitud.
No se le escapa eso a Marcos Gorban, productor general del programa. Según su experiencia (estuvo en las tres ediciones anteriores, del 2001 al 2003) si antes, en una búsqueda, encontraban entre mil una decena de personas que daban bien en cámaras, ahora encuentran 600. Cita al semiólogo Eliseo Verón por aquello de que los televidentes han pasado de espectadores a protagonistas: «Este es un programa de entretenimiento, de vínculos, relaciones y acciones. Nada más», refuta si se le habla de banalidad.
Y es lo que irán a buscar en futuros castings (la reedición de GH parece cantada después del exitazo) no sólo los tres chicos de Luis y Elvira Livelli; también la bandita ruidosa, clivaje teen de San Fernando, ubicada unos escalones más abajo. Cintia, con 22 la más grande del grupo, madre de una nena de 3 y recién separada, sueña con una chance. Mientras, sigue el programa toda vez que puede. Y si quiere, puede siempre. Opciones: Internet, donde participan de foros que predicen con maña de burrero y ambición sociológica los nombres caídos en desgracia, la radio y las revistas de la farándula.
El efecto derrame sobre toda la grilla televisiva, trasponiendo las fronteras de Telefe e incluyendo la de otros canales es otro aspecto criticado. Todos los programas de chimentos se beneficiaron con el fenómeno GH. La difusión de secretillos y videos (Damián, barman en un boliche stripper, salió a desmentir en cadena haberse prostituido y haber protagonizado películas porno, algo que no pudo hacer Griselda, a quien encontraron en películas condicionadas…) levantó todos los ratings y el Comfer anunció multas para aquellos canales que difundieron material prohibido fuera del horario de protección al menor.
Sin embargo, contra lo que los antecedentes de los participantes sugerían, lo más caliente pasa fuera de los 1.150 metros cuadrados de la casa que vigila un equipo de 200 personas con 35 cámaras y 78 micrófonos. La casa de GH es eso: la casta cohabitación de unos chicos que si bien pueden dormir mezclados en los cuartos, no pasan de algunas escenas sugeridas, como la que protagonizó bajo las sábanas Melisa Durán, entonces novia del cantante Sergio Denis, con uno que no era precisamente Sergio. Advertencia para futuros concursantes: no confíen en los mirones. Son moralistas. Ergo, no les gustan las infieles. El público votó masivamente contra ella, que peregrinó su arrepentimiento por cuanto programa hubo. Y los hubo todos, claro. Dadas las ganancias que obtienen los expulsados (varían según el personaje, pero llegarían a los 40 mil pesos) los cien mil que esperan al ganador parecen un premio exiguo.
Como en esos relojes transparentes que desnudan sus tripas hechas de engranajes, el mecanismo humano de la casa de cristal parece no moverse nunca. Tirados, haciendo manualidades para distintas pruebas, raramente leyendo (aunque Gorban diga que «devoran a Paul Auster y a Rodolfo Walsh») y demasiadas veces hablando pavadas con lenguaje rudimentario. Generación Cero, se los etiquetó. Diagnóstico: adolescentes tardíos, sin intereses políticos, aspiraciones intelectuales o, siquiera, sexuales. Hay quienes temen los efectos contagiosos de esta nada cotidiana hecha reality.
Pero para los observadores más perspicaces, el verdadero misterio no está en esa maqueta de laboratorio: está en el público. Muchos de los que lo ven se excusan, como sorprendidos en una falta. Y otros hablan de lo ocurrido allí dentro como de algo que los atañe. Los responsables del programa creen que la casa de GH funciona en miles de hogares como una habitación más. Ahí tienen de muestra a los dos veinteañeros con aspecto de universitarios apoyados contra las puertas del tren Roca rumbo a casa, hablando de «lo buena» que estaba la brasileña, rehén de intercambio con Gran Hermano Brasil, que alojó a Pablo, un argentino bonito que –está en su naturaleza, no podía evitarlo– canchereó con su ascendente sobre «una de las morochas» del experimento limítrofe.
Según las mediciones de Ibope a GH lo ven… casi todos. Contra lo que dicta el prejuicio, a las galas(programas de nominaciones y expulsiones) las siguen tres millones de personas: gente de todas las edades (12,3% menores de doce, 17,6% de adolescentes, 15,9% de 19 a 34 años, un 16,1% de los 35 a los 49 y pocos mayores de 50: 10,6%), más mujeres que hombres y casi tantas personas de clase baja como alta (13% y 13,7%), con una leve mayoría de clase media: 15,6%.
Lejos quedó la primera gala de eliminación, en enero, que marcó 18,8 de rating. A medida que las alianzas y rupturas modificaron el tablero, la audiencia no paró de crecer hasta convertir a GH en lo más visto. Los Livelli estaban en el piso el 26 de marzo, día del pico de rating: 35,9% de los hogares sintonizaban lo que ellos veían en vivo.
DIOS SE MANIFIESTA EN LAS GALAS
Ni siquiera Ana Laura Deluso, productora ejecutiva de todos los GH argentinos, es capaz de explicarse hoy la potencia arrolladora del programa con índices de audiencia impensables en horarios periféricos, como el mediodía en que Chayanne tomó por sorpresa a los encerrados.
«Es fácil juzgar un programa por banal. Pero es difícil explicar que millones de personas se queden enganchadas a un sinsentido –reconoce el publicista Omar Bello, ex presidente de Leo Burnett–. Es una cuestión de dominio y poder sobre ellos: ver lo que no ven, saber lo que no saben, gracias a la proliferación de videos y lo que los demás dicen sobre ellos. Es como jugar a ser un dios. Cuando ellos tienen el poder uno empieza a perder interés. Para lograr eso es fundamental la elección de los personajes, porque la fantasía es que estallen o que se vayan de libreto, si es que lo hubiera.» Ese –el del «arreglo»– es uno de los aspectos que despiertan suspicacias en una platea escéptica, quizá por lo mismo que Gorban insiste en señalar: «Ya no hay públicos inocentes». Su argumento es bueno.
Dice que intervenir en el desarrollo de las historias es condenarlas. «La gente dice que GH promueve que los participantes tengan sexo. ¡Falso! ¿Cuánto te tiene una comedia de Pol-ka antes de que se den un beso? Esto no es Holanda, donde tienen sexo con la naturalidad con la que desayunan.»Eduardo Cura, responsable de la edición de las historias, subraya que el interés de los personajes no es intrínseco. Depende de sus relaciones en la casa. «En el casting, sólo armás un grupo. Contamos cada historia mientras se va desarrollando, pero no las armamos.»
Cuando se encierran Deluso y Cura con Marcos Gorban y el locutor que le pone la voz a GH en el cubículo mínimo donde escuchan las nominaciones semanales, parecen realmente sorprendidos con las confesiones. Especulan, explican, arman mapas afectivos futuros. «Cuando volvemos de algún franco nos sorprenden los giros inesperados que dieron las historias dentro de la casa», acuerdan.
El filósofo francés Jean Baudrillard (muerto hace semanas), analista lúcido de la tevé, hablaba sobre Gran Hermano y sus secuelas, en mayo de 2004, en París. Decía: «Allí donde todo se da a ver, nos persuadimos de que ya no queda nada por ver. Son el espejo de la banalidad y el grado cero. El mito de Gran Hermano, la visibilidad policíaca total que plantea la novela 1984, se transfiere al propio público que resulta movilizado como voyeur y juez. Más allá del control, los sujetos involucrados dejan de ser víctimas de la imagen. Se convierten ellos mismos en imagen.
«Hacia el ojo imperceptible tras las ventanas espejadas, los famosos «chicos de Gran Hermano» se arreglan para la transmisión nocturna que conduce Jorge Rial. Del otro lado, las cámaras circulan como trenes fantasma sobre rieles que recorren 200 metros de pasajes oscuros y silenciosos. Claudia hace caras mientras se peina del otro lado del vidrio. Se siente el vértigo de una aparición. Los Livelli en las gradas y millones de argentinos que cenan en sus casas ven la misma escena.
Pero allí, frente a ella, invisible, dan ganas de escapar de ese circuito de catacumbas. Como los chicos en los acuarios modernos, cuando aparecen los tiburones.
