Sorprendida por la designación de papa que otorgara el cónclave cardenalicio al arzobispo Jorge Bergoglio, la población recibió el impacto de manera disímil. Muchos –la mayoría–, en su condición de católicos, demostraron alegría, sea por tratarse del primer dignatario argentino y sudamericano en llegar al sillón de San Pedro, sea por la conocida humildad de Bergoglio o por tratarse de un jesuita.
Pero también están, creo que en minoría, quienes expresaron su indignación por el nombramiento papal y recordaron la presunta o real vinculación de Bergoglio con la dictadura militar.
Transcurridos los primeros días y repasados los diversos comentarios y opiniones sobre el acontecimiento, se me ocurren algunas reflexiones. ¿Habrá alguien que imaginara ver emerger del cónclave vaticano a un nuevo redentor del mundo? Difícil pensar en semejante actitud, por demás mesiánica. Quizás hubo quienes podrían haber esperado encontrarse con un nuevo Juan XXIII; otros, recibir la noticia de “más de lo mismo”, un papado que continúe con el signo decadente de la autoridad católica desde el sospechoso fallecimiento de Juan Pablo I, en la madrugada de aquel fatídico 28 de septiembre de 1978, hace 35 años.
La realidad nos trajo, sin embargo, la inesperada llegada del papa Francisco como máxima autoridad del Estado Vaticano y del catolicismo. No creo afirmar algo incorrecto al decir que la noticia no resultó de agrado al Gobierno nacional. El futuro nos dirá de los aciertos o desaciertos, que deriven en cambios positivos o no, de este papa argentino.
Los reproches públicos al excardenal Bergoglio sobre su presunta participación colaboracionista en la dictadura genocida aparecen como motivados más por sus actitudes públicas, en las que ha denunciado la pobreza y la corrupción –que la Presidenta considera como ataques a su gestión–, que por aquel pasado.
El periodista Horacio Verbitsky, reconocido por su trayectoria en sus denuncias del terrorismo de Estado, publicó un artículo en el diario Página 12 el jueves pasado titulado “Un ersatz ” –palabra alemana que se encargó de traducir como una especie de sucedáneo de menor calidad–, refiriéndose al nuevo jefe de la Iglesia Católica.
En su escrito, utiliza un correo electrónico, recibido entre muchísimos, de Graciela Yorio, hermana del jesuita Orlando Yorio, en el que esta manifestó su “angustia y bronca” por la noticia de la designación de Bergoglio.
Verbitsky utiliza ese dolor, al reflexionar sobre la actitud cuestionada al nuevo jefe de la Iglesia, en los siguientes términos: “Tres años, antes su íncubo había sido designado arzobispo coadyuctor de Buenos Aires, lo cual preanunciaba el resto…”. Confieso que no podía creer que tal periodista recurriera a ese concepto. ¿Estaría yo equivocado? Fui al diccionario y, efectivamente, confirmé que “íncubo” significa, según creencia vulgar, el demonio que tiene comercio carnal con una mujer bajo la apariencia de varón.
El domingo 17 de marzo, Verbitsky se explaya en un extensísimo relato sobre las maldades pasadas del demonio (¿entonces disfrazado de pastor?) que entregó a sus hermanos jesuitas.
Como no soy creyente, carezco de la autoridad para calificar la injuria desde el punto de vista religioso. Pero como ciudadano argentino, también involucrado en la investigación y el juzgamiento al terrorismo de Estado, entiendo que el periodista, que aparece habitualmente como vocero extraoficial del Gobierno en la materia, debería pedir disculpas, tanto al jefe del Vaticano como a la presidenta de nuestro país, por el daño ocasionado.
Fuente:lavoz.com.ar
