20/10/2012 00:01 , por Redacción LAVOZ2
Aunque de un modo imperceptible, las multitudinarias marchas del 13 de septiembre pasado implicaron un quiebre en el piloto automático con el que transitaba la gestión del Gobierno nacional.
Desde entonces, este cometió una sucesión de errores en sus decisiones, que siempre terminan con el clásico “échale la culpa a los demás”.
La fallida actuación de la presidenta Cristina Fernández en las universidades de Georgetown y Harvard fue adjudicada a la malintencionada serie de preguntas de los alumnos, que supuestamente habrían sido influenciados por medios y periodistas desde la Argentina.
Nunca se reconoció que el estilo presidencial no acepta las preguntas. Las respuestas demostraron, además, un desconocimiento de los temas, como que el índice de precios de Estados Unidos no es un dato creíble para los norteamericanos.
En la crisis protagonizada por gendarmes y prefectos, se aludió a una conspiración y a un supuesto golpe institucional, todo lo cual se demostró falso.
Pese a que el decreto que fijó las nuevas escalas salariales –que suponían en muchos casos una pérdida de 40 a 70 por ciento en los haberes percibidos– pasó por varias figuras nacionales, el pato de la boda lo pagó un funcionario de segundo nivel del Ministerio de Seguridad.
Ahora, en el papelón internacional que protagoniza la Fragata Libertad en Ghana, también se comenzó con una imaginaria conspiración que une a fondos buitres con lobbistas del Partido Republicano de Estados Unidos y concluye con jueces “benévolos” de un país africano.
En este caso, el fallido amarre del buque insignia de la Armada Argentina le costó el puesto al jefe de la Marina y a otros dos altos oficiales, quienes en público sugirieron que el derrotero por puertos africanos había sido alentado por altos funcionarios del equipo presidencial y aprobado al menos por los ministros de Defensa y de Relaciones Exteriores.
El “échales la culpa a los demás” es un buen recurso político en el corto plazo, pero traduce ante la opinión pública la imagen de un gabinete que está muy lejos, en sus capacidades, de los atributos que exige la posición que ocupa.
Esos funcionarios sólo sobreviven por el aplauso fácil a las palabras presidenciales, aunque tengan dudosa verosimilitud, como las del origen del alfajor y la falta de credibilidad de la inflación de los Estados Unidos, entre otras citas.
La Presidenta necesita una autoevaluación de sus actos de gobierno, reelaborar los objetivos de su gestión (concentrada hoy en una incomprensible cruzada contra los medios de comunicación independientes) y transmitir con certeza hacia dónde se encaminan las actuales políticas.
El “échales la culpa a los demás” revela una actitud inmadura, propia de otros paisajes políticos.
20/10/2012 00:01 , por Redacción LAVOZ2
