Cada vez con más desparpajo, con menos sutileza, la dirigencia política muestra su obsecuencia ante la sociedad. Y la verdad, da vergüenza ajena.
No es ya la fidelidad a un ideario, ni la consecuencia para defender las promesas de campaña, sino el grado de amistad con el Presidente, lo que muestran como éxito de gestión.
Caído ya en desuso, por suerte, el índice de riesgo país, con el que el poder nos extorsionó durante principios de este siglo, se impone ya construir un nuevo índice: el amistómetro presidencial.
Todos aceptan, pero no públicamente, que no hay ninguna chance de sobrevivir en los cargos, cualquiera sean estos y en cualquier región del país, sin la bendición del Gran Santacruceño.
Muchos diputados parecen trabajar de relatores presidenciales, en un intento desesperado e indigno por absorber algún punto de los tantos que pareciera tener de imagen positiva en las encuestas. Viajar con el Presidente, sacarse una foto con él o contar embelesada lo que hizo o dejó de hacer el mandamás, sin ruborizarse ni por eso ni por la circunstancia indiscutible de que hasta hace poco y nada estaba en la otra vereda. En fin, así es el amor adolescente: intenso pero efímero.
En pocos días más, el 25 de mayo próximo Kirchner se apresta a apropiarse de una fecha patria, es decir de todos, para lanzar su re-elección. Efectivamente, una fecha que es de todos se utiliza para excluir a los que no son del partido del presidente. Poco faltará para que la bandera, el escudo o el himno sean transformados en símbolos K, si se sigue esta lógica.
El gobernador Cóccaro, aparentemente, también será de la partida. Si acaso su legitimidad es dudosa, no así su legalidad, tanto más se debilita en tanto que busca solidificarla en alianza con los poderosos, con los de arriba, y no en relación a los que debe representar.
Si los diputados dejan de representar al pueblo y se cuelgan del presidente y si los gobernadores hacen lo propio, se termina la República, pero también el Federalismo.
Se entiende perfectamente entonces el proceso por el que las provincias primero delegan, a través de sus parlamentarios, facultades y recursos en el Presidente, cuando se trata el Presupuesto. Y luego su genialidad política consiste en demostrar, arrastrándose hasta lo indecible, cuánto los quiere papá Néstor.
Como todo lo que persiste y empieza a naturalizarse, encierra el enorme peligro de que se invisibilice y tengamos que darnos el trabajo de, primero, hacerlo ver como un problema, para recién después ensayar soluciones.
Antes que la costumbre nos haga perder la visión, guardemos la foto de un Gobernador y algunos diputados que corren a donde el Presidente los manda, y nos quieren hacer creer que lo mejor que pueden hacer por nosotros es recuperar a fuerza de obsecuencia algo de lo mucho que debieron defender a fuerza de convicción.
