Hablar de «pintar la provincia» bajo los parámetros de La Libertad Avanza omite deliberadamente el balance de lo que ese mismo color ha significado para el suelo fueguino hasta el día de hoy. Porque la realidad económica de Ushuaia, Tolhuin y Río Grande no se compone de abstractos ejercicios macroeconómicos, sino de datos palpables, dolorosos y, en muchos casos, inéditos.
Por primera vez en décadas, Tierra del Fuego asiste a un fenómeno que no se recordaba desde los tiempos fundacionales de su poblamiento moderno: el éxodo de sus habitantes. Familias enteras que eligieron la Patagonia buscando prosperidad hoy arman las valijas y emprenden la retirada hacia el norte del país. La ecuación es simple y brutal: cuando la industria electrónica se resiente por la apertura indiscriminada de importaciones, cuando la obra pública nacional se paraliza —dejando a su suerte arterias vitales como la Ruta Nacional N° 3— y cuando se desfinancian organismos estratégicos como el ENACOM, la vida cotidiana se vuelve insostenible.
A esto se le suma un combo asfixiante: recortes en medicamentos, licuación jubilatoria, caída drástica de la coparticipación y un mercado interno herido de muerte que eyecta comercios tradicionales hacia la persiana baja permanente. El resultado social está a la vista: una provincia con una tasa de desempleo que supera la media nacional y con índices alarmantes de vecinos endeudados hasta las manos en bancos, tarjetas y billeteras virtuales solo para poder pagar los alimentos y las tarifas desreguladas.
Prometer «libertad» sobre las cenizas del aparato productivo fueguino plantea un interrogante existencial y geopolítico. Tierra del Fuego no es una provincia más del conurbano o de la pampa húmeda; es un enclave insular y bicontinental de soberanía nacional donde el arraigo poblacional es una cuestión de seguridad estratégica. Sin industria protegida por la Ley 19640, sin empleo formal, sin infraestructura y con una población que emigra expulsada por el costo de vida, el «orden fiscal» que se celebra desde los despachos centrales se parece demasiado a un desierto productivo.
Pintar la provincia de violeta, bajo este prisma, suena menos a una promesa de futuro y más al riesgo definitivo de apagar las luces del sur. Los fueguinos no demandan consignas de marketing político, sino explicaciones sobre cómo se sostiene una provincia a la que sistemáticamente se le desmantelan sus motores de desarrollo.
Fuente: Armando Cabral www.lalicuadoratdf.com.ar
