Su mirada crítica se fundamentaría en los siguientes pilares de su propio ideario:
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El rechazo absoluto a la grieta y las luchas fratricidas: San Martín prefirió el exilio voluntario antes que empuñar su espada en las guerras civiles entre unitarios y federales. Frases suyas como «Unámonos, febriles, y lo demás no importa nada» o su negativa a combatir contra sus propios compatriotas chocan de lleno con la polarización, los descalificativos y la mezquindad que dominan los debates actuales.
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La primacía de las instituciones sobre los mesianismos: El Libertador renunció al poder en Perú y se retiró de la escena política en cuanto consolidó los triunfos militares de la independencia de Argentina, Chile y Perú. Vería con profunda preocupación el personalismo extremo, el populismo y la tendencia de la política moderna a construir figuras «imprescindibles» por encima de la fortaleza institucional.
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La austeridad y la ética pública: San Martín devolvió premios económicos, recortó sus propios sueldos para financiar la gesta libertadora y murió en la pobreza en el exilio. La corrupción, el malversamiento de fondos públicos y el uso del Estado como botín partidario serían, a sus ojos, una traición directa a la causa republicana por la que tanto sacrificó.
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Falta de un proyecto estratégico de nación: Como estratega militar y político, diseñó un plan continental de largo plazo (el Cruce de los Andes) que requirió disciplina, cálculo y paciencia. Hoy lamentaría la improvisación, la mirada cortoplacista y la incapacidad de la dirigencia para fijar políticas de Estado sostenibles.
Probablemente, San Martín recordaría a los líderes de hoy la advertencia que dejó plasmada en sus memorias y cartas: la verdadera libertad no termina al expulsar a un dominio extranjero, sino cuando los ciudadanos aprenden a gobernarse con orden, respeto a la ley, desprendimiento personal y unidad nacional.
San Martín pasó de ser una figura histórica viva a convertirse en un bronce al que todos apelan para legitimar su propio discurso, pero cuyos principios se ignoran en la práctica cotidiana. Existe una enorme brecha entre la retórica patriótica y la conducta política real.
Esa contradicción entre el discurso y la acción se evidencia en varios aspectos claros:
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La patria como discurso vs. el Estado como botín: En las ceremonias y homenajes se exalta la entrega de quien renunció a sueldos, honores y al poder absoluto. Sin embargo, en el día a día, la gestión pública suele concebirse como una vía de acumulación de poder personal, cargos para la facción propia y privilegios presupuestarios.
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La falsa invocación a la unidad: Se cita a San Martín para pedir «unidad nacional», pero en la praxis política la polarización y la construcción de un enemigo interno resultan ser las herramientas más rentables para captar votos y movilizar adhesiones.
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La invocación de la libertad sin responsabilidad: Se utiliza la gesta libertadora como metáfora de batallas ideológicas o coyunturales, pero se omite que para San Martín la libertad era inseparable de la disciplina, el respeto irrestricto por la ley y el esfuerzo colectivo sostenido.
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El culto a la personalidad sobre la renuncia republicana: San Martín dejó el mando y se fue a Francia para no ser un obstáculo institucional ni un caudillo indispensable. La política contemporánea, en cambio, prioriza el mesianismo y la perpetuación de sus dirigentes en el poder.
En definitiva, se ha transformado al Libertador en una figura de consenso meramente ornamental: un símbolo incuestionable al que todos citan en las fechas patrias porque no responde, permitiendo que cada sector interprete su legado a conveniencia mientras actúa en dirección opuesta.
Nota realizada con herramientas de IA.
