Lamentablemente, el panorama político que describe la agenda diaria refleja con crudeza la vigencia desgarradora de esa advertencia. Asistimos de forma cotidiana a una puesta en escena marcada por la «política de cabotaje»: gestos grandilocuentes, acusaciones cruzadas hacia los adversarios de turno y debates periféricos que no resuelven un solo problema estructural de los ciudadanos. Se ha instalado una dinámica de vuelo bajo donde la crítica destructiva al rival reemplaza a la plataforma de propuestas, y donde la confrontación mediática funciona como anestesia para disimular la ausencia absoluta de metas a mediano y largo plazo.
Esta gimnasia del señalamiento mutuo no solo desgasta las instituciones, sino que genera un costo social directo e inasumible. Mientras la sociedad civil amortigua el impacto del estancamiento económico, la inflación y el deterioro de los servicios esenciales, la estructura gubernamental y legislativa parece operar bajo sus propias reglas de gravedad, garantizando la continuidad de ingresos y privilegios para la clase política a costa del esfuerzo colectivo. Es la paradoja de una dirigencia que demanda sacrificios hacia afuera pero se muestra incapaz de proyectar soluciones hacia adentro.
El verdadero retroceso sistemático no radica únicamente en los indicadores económicos de un trimestre, sino en la pérdida de rumbo. Sin un método claro que diagnostique los problemas reales, priorice inversiones productivas y trace hojas de ruta mensurables, cada gestión sustituye la planificación por la improvisación diaria. La consecuencia la sufre la gente: los problemas habitacionales, productivos, de infraestructura y de empleo no se resuelven ni hoy ni en el horizonte cercano, acumulando frustración y profundizando la brecha entre la agenda pública y las necesidades de la calle.
Para salir de este círculo vicioso se vuelve urgente elevar la vara. La política debe recuperar su vocación transformadora, entendiendo que gobernar no es triunfar en el relato ni sostener un estatus burocrático, sino proyectar, ejecutar y rendir cuentas sobre soluciones reales. Reducir la gestión pública a la descalificación del otro es la confesión más clara de la falta de ideas; exigir proyectos sustentables, metas medibles y austeridad en la función pública es el único camino para que el futuro deje de ser una promesa abstracta y vuelva a ser un derecho.
Fuente: www.lalicuadoratdf.com.ar en base a editoriales publicadas en este medio a lo largo de 26 años.
