Las declaraciones mediáticas y demagógicas de estos dos «representantes» de una parte de la sociedad fueguina que llevó al triunfo a Javier Milei, no solo generan malestar e indignación, sino que son la prueba de la mas absoluta decidía respecto de la realidad, no solo de quienes los votaron sino de toda una provincia.
El RIGI: un régimen de privilegios
El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) otorga beneficios extraordinarios a corporaciones extranjeras:
- Exenciones impositivas por 30 años.
- Libre importación de maquinaria, insumos y servicios.
- Ausencia de obligación de contratar proveedores locales o generar encadenamientos productivos.
- Posibilidad de traer mano de obra extranjera sin restricciones.
En la práctica, el dinero de la inversión se gasta fuera del país y los empleos locales se reducen a tareas menores, precarizadas y sin estabilidad.
La contradicción de Gracianía
Decir que hay que “dejar atrás los debates ideológicos” para “generar trabajo” es un cinismo evidente:
- El RIGI desmantela la industria nacional y excluye a las pymes provinciales.
- No crea empleo argentino, sino que lo sustituye por importaciones y servicios externos.
- El discurso de “superar ideologías” funciona como un maquillaje para ocultar un modelo de dependencia y desindustrialización.
Tierra del Fuego como ejemplo
En la provincia, el impacto es directo:
- La producción electrónica se desploma frente a la competencia desleal de corporaciones que operan sin impuestos.
- Los proveedores locales quedan fuera de los contratos.
- El Estado provincial pierde capacidad de recaudación y control.
Las frases de Rodríguez y Gracianía son parte de un relato político vacío que promete inversión y trabajo mientras se consolida un régimen que expulsa capitales, destruye empleo y profundiza la crisis industrial. El RIGI no es una oportunidad: es un mecanismo de saqueo que beneficia a unos pocos y condena a las provincias a la dependencia.
