Tierra del Fuego: Renacer es posible

Ushuaia 20/03/2026.- Fue la fábrica Aurora Grundig, la del televisor “caro, pero el mejor”. Colapsada tras el menemismo, sus trabajadoras y trabajadores organizados en cooperativa la recuperaron para resistir el abismo del desempleo. Hoy enfrentan más de lo mismo. Pero son 133 personas, crearon un bachillerato, consiguieron 60 viviendas. El industricidio visto desde la óptica de quienes logran llevar adelante lo que la patronal hundió: otra forma de crear y sostener trabajo, en una isla que el gobierno busca despoblar.

La asamblea la empieza el presidente de la cooperativa, René Mamani. Dice simple, sin preámbulos ni monopolización de la palabra: “Si alguien tiene alguna propuesta, levantemos la mano y acordamos entre todos”.
Al día siguiente se vota en la Cámara de Diputados la ley de modernización de la explotación laboral. La asamblea definirá sumarse al paro con movilización por las calles de Ushuaia, pero antes plantea visibilizar el reclamo cortando la calle en la puerta de la fábrica.
Una fábrica que tiene toda una historia.
La Cooperativa Renacer, antes de ser recuperada por las y los trabajadores en agosto de 2003, llevaba como nombre Aurora Grundig y se dedicó –desde su apertura en 1983– a la producción y venta de electrodomésticos. En la memoria colectiva quedaron sus originales avisos publicitarios y su slogan (“Grundig, caro pero el mejor”), pero no su desenlace: la liberación de los productos importados en el menemismo y la desindustrialización como política de Estado quebraron en 1996 a la empresa que llegó a tener 1.500 empleados. Los laburantes, sin indemnización, tomaron los talleres para evitar su vaciamiento. Primero como sociedad anónima y luego como cooperativa –forma que se sostiene hasta el día de hoy– nació Renacer.

Culito con culito

La cooperativa arrancó como prestadora de servicios de otras electrónicas en la isla, hasta que produjo sus propios microondas, televisores, aspiradoras. “Poco a poco se fue confiando en nuestro trabajo, que no solo era puertas adentro: la prioridad era mantener el empleo, pero no podíamos quedarnos solo en eso”, recuerda Mónica Acosta, que tiene 55 años e ingresó a Aurora en 1993. Fueron por más. Por un lado, la tierra: lograron que el Instituto Provincial de la Vivienda les entregara 60 casas para quienes necesitaban una solución habitacional. Por otro, el estudio: armaron un bachillerato popular para completar el secundario.
Inés es una de las fundadoras-recuperadoras y pisa este suelo fabril desde hace 38 años. Cuenta que cuando empezaron a pensar la toma tenían en contra al gobierno provincial, al sindicato y también a gran parte de la población. “Nadie daba dos mangos por nosotros, decían que estábamos locos, que éramos ignorantes y vagos, que no sabíamos ni leer”. No hubo estigma ni violencia que los frenara. “Sufrimos amenazas de muerte, amenazaron a nuestras familias, pero aguantamos. No podíamos quedarnos sin trabajo y para eso había que poner de pie a este monstruo”.
El monstruo tiene 24 mil metros cuadrados divididos en tres plantas. Es un laberinto que parece no tener fin, donde conviven distintas áreas de la línea de producción: clasificación de materiales, soldadura, carpintería, tornería, molienda, inyección de plástico, reciclado, ensamble, reparación, inspección, administración, etcétera, etcétera. “Haber conseguido la expropiación de la fábrica fue un gran juego de ajedrez, de estudiar el pensamiento de los políticos que nos querían joder. Aprendimos a gestionar para sobrevivir con una receta que nos sigue acompañando: estar juntos los trabajadores, siempre ‘culito con culito’”.
Ahora es marzo de 2026 y parte de la historia se repite: apertura de importaciones e industricidio a gusto y piacere del gobierno de Javier Milei. “Día a día nos golpea el plan económico de apertura indiscriminada de importaciones, el contexto de fuga y de patín económico de divisas. Mientras, se aprueba una reforma para que el costo laboral sea cada vez más ínfimo y tenemos el peor salario de la región”, dice Mónica, dos veces presidenta de esta cooperativa que tiene como condición la rotación de cargos. Ahora está en la administración. Y le toca administrar el caos: “Esta es la peor de todas las crisis, no recuerdo una de mayor magnitud ni en la provincia ni en el país, por el descarte total de la industria y la velocidad que va descomponiendo todo”.
Todo no, en realidad.
Contará Mónica dos proezas cooperativas para recomponer lo esencial: la solidaridad en tiempos mileianos:
1) “Sostenemos una regla: donamos el 10% de lo que producimos a alguna institución que lo necesite”.
2) “A los mayores que fundaron la fábrica les pagamos una complementación de su salario, porque con la jubilación mínima no podrían sobrevivir”.

 

Macri, Fernández y Milei

Inés arranca el recorrido por la fábrica emplazada en la capital de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. “Esta es la parte del armado de las plaquetas, que terminará en el empaquetado del televisor”. Seguirá el área de soldadura y el de control de calidad. Si hay un defecto, vuelve para mejorar la puesta de estaño; si no, continúa la línea de producción hacia el área de inspección como segunda instancia de verificación. “Nos fijamos si tienen algún cortocircuito, si vienen materiales levantados y hacemos la prueba de la plaqueta, porque a veces a simple vista no se distinguen ciertas fallas. De acá va a un sector donde insertan el chip y se conecta a 220”, describe Mayra, que traza un paralelismo entre el adentro y el afuera.
Adentro: “Trabajamos en paz. Si nos pasa algo, hay un área de recursos humanos que entiende. Somos operarios, pero también somos familia, conocemos lo que están atravesando nuestros compañeros; sabemos quiénes son madres solteras o sufren por la enfermedad de algún familiar”. Afuera: “Como toda crisis económica tiene repercusiones en la vida social y personal. Se agudiza cuando no te alcanza para vivir y repercute en el día a día de la fábrica”.
Gerardo tiene 58 años y entró cuando tenía 21. Ahora trabaja donde se ensamblan los televisores para luego embalarlos. “De acá salen listos al consumidor final, en su caja adecuada para la exportación”. Los “listos” y las “cajas” se redujeron exponencialmente. “En estos últimos años la industria electrónica fue para atrás y, como ya nos pasó en los 90, no hay manera de competir con la mano de obra baratísima de China y otros países, con los impuestos que acá son muchos más caros. En un país tan grande como Argentina, de 48 millones de habitantes y con tantas posibilidades para producir, no podemos vivir de lo importado como sí subsisten naciones más chicas”.
Los problemas para la industria provincial no empezaron con Javier Milei. El gobierno de Mauricio Macri eliminó en febrero de 2017 los aranceles a la importación de notebooks, netbooks y computadoras (del 35% a 0%) para, en teoría, bajar los precios. “Esa era la idea, pero los precios no bajaron porque en Argentina no bajan los precios por abrir importaciones. Ahora está pasando lo mismo con los celulares. O sea, se destruye la industria con conocimiento de causa para darles beneficio a los importadores, que nunca pierden”.
Otro obstáculo se originó en el gobierno de Alberto Fernández. Renacer era la primera productora de microondas, fabricando lo propio y haciendo trabajos para terceros. Subraya Mónica: “Hasta que nos vimos interceptados cuando Matías Tombolini –secretario de Comercio– no garantizó la ley antidumping (para evitar la competencia desleal de importaciones). Y cuando asumió Milei nos sepultó definitivamente con un decreto que erradicó la medida. A partir de allí, 11 fábricas dejamos de producir microondas y nosotros fuimos los más afectados”.

 

Despoblar la isla

enacer lleva adelante una osadía: mantener en la era libertaria un plantel de 133 personas. A principio de mes cada uno obtiene como retorno 750 mil pesos por trabajar 6 horas por día –de 6 a 12– de lunes a viernes. La cooperativa necesita entre 120 y 140 millones al mes para sostener los gastos de estructura y el pago de salarios. Un dato: antes de Milei, pagaban un millón y medio de luz. Ahora, seis millones, con una fábrica al 40% de lo que producía antes. Otro dato: más de dos millones y medio de agua. Y otro más: 3 millones de gas.
“Debimos reducir las jornadas de trabajo. Hay un parate recesivo de economía y no vendemos, laburamos a costos esclavos que no nos permiten la planificación de nuestras vidas. La apertura de importaciones logra que la inversión del capital privado, en lugar de generar el valor agregado en nuestro país, se vaya a otro lado, como China o Brasil”, analiza Mónica.
Y plantea una hipótesis: “Estas medidas tienen como objetivo despoblar la isla. En Río Grande hace poco cerró una fábrica que fabricaba celulares. Y así sucesivamente”. El “así sucesivamente” no es una frase al aire, sino una descripción del industricidio que azota a una provincia que tiene en la ciudad de Río Grande un parque industrial enorme donde los edificios vaciados, cerrados y abandonados aumentan a la par de la suba del desempleo. En los últimos dos años bajaron las persianas ocho fábricas: 6 textiles y 2 metalúrgicas. ¿Los motivos? A la liberación de importaciones se suma la quita de aranceles (bajaron del 16% al 8% en 2025 y desde enero de este año al 0%) que liquida a la producción local de celulares.

Cómo reinventarse

Para sostenerse en el tiempo la cooperativa debió reinventarse y diversificarse. Además de televisores y microondas, están fabricando sillas de plástico y baldosas con material reciclable. “Desde septiembre de 2025 nos metimos en la industria del reciclado, que transformamos en una materia con valor agregado”, dice Gerardo mientras muestra espacios de la fábrica hasta hace un tiempo vacíos y que ahora, por la necesidad de ampliar la producción, se ocupan con máquinas y cuerpos en acción. “Probamos permanentemente. Si no funciona algo, no nos quedamos, seguimos porque la cooperativa no puede parar”, y señala una matriz en la que figura el respaldo de una silla: “Estamos mejorando la butaca para hacerla más dura y resistente, con polipropileno. Hasta ahora la veníamos haciendo con polietileno, con esas bolsitas de nylon comunes que tenemos en nuestras casas. Nuestras sillas son 99% de material reciclado”.
La máquina inyectora de plástico transforma materias primas sólidas en piezas tridimensionales. Ella fue la responsable de ir más allá de lo conocido: “Dijimos, ‘che, tenemos la inyectora, ¿por qué no hacemos una silla duradera, y no esas que están en el mercado y tenés que sentarte arriba de tres para no caerte?’”.

¿Cómo es hacer autogestión en el fin del mundo?
Gerardo: “No es fácil en ningún lado la autogestión y menos a 3.000 y pico de kilómetros de los centros industriales del país, con un frío de 10 o 20 grados bajo cero. Nos costó un montón sostener esta fábrica desde 2003 y la clave fue el reinventarnos, aunque no siempre fue fácil”.

En la pandemia, Renacer propuso hacer un concentrador de oxígeno, aparato que produce el 94% de oxígeno puro. “Pero no tuvimos la ayuda necesaria. A las fábricas autogestionadas siempre nos toca la más difícil”.

Sobre corazones y cabezas

El edificio de Renacer se encuentra frente a un paraíso: el Canal de Beagle, ese espejo de agua que conecta los océanos Atlántico y Pacífico.
Una vista que da calma ante tanta turbulencia, interna y externa: a menos de 3 kilómetros se emplaza el puerto de Ushuaia, recientemente intervenido por el gobierno nacional.
La cooperativa sostuvo durante muchísimos años una producción de 1.000 unidades diarias, entre microondas y televisores, algo lejano en estos tiempos de encargos esporádicos, como los 600 televisores que están produciendo para una fábrica de San Luis: “No pasa todos los meses, es una cuestión excepcional porque estamos en un año de mundial de fútbol”, explica Mónica.
El trabajo fijo que hoy sostiene a la cooperativa es la fabricación a fasón (una empresa terceriza la producción a otra) de entre 8 mil y 10 mil placas de aire acondicionado para la empresa Newsan. Agrega: “Para sostenernos como necesitamos, debemos volver a la productividad de mil unidades por día, aunque hoy estamos muy complicados. Los que queremos seguir perteneciendo a la isla y la hemos defendido siempre tenemos una doble obligación: acá nacieron nuestros hijos y acá tenemos nuestro hogar. Resistiremos como ya es costumbre, no será una tarea sencilla despoblarnos de un plumazo”.
Inés escucha y su mente se va hacia los años noventa. “Yo siempre le decía a Mónica: ‘corazón frío y cabeza caliente’ para pensar, porque si no, no salíamos. Y ahora es lo mismo. Esta cooperativa es mi sueño, el de mis compañeros y el de los hijos de mis compañeros. Por eso no quiero jubilarme, acá voy a seguir estando hasta que tenga salud”, dice inmersa en su guardapolvo azul, con su pelo crespo y brilloso.
A Inés se le llenan los ojos de lágrimas, de cooperativa de trabajo, de fábrica recuperada. “Mi marido siempre me dice: ‘Yo te admiro, a vos y a tus compañeros. Siempre tienen proyectos, plan A, plan B. Hacen y no se cansan nunca”. Hace un silencio. Y vuelve a decir: “Mi marido se llama Luis Quintana y es un excombatiente de Malvinas. Fue uno de los soldaditos que tenían 18 años cuando los mandaron a la guerra”. Otro silencio y entonces finalmente dirá Inés:
–Mi marido siempre me dice: “Si las hubiéramos llevado a vos y a toda la gente de la cooperativa, no tengo dudas de que ganábamos la guerra”.

Fuente: La Vaca.org

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