“Además de que era mi primera vez en la Senda, iba acompañado de tres amigos que no tenían experiencia: Agustín y Santiago Amores y Mariano Orlando. Pero yo estaba muy motivado, con ganas de conocer algo nuevo, de tener esa sensación en el cuerpo de no saber qué pasará en la próxima curva. La gente de Estudios Patagónicos me terminó de convencer para que lo haga, porque el lugar es espectacular. Para quien esté preparado, lo recomiendo mucho”.
En febrero de este año, Juan y sus amigos se dispusieron a repetir el camino que varias décadas atrás anduviera la familia Bridges -primeros habitantes blancos de Tierra del Fuego- junto con el pueblo Shelk’nam. Esta y otras hazañas de la época se encuentran relatadas en el libro de Lucas Bridges, “El último confín de la tierra”, texto de referencia para Botello, quien asegura que “una cosa es leer sobre el lugar en el libro y otra es estar ahí. Te das cuenta lo bravo y difícil que es”.
Esta travesía suele realizarse en tres días, pero el equipo de Juan demoró cinco, ya que le agregaron un destino previo, “como para ir probando el equipo”. “Arrancamos de Almanza y de ahí fuimos a la cascada Lasifashaj. Realmente es impresionante tener tan cerca y accesible un sitio tan lindo”.
¿Qué quiere decir accesible en la boca de un viajero experimentado como Juan? “No se lo sugiero a nadie que no tenga experiencia. La palabra “senda” puede invitarte a pensar que es un camino fácil, pero hay variables complicadas como el clima, por ejemplo. En Tierra del Fuego todo viaje que parezca fácil, puede volverse difícil”. Es que expedición y senderismo no son la misma cosa. “Son disciplinas distintas. En una travesía como esta tenés que disponer de autonomía para dormir y comer por varios días. Además, las expediciones comienzan antes de llegar al lugar; hay que estudiar, saber leer los mapas. Porque si bien ahora hay GPS, hay que tomar decisiones. En la expedición sabemos dónde tenemos que llegar, pero el cómo se decide en el momento”.
Estas prácticas que se suponen son extremas o arriesgadas no conllevan, según la filosofía de Juan, un desafío de valentía: “La idea no es ponerse a prueba ni ver, como dicen en la cancha, quién tiene más aguante. El eje está en si te gusta o no te gusta, esa es la motivación. Vivir una experiencia que te cambie algo adentro”.
De hecho, en lugar de la competencia, lo que crece entre los expedicionarios es la camaradería. “Solo tengo cosas lindas para decir, la gente es muy generosa; al volver de la Senda, era de noche y Emilio -panadero de Tolhuin- nos vino a buscar. Nos ofreció empanadas y algo para brindar porque estábamos de cumpleaños. Lo hace porque él ha estado ahí, porque sabe lo que es jugar con lo mínimo indispensable y el esfuerzo físico que exige. En Península Mitre conocimos a todos los puesteros: Vargas, Andrade, Palma… tienen la nada misma y te la parten a la mitad”.
Juan recuerda aquellos nombres y, aunque hayan pasado mucho tiempo, renueva su agradecimiento. “Por eso estas experiencias son tan movilizantes: te das cuenta de que hay problemas entre los seres humanos, pero también hay solidaridad, también hay belleza en el mundo. Con solo ver de lejos este lugar, uno puede ser más optimista”.
Justamente esa generosidad y camaradería lo motivaron a Juan a realizar otra actividad que le gusta mucho: el registro audiovisual. En 2013 filmó la película documental “Latitud 55 Sur” y ahora piensa en armar un video para poder contar cómo hicieron el recorrido y así colaborar con otras personas que quieran intentarlo. “Yo me nutrí de redes y blogs para ver posibles problemas o situaciones que podían surgir. Por eso ahora me gustaría aportar un granito de arena”.
Durante el trayecto, la vida entra en el ritmo y el encanto de la naturaleza. “La vegetación es una cosa exuberante. La Senda de Bridges es muy interesante porque es un pequeño muestreo patagónico que se puede recorrer en pocos días. Vimos zorros, guanacos y algún cóndor. Si bien no hay estepa, tiene un poco de turba, un poco de altura, algo de bosque y también montaña. También suele haber nieve”, detalla Juan.
“Por suerte las partes más importantes de la senda están muy bien marcadas, se nota la intención de que el camino sea lo más accesible posible. A mí no me gusta la transformación del entorno por los seres humanos, pero creo que, en este caso, se ha tocado lo menos posible, abriendo la posibilidad a que mucha gente se encuentre con la naturaleza y con su propio ser”.
Juan reflexiona sobre las cuestiones trascendentales que generan este tipo de viajes y concluye que “una expedición reduce los objetivos y las problemáticas a términos simples. Eso permite pensar la vida cotidiana y apurada también en términos simples. ¿Llego a donde tengo que ir por este camino? ¿Me hace bien? Hacer una expedición es ponerse los anteojos para ver la simpleza de la vida. Porque el objetivo final es conocer lo más posible, transformarnos y regresar sanos y salvos a nuestras casas”.

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