Tierra del Fuego: soberanía, silencio y subordinación

Argentina 29/01/2026.- Lo que sorprende, en primer lugar, es el silencio oficial. La presencia de un avión militar de los Estados Unidos y la intervención del puerto de la ciudad de Ushuaia no generaron explicaciones públicas, debates institucionales ni comunicados claros por parte del Gobierno nacional. En un país atravesado por una larga historia de disputas territoriales y reclamos de soberanía, ese silencio no es ingenuo: es político.

Hay momentos en la historia en los que la geografía deja de ser un dato y se transforma en un problema de Estado. La Argentina parece estar ingresando en uno de esos momentos. Un tiempo complejo y peligroso, en el que se ha perdido la brújula esencial de cualquier gobierno responsable: la defensa de la soberanía nacional.

Tierra del Fuego, lejos de ser un rincón periférico, aparece hoy en el centro de una disputa global que combina poder militar, control logístico, recursos estratégicos y una renovada lógica imperial. El mismo imperialismo que usurpó nuestras Islas Malvinas y que ahora busca asegurar su influencia sobre las riquezas energéticas, minerales y hídricas del Atlántico Sur y del continente antártico, donde se encuentra la mayor reserva de agua dulce del planeta.

Durante años, la Argentina sostuvo un proyecto claro: consolidar a Ushuaia como polo estratégico austral, fortalecer la presencia nacional en la Antártida, reconstruir la Base Petrel y garantizar infraestructura permanente, incluidas pistas de aterrizaje de uso continuo, que aseguraran una soberanía efectiva en el continente blanco. Ese proyecto no era retórico ni simbólico: era geopolítica aplicada.

Hoy, ese horizonte aparece seriamente amenazado. La alianza incondicional del gobierno de Javier Milei con la administración de Donald Trump no constituye una estrategia diplomática madura ni pragmática: es una cesión. Implica resignar lo construido, debilitar la política antártica y relativizar el reclamo histórico por la recuperación de las Islas Malvinas.

Desde esa lógica, no puede permitirse que Tierra del Fuego sea considerada un “territorio de interés estratégico” para los Estados Unidos. No desde el silencio. No sin debate democrático. No sin una posición clara y explícita del Estado argentino. Esta situación obliga a no callar, aun cuando se intente silenciar. A hablar, aun cuando incomode. A no resignar soberanía.

La provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur ocupa una posición única en el planeta. Es una provincia bicontinental en un país bicontinental. Se encuentra en el extremo sur del continente americano y controla o debería controlar la puerta natural de acceso a la Antártida y uno de los puntos más sensibles del sistema de circulación global.

Existen apenas dos pasos bioceánicos naturales en el mundo: el Estrecho de Magallanes y el Pasaje de Drake. Ambos están directamente vinculados al sur argentino. No se trata de una curiosidad geográfica, sino de un dato central del poder global y de la arquitectura estratégica del comercio y la defensa internacional.

A esta centralidad se suma un elemento clave: los grandes portaaviones de los Estados Unidos no pueden atravesar el Canal de Panamá ni utilizar el Ártico de manera permanente. Su único paso real entre el Atlántico y el Pacífico es el extremo sur del continente. Tierra del Fuego, el Atlántico Sur y la Antártida.

En un mundo donde se disputan recursos críticos, posiciones científicas, control logístico y futura presencia militar, la Antártida dejó de ser exclusivamente un espacio de cooperación internacional. Es una disputa diferida. Y Tierra del Fuego es su principal puerta de entrada.

El Atlántico Sur completa este cuadro estratégico. Hidrocarburos offshore, biodiversidad marina y recursos pesqueros de enorme valor económico y alimentario. Parte de esas riquezas son explotadas ilegalmente por el Reino Unido desde las Islas Malvinas, bajo una ocupación colonial sostenida por la fuerza militar y el silencio cómplice de las grandes potencias.

La pregunta, entonces, no es solo qué pretende Donald Trump. La pregunta central es qué encuentra cuando mira a la Argentina. Y la respuesta resulta preocupante: un gobierno nacional ideológicamente alineado, sin una concepción clara de soberanía y dispuesto a subordinar los intereses estratégicos del país.

Javier Milei no concibe la soberanía como principio político. La reduce a un obstáculo para el mercado o a una consigna del pasado. Su alineamiento automático con Washington no es neutralidad: es sometimiento. Y en un mundo donde las potencias vuelven a hablar sin eufemismos de anexiones, zonas de influencia y seguridad nacional, esa postura es peligrosa.

Cuando los imperios entran en decadencia no se vuelven más prudentes: se vuelven más agresivos. Buscan asegurar posiciones clave antes de perder margen de maniobra. Trump encarna esa lógica. La diferencia es que hoy la Argentina enfrenta ese escenario sin resistencia estatal.

Tierra del Fuego no es solo una provincia en el mapa. Es una bisagra geopolítica, un límite y una decisión política. Es el lugar donde la Argentina define si es un país soberano o un territorio disponible. No hay neutralidad posible cuando se trata de defender el propio suelo. El silencio también es una forma de entrega.

La soberanía no se declama: se ejerce. Es memoria, es presencia y es decisión política. Cada concesión sin debate, cada acuerdo sin control y cada gesto de subordinación debilitan nuestra capacidad de defender lo que nos pertenece.

Cuando el poder global se reorganiza, los mapas vuelven a importar. Y cuando los gobiernos renuncian a defenderlos, otros los redibujan. Desde el norte se observa con ambición. Desde el sur se responde con convicción.

Por eso, no callemos. No nos resignemos. Tierra del Fuego no se negocia, la Antártida no se entrega y las Malvinas no se olvidan. Defender la soberanía no es una opción ideológica: es una obligación histórica. Y esta vez, la historia nos está mirando

Por Edgardo Esteban

*Periodista, escritor y excombatiente de Malvinas.

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