LA DESIGUALDAD AVANZA: Una cuestión de modelos

Rio Grande 26/06/2024.- «Si al Presidente le va bien, nos va bien a todos», reza un lugar común que, piadosamente, se podría calificar como ingenuo. «El rumbo es el correcto porque había cosas que era imprescindible hacer», dice otro, igualmente naïf, en referencia al ajuste de las desquiciadas cuentas públicas. Las dos sentencias coinciden en un supuesto: la sociedad sería un conjunto de personas en el que las diferencias de intereses no existen. La verdad es que eso no es cierto, aunque el ardid les pueda servir a los más audaces para convencer a los dóciles de que el infortunio es un fenómeno natural.

Javier Milei le bastó apenas un trimestre –y una devaluación brutal, y una desregulación drástica y una retracción de servicios públicos trágica para tantos compatriotas– para dejarle a la sociedad, en la que abundan la pluralidad y –claro– las diferencias de interés, una muestra gratis de su visión del futuro: la Argentina paleolibertaria será un canto a la inequidad, la que será mayor y mayor en la medida en que el experimento evolucione.

Lo dicho no equivale a una acusación de perversión, aunque las opiniones son libres. Lo que el Gobierno busca es lo mismo que otras expresiones de la derecha han buscado por décadas, ya sea en democracia como el dictadura: disciplinar la puja distributiva de modo que el crecimiento económico deje de depender del consumo interno y comience a hacerlo de una inversión estimulada por bajos costos tributarios y salariales.

Por lo pronto, el Caputazo está por abrir un nuevo capítulo: la proyectada desvinculación de 75.000 empleados públicos más, eventual piedra de toque de un proceso que podría convertir, en el sector privado, las suspensiones del momento en desvinculaciones duras. En ese caso, el desempleo del 7,7% registrado entre enero y marzo se convertiría en una foto viejísima y la película mostraría pronto un índice de dos dígitos apenas contenido por lo barato que cuesta hoy el trabajo. Más pobreza y más desigualdad.

Como sea, no puede negarse que Milei es coherente: para él –a la vez doctor y premio nobel de Economía, todo honoris causa–, el concepto de justicia social es «una aberración».

Si ves al futuro, dile que no venga

El INDEC dio a conocer su informe sobre Evolución de la distribución del ingreso (EPH) para el primer trimestre del año, que pintó un fresco espantoso.

Por un lado, la desigualdad de ingresos alcanzó su máximo nivel desde 2008, cuando el país se encontraba a mitad de camino de la –relativa– reconstrucción del tejido social desgarrado por la crisis de 2001. Esto es así porque el coeficiente de Gini –aceptado por la ciencia económica en todo el mundo como una medida eficaz de la equidad y la inequidad, y sobre cuyo sentido se tratará un poco más adelante– subió hasta alcanzar un valor de 0,467.

Vale destacar que un año antes, la decepción que ya era el Frente de Todos lo ubicaba en 0,446. Al revés de lo que podría parecer, esos decimales significan mucho, tanto en términos de experiencias personales como en la consumación de la tercermundización de la Argentina.

En segundo lugar, resulta impactante el hecho de que todos los deciles de ingreso perdieron como en la guerra contra la inflación, aunque los más pobres, desde ya, son quienes se llevaron la peor parte.

Va de suyo: lo que cabe esperar en términos de inequidad, pobreza e indigencia con el modelo Milei da vértigo. Así como el proceso laboral, social y cultural de los años 90, tan valorado hoy por el sector gobernante, dio tanto de qué hablar en términos de inseguridad cuando sus niños se hicieron adultos, ¿ante qué escenario estaremos de aquí a, digamos, diez o 20 años?

Un modelo lleno de perdedores

 

Lo anterior alude a una fragilidad política congénita del proyecto de la ultraderecha local: por más que se le venda a la sociedad la idea de la necesidad del sacrificio, el mileísmo es un modelo sin ganadores. Al menos –precisemos– sin ganadores concebidos como sectores sociales amplios, porque es sabido que grupos empresarios y miembros acomodaticios de la casta política han logrado colarse en los intersticios de un sistema que, si bien por un lado destruye riqueza –vía recesión y depreciación del capital físico por cancelación de la obra pública–, por el otro entrega generosamente la que queda a quienes se paran cerca del poder.

¿Cómo opera ese mecanismo? En forma de transferencias de ingresos; oligopolización, monopolización y apropiación desenfrenada de mercados, y hasta reparto de los recursos naturales –RIGI mediante– casi a costo cero.

Entre una isla del Caribe y una aldea africana

El coeficiente pergeñado por el sociólogo y estadístico italiano Corrado Gini le daría un valor cero a una sociedad perfectamente igualitaria y uno a otra totalmente inequitativa.

Esto abre discusiones en la derecha, que prefiere romper el termómetro: cero, afirman allí, sería Cuba y uno, como dijo alguien en X, una aldea africana en la que todos sus habitantes son pobres, pero uno de ellos se ganó un millón de dólares en un maratón. Como el modelo cubano no es deseable desde el punto de vista del progreso material y como el pueblo africano estaría mejor con su millonario que sin él, la medición carece de valor, se argumenta.

Falso de nuevo: en Cuba, con todos sus problemas y estrecheces, la desigualdad también existe –«como turismo inventó el abismo la desilusión»– y en la aldea de marras, el millonario trajo sus billetes desde una fuente exógena –la organización del maratón–, por lo que no hay posibilidad de que la base de su riqueza sea la exacción de miembros de su tribu.

Es mejor hablar en serio.

Curvas y contracurvas

 

El INDEC ofreció un gráfico de la evolución del indicador inventado por Corrado Gini que arranca en 2016, el que muestra un serrucho un tanto inespecífico hasta su inocultable empinamiento actual.

La elección del año base seguramente fue una casualidad, pero esta no deja de ser una lástima: si, como Chequeado, mostrara una serie más larga, revelaría el modo en que la desigualdad bajó sostenidamente entre 2003 y 2015 –los años del kirchnerismo–, para empinarse brutalmente en el 2016 de debut de Mauricio Macri y, ahora, en el albor del mileísmo.

Esto también se presta a polémica. Macri y Milei atribuirán los sacrificios de sus ajustes –y sus consecuencias sociales– a los desaguisados fiscales del populismo. Puede que en parte tengan razón, pero lo que no dicen es que los ajustes no tienen una receta única. Así, es una decisión política hacerlos descansar sobre los jubilados y las personas dependientes de ayudas sociales y servicios públicos –como ocurre hoy–, o sobre la reversión de subsidios abusivos a unicornios y sectores eternamente protegidos, o sobre el cobro de mayores impuestos a los más acomodados. O, ya que estamos, a los evasores de siempre, glorificados en la actualidad desde la cima del poder.

Suponer que lo dicho implica una reivindicación lisa y llana de lo hecho por el peronismo tanto en su versión cristinista como albertista sería no entender el mensaje. De hecho, los escépticos del coeficiente de Gini tienen un punto cuando aluden a la posibilidad de que una sociedad sea muy igualitaria, pero aun así subdesarrollada.

El drama del peronismo autoindulgente –que, incluso sin respuestas programáticas eficaces, fue por demasiado tiempo el progresismo realmente existente de la Argentina– es que nunca atinó, al menos desde 2010, a asegurar un proceso de acumulación de capital y desarrollo sobre las bases más equitativas que trató de preservar. Esa es todavía su gran cuenta pendiente, que no queda zanjada por la mera enunciación de «nuevas canciones» –cuya letra sigue sin conocerse–, y el motivo por el que buena parte de los sectores populares le dieron la espalda de un modo tan rotundo en las elecciones del año pasado.

En este sentido, datos interesantes del informe del INDEC muestran lo que pasa con los ingresos.

Según reseñó Página|12el ingreso per capita alcanzó en el primer trimestre a 233.695 pesos, mientras que el promedio de la la población ocupada asalariada fue de 361.445 pesos.

De modo complementario, La Nación destacó que los hogares de los deciles 9 y 10 –el 20% de mayores ingresos, que se queda con el 42,5% de la riqueza nacional– alcanzaron un ingreso medio de 945.325 pesos. El dato no parece precisamente una demostración de riqueza.

Enfrente, en tanto, se extiende el abismo: «el ingreso medio del estrato bajo –deciles 1 a 4– fue de 122.529 pesos. El grupo ‘medio’, conformado por los hogares de los deciles 5 a 8, registró, según el INDEC, un ingreso medio de 327.862».

Es sabido que en el empobrecimiento sostenido de los sectores medios –y esa saga no comenzó precisamente en diciembre– anida históricamente el surgimiento de salidas por derecha dura.

Sin dudas, una tarea pendiente es la recuperación de la equidad que Milei se ha llevado no se sabe a dónde, pero otra, incluso anterior, es el armado de un proceso de desarrollo que haga que trabajar sea efectivamente un modo de salvarse de la pobreza.

Liderazgo, inteligencia y patriotismo se buscan.

Por Marcelo Falak

Letra P

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