ROSARIO.- Fueron más de ocho horas de extenso, caótico y por momentos tenso debate, donde se discutieron de manera apasionada hasta las comas y con posiciones que por momentos parecían irreconciliables.
Pero las amenazas quedaron, finalmente, sólo en eso. Luego de dos días de deliberaciones, la convención nacional de la UCR aprobó ayer por unanimidad un durísimo documento partidario con tono claramente opositor al Gobierno y autorizó al comité nacional que encabeza Roberto Iglesias a iniciar «el diálogo con las más diversas direcciones del espectro democrático y progresista» con vistas a las elecciones presidenciales del año próximo.
Un diálogo que la conducción del partido y el alfonsinismo vislumbran en una dirección concreta: el impulso a la candidatura presidencial del ex ministro de Economía Roberto Lavagna. Una posición que fractura, de hecho, al radicalismo, por tercera vez en su larga historia, entre opositores y adherentes al gobierno de Néstor Kirchner.
En este punto, y a pesar de que se había prometido que no habría castigos concretos para los radicales K -los grandes ausentes del encuentro- la resolución aprobada incluyó además una autorización a la conducción partidaria a exhortar a la justicia electoral que intervenga cualquier UCR distrital que «no acate las resoluciones de la convención», con lo que abrió la puerta para quitarle el manejo de los símbolos partidarios a gobernadores y dirigentes que se sumen a la concertación que propone la Casa Rosada.
El documento aprobado por la convención nacional que encabeza Adolfo Stubrin tiene un inconfundible tono de oposición al Gobierno y abre las puertas al acuerdo con Lavagna. Acusa al Gobierno de «ejercicio ilimitado del poder», afirma que el país «está lejos de tener instituciones equilibradas» y que la administración Kirchner «adoptó el rumbo de un capitalismo prebendario».
Hace un repaso de las recientes leyes aprobadas por el Congreso -como la reglamentación de los decretos de necesidad y urgencia (DNU)- y afirma que confluyen en «el trastocamiento de la democracia en un despotismo electivo». Hacia el final, el texto demanda «una nueva coalición con convicciones políticas, económicas y sociales para forjar esas metas».
Debates
De todos modos, llegar a ese texto consensuado demandó horas de largos discursos y discusiones.
Nadie objetó públicamente que había que fijar una política de oposición al Gobierno, pero surgieron algunas diferencias cuando se abordó de manera indirecta un eventual acuerdo con Lavagna, al que se oponían convencionales de Buenos Aires y Córdoba, inspirados por la titular de la UCR bonaerense, Margarita Stolbizer, Eugenio Artaza y -a la distancia- por el senador Rodolfo Terragno.
En diálogo con LA NACION, Stolbizer insistió en la postura que trajo a la convención: nada de expulsiones partidarias ni de apoyo partidario a Lavagna. «Tanto quienes apoyan a Kirchner como quienes se inclinan por Lavagna lo hacen desde visiones rupturistas. No hay que empujar al abismo a nadie», sostuvo después del mediodía.
Sus referentes solicitaron una suspensión de la convención por 60 días, aunque debieron conformarse con una modificación bastante menor. A pedido de la ex diputada, la convención autorizó sólo a Iglesias a negociar acuerdos electorales, y excluyó de esa tarea a Stubrin y a los jefes de los bloques parlamentarios, Ernesto Sanz (Senado) y Fernando Chironi (Diputados).
Cerca de las 14, y hastiado de las críticas, el mendocino Iglesias reaccionó con furia. «Nos vamos a quedar acá hasta la hora que sea, pero el documento tiene que salir. Si no lo hacemos, estamos demostrando que el radicalismo no tiene un carajo que decirle a la sociedad», se enojó.
Lo apoyaron el bonaerense Eduardo Santín y el veterano Luis «Changui» Cáceres, que apeló a toda su oratoria para torcer voluntades: «Tenemos que ratificar adónde vamos, si no nos cocinan los medios y el Gobierno que nos quiere destruir», afirmó.
Fuera del recinto donde se apretujaban unos mil dirigentes, entre convencionales, legisladores y jóvenes, el ex diputado Leopoldo Moreau describía a Lavagna ante LA NACION como «un ministro que tomó medidas más progresistas que muchos radicales cuando estuvieron en el poder». Y se incluyó.
El tono subió cuando Stubrin respondió a una convencional bonaerense que criticó la falta de políticas contra el delito en el documento. «Cobos, sos un botón, una puta barata del presidente de la Nación», se enardecieron centenares de militantes al recordar al gobernador mendocino y emblema del radicalismo K.
Más allá de los ríspidos debates, típicos del folklore radical, la dirección del partido respiró aliviada por el éxito obtenido. Se obtuvo por consenso el documento opositor, se autorizó a Iglesias a negociar alianzas y se emitió una fuerte advertencia a los dirigentes que respaldan la concertación que impulsa con énfasis el gobierno nacional.
La fractura quedó, ahora sí, expuesta a la sociedad y a la política.
Por Jaime Rosemberg
Enviado especial