Aquel nefasto golpe de 1930

La legión Cívica era un organismo de represión política formado por civiles, después del golpe. Eran los paramilitares fascistas de la época, un poco mas distinguidos y marciales de los que vendrían después. De la misma manera, había grupos similares en Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler. Se cumplieron 78 años del alzamiento militar que derrocó a Hipólito Irigoyen. El general Uriburu inauguraba, en 1930, una funesta sucesión de golpes de Estado en la Argentina.

Amanecía el sábado 6 de septiembre de 1930 cuando unos aviones de guerra sobrevolaron la ciudad de Buenos Aires arrojando hojas con una proclama revolucionaria. La misma fue redactada por el tristemente celebre escritor argentino, Leopoldo Lugones, quien esgrimía que había llegado “la hora de la espada”, arengando a las hordas de facciosos a deponer al primer presidente elegido mediante el voto popular, el Dr. Hipólito Irigoyen.
Enseguida, cerca de un millar de efectivos militares, formados principalmente por cadetes del Colegio Militar de la Nación y de la Escuela de Comunicaciones, se pusieron en marcha desde El Palomar, a las órdenes del general José Félix Uriburu. El destino era la Casa de Gobierno, en la Plaza de Mayo; el objetivo, el derrocamiento del gobierno constitucional del radical Hipólito Irigoyen, quien el día anterior había delegado el mando en el vicepresidente Enrique Martínez.
Aquella mañana la columna de sublevados recogió a su paso considerable apoyo civil. El grueso del Ejército se mantuvo indiferente, pero tampoco defendió a Yrigoyen. El caudillo radical, viejo y enfermo, se había aislado cada vez más de los sectores populares que lo habían elegido presidente en 1916 y 1928. Don Hipólito tenía 78 años y es cierto que no las tenía todas consigo, pero la conspiración que comenzó a urdirse en su contra desde el mismo momento en que ganó las elecciones de 1928, que habilitaron su segundo mandato presidencial, se debió más a sus aciertos que a sus errores.
Aquel 6 de septiembre, del que ahora se cumplen 78 años, el único incidente serio se produjo al pasar la columna de golpistas frente al edificio del Congreso, desde donde fue tiroteada por simpatizantes radicales.
Cuando el líder golpista entró en la Casa Rosada sin encontrar resistencia, lo esperaba el vicepresidente Martínez, quien firmó la entrega del poder. Yrigoyen, quien se hallaba en La Plata, presentó a su vez la renuncia por escrito. Su humilde casa en Buenos Aires, en la actual calle Brasil, fue saqueada y destrozada por la turba. Dos diarios oficialistas fueron incendiados.
Natalio Botana, dueño y director del Diario Crítica, había encabezado una feroz campaña psicológica, preparando a la opinión pública para que aceptara el golpe. Terminaba así la primera etapa de gobierno popular en la Argentina y se consumaba el primer golpe de Estado en el país, una nefasta práctica que se repetiría ininterrumpidamente hasta 1983 en una suerte de péndulo entre gobiernos constitucionales y regímenes de facto.
Uriburu, asumió la presidencia dos días después, frente a una Plaza de Mayo colmada de gente. Junto a él, en el balcón de la Casa Rosada, podía verse a los que serían sus ministros, conocidos rostros y apellidos de la oligarquía: Santamarina, Bosch, Sánchez Sorondo, Beccar Varela, Adolfo Bioy, etc.
En su libro “La República perdida” (que fue llevado al cine en un documental dirigido en 1983 por Miguel Pérez), Luís Gregorich señala que, en realidad, Uriburu quería fundar un nuevo régimen de corte fascista. Había dicho con toda sinceridad: “Cumple a nuestra lealtad declarar que si tuviéramos que decidir entre el fascismo italiano y el comunismo ruso y vergonzante de los partidos políticos de izquierda, la elección no sería dudosa”. Ex inspector general del Ejército, a Uriburu lo llamaban Von Pepe, por ser cultor de la tradición militar prusiana. Sin embargo, este fascista vernáculo tuvo que conformarse con admirar al mandamás italiano Benito Mussolini, ya que el alemán Adolf Hitler y sus bestias nazis todavía no eran muy conocidos a nivel mundial.
Manuel Gálvez contó que una dama de la oligarquía porteña dijo que “el general Uriburu es más grande que José de San Martín, porque había echado a los radicales, unos canallas y chusmas, mientras que San Martín había echado a los españoles, que al fin y al cabo, eran . . . personas decentes”.
La dictadura de Uriburu estableció una dura represión y hubo fusilamientos y detenciones masivas. Leopoldo Lugones (hijo del poeta que escribió la proclama revolucionaria), jefe de la Policía Federal, por aquel entonces; paso a la historia como el creador en 1931 de la “Sección Especial”, cuerpo policial destinado a combatir el “comunismo”. Pronto la represión se extendió al activismo obrero en general y diversos sectores de la izquierda. También se le atribuye otro merito: la invención de la picana eléctrica como elemento de tortura para interrogar presos políticos, instrumento que tendría después un “éxito” ininterrumpido.
Cuatro días después de la nefasta jornada del 6 de septiembre, el día 10, la Corte Suprema de Justicia de la Nación, integrada por emblemas del mas rancio linaje oligárquico: José Figueroa Alcorta, Roberto Repetto, Ricardo Guido Lavalle, Antonio Sagarna y Horacio Rodríguez Larreta (este ultimo como Procurador General), conjuran la peor aberración de la historia jurídica argentina: mediante Acordada, reconocen a los golpistas en el gobierno nacional, esgrimiendo en sus considerandos que el titulo con el que ejercen el poder del Estado “no puede ser judicialmente discutido con éxito por las personas, en cuanto ejercita la función administrativa y política derivada de su posesión de la fuerza como resorte de orden y seguridad social”(considerando nº 5). Esta jurisprudencia de la CSJN, dio origen a la “Doctrina de los Gobiernos de Facto”, que seria utilizada para legitimar ulteriormente, los sucesivos golpes militares en la Argentina.
Aunque Yrigoyen, jefe del radicalismo, estuviera confinado en la isla Martín García y por más que sufriese las persecuciones del nuevo régimen, este partido demostró que seguía gozando del apoyo popular. El 5 de abril de 1931 hubo elecciones para gobernador y vice de la provincia de Buenos Aires. Contra lo que esperaba Uriburu, la fórmula compuesta por los radicales Honorio Pueyrredón y Mario Guido derrotó a la de los conservadores Antonio Santamarina y Celedonio Pereda. Las elecciones fueron anuladas; obviamente para el régimen “La gente no había aprendido a votar”.
Uriburu no pudo alcanzar ninguno de sus objetivos. La mayoría de sus amigos de la oligarquía no veían con buenos ojos los ideales fascistas y preferían las tradiciones británicas. El primer golpista argentino tampoco pudo convencer a Lisandro de la Torre, fundador de la democracia progresista, que aceptara ser candidato oficial en las próximas elecciones presidenciales. De la Torre optó por presentarse como candidato opositor, junto al socialista Nicolás Repetto, en lo que fue la denominada “Alianza Civil”.
Entonces pasó a dominar las escena otro protagonista del golpe de 1930, el general Agustín Pedro Justo, quien había sido ministro de Guerra durante la presidencia del radical Marcelo Torcuato de Alvear.
Para las elecciones, Justo, un “liberal a la Argentina” con el corazón puesto en Londres, inventó la “Concordancia”, un pacto entre conservadores, radicales disidentes y socialistas independientes, del que sería candidato. ¡Un número puesto!
El 8 de noviembre de 1931, mientras el radicalismo estaba proscripto, Justo y su compañero de fórmula, el doctor Julio Argentino Roca hijo, ganaron las fraudulentas elecciones que dieron comienzo a lo que se denominó el “fraude patriótico”.
Pocos meses después y ya casi olvidado, murió en París el general Uriburu. En sus funerales sin pueblo desfilaron las huestes de la Legión Cívica. Eran los paramilitares fascistas de la época, un poco más distinguidos y marciales que los que vendrían después.
Todo esto no era mas que el comienzo de uno de los tantos oscuros periodos de nuestra historia argentina, pletóricos en fraudes, negociados, entregas al capital extranjero, etc; por lo que muy ilustrativamente un escritor del campo popular de entonces, José Luis Torres, denomino a esta época como la “Década Infame”.

Por Alfredo Hernán Gaite

loading...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *