Francisco Barria no deja de sorprenderse de la vida que se multiplica en su chacra, en la Margen Sur de la ciudad de Río Grande, provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.
–Miren ahí, huelan allá, saboreen eso.
Pancho tiene 63 años y nació en Chile, en la isla de Chiloé, donde la industria salmonera hizo estragos ecológicos en una tierra que supo vivir de la tierra. Desde chiquito aprendió a cultivar y consumir lo que sembraba. “Lo único que comprábamos era el azúcar, el resto lo hacíamos en familia”.
La familia: una abuela, 10 hermanos y una mamá de la que aprendió el arte de la agroecología. Recuerda a la isla “muy pobre”, pero se rectifica al primer respiro. “Quienes vivimos de la tierra y somos autosustentables somos los seres más ricos porque no dependemos de nadie. Como no había dinero, entre vecinos hacíamos mingas, jornadas donde nos ayudábamos según la necesidad de cada familia. Ahí aprendí la solidaridad y lo cooperativo”.
Tenía 17 años cuando un hermano mayor lo trajo a Tierra del Fuego a trabajar en la soldadura. “Fue un golpe duro el desarraigo, pero me prometí algo: transformar el blanco pálido que veían mis ojos, al verde con el que había crecido”.
En esta estepa patagónica, árida y ventosa, ese verde (y tantos otros colores) florecen desde hace 25 años en “La huerta de Panchito”.
Repollos XXXLLL
–Sientan el aroma de eso, es una locura.
Pancho señala el toronjil cuyano, un preventor de infartos. “Tomando esto, jamás se moría un viejo antes de los 100 años”, dice, y luego toca suavemente a la artemisa “que protege al hígado, evita los dolores de cabeza y es excepcional para la diabetes y el colesterol”, y agrega que tiene “la planta más ancestral de todas, el vinagrillo, que se usa para hacer ensaladas y le hace bien a las personas que no toleran la fermentación”, y se jacta de cultivar éter, ese “inductor al sueño” de aroma suavecito, y lo mismo con la pimientilla, “para dolores estomacales y la menstruación”.
Plantines, semillas naturalizadas, sustrato, abono ancestral, plantas medicinales, flores y verduras orgánicas de estación son algunos de los productos de esta quinta agroecológica. “Desde un principio tuve dos finalidades: comprobar que era viable ser autosustentable en esta provincia y ver hasta dónde podía llegar con la producción. Hoy tengo en casi 5 hectáreas 57 tipos de semillas de distintos alimentos y flores. Solo de papas, por ejemplo, hay 35 variedades. Está a la vista que el clima no es un impedimento para producir en Tierra del Fuego”.
Lo que está a la vista son enjambres de cultivos, uno al lado del otro o entrelazados. Algunos dentro de invernaderos; otros, incluso, a cielo abierto, sobreponiéndose a las extremas temperaturas fueguinas. “Tenemos una ventaja muy grande respecto a cualquier parte del país. Hacia el norte hace mucho más calor, pero el clima es desopilante. Acá hace frío, pero en el verano tenemos una fotosíntesis inmensa y la mejor de todas: hay días en que el sol está desde las 4 de la mañana hasta las 11 de la noche y además es el sol que necesitan las plantas, porque lo importante es la forma en que llega. En el norte se coloca bien arriba y la planta no lo necesita en la copa, sino de costado, sobre todo en la raíz. Acá tenemos el sol a 45º, esa es la gran diferencia”.
Da un ejemplo en números para graficar la consecuencia de la fotosíntesis elevada. Por temporada siembra cinco veces lechuga, que con la acelga es la verdura que más se vende. “La planto y a los 25 días la vendo. Cada mata pesa medio kilo, es impresionante, como si alguien la empujara de abajo para arriba. Saco 800 kilos por cosecha, lo que me permitió el año pasado vender 2.000 plantines de lechuga”.
Francisco dice que todo lo que se pierde en invierno se recupera en verano. “Y no solo por la velocidad con que crecen los cultivos, sino en los tamaños”. Los ojos ven algo fuera de lo común: unas cabezotas de ajos chilotes “que llegan a pesar más de un kilo”; repollos del diámetro de una palangana (19,100 kilos fue el récord, sembrado al aire libre); zanahorias de 3 kilos cada una, nabos de 12; hojas de acelga de un kilo que parecen una planta entera y miden un metro 50 de alto y 70 centímetros de ancho.
Su método: “Trabajo prueba y error, no tengo laboratorio. Todos los días me pongo distintas metas y me perfecciono. Hilo muy finito, porque si no pierdo la temporada. Empecé haciendo todo a cielo abierto, aclimatando a las semillas y hoy aguantan 20 grados bajo cero durante el invierno en perfecto estado”.

Francisco «Pancho» Ibarria cuenta que factura 43 millones anuales vvendiendo alimentos sanos y frescos, y con ganadería. Le pone música a los cerdos y planea abrir el espacio «Yo puedo»: un invernadero para personas con discapacidad. Foto: Juan Valeiro/lavaca.org.
Tres sin venenos
–Miren las moras, los ciruelos, los repollos de brusela morada. Acá hay lo que se te ocurra.
Pancho resume en una sola palabra la consecuencia de que, efectivamente, en este campo multicolor haya lo que se nos ocurra: la semilla. “Acá verán semillas por todos lados, son la base de mi trabajo. Es una gota de vida, un patrimonio de la humanidad que no podemos permitir que muera”. Dice que para tener una buena siembra y luego una buena cosecha, se debe partir de una buena semilla, naturalizada con el ambiente. “Hice pruebas con semillas que traen de afuera y tienen sus contras. Primero porque la mayoría son transgénicas y acá no necesitamos ni queremos ningún compuesto químico. Hacemos nuestros propios depuradores contra los bichos a base de las mismas hierbas. Esto no es lo común, de más de cien agricultores en la provincia, solo tres trabajamos sin venenos”.
Su mamá, María Olinda, le marcó el camino desde chico: debía, sí o sí, conocer en profundidad cada semilla. Y eso incluía probarlas. “Me daba una y tenía que saber cuál era. Decía: ‘De una ceguera nadie está libre y no significa que se termina el mundo, pero hay que conocer el sabor de las cosas”. Se pregunta: ¿cuán importante es una semilla? Y se responde solo, mientras muestra una planta de kale: “Un solo granito de esta semilla casi microscópica hace una planta que te produce al año siguiente un kilo de semillas, lo que equivale entre 8 a 10 hectáreas de siembra. Es impresionante, una semilla viva significa una familia sana”.
Recién cuando comprobó que daban un resultado “excelente” empezó a alimentar a su familia, y luego se dedicó a la venta de manera directa en su chacra y en convenio con la huerta agroecológica Alfonsina Storni, en Ushuaia: “No trabajo con intermediarios, me gusta que el consumidor venga y vea el origen de lo que consume y que es inocuo a la salud humana. Mi lema es: de mi huerta a tu mesa”.
Circular & ancestral
–Vean lo que son esos chanchitos, acaban de nacer.
Pancho se pasa entre 10 y 14 horas por día en la huerta y en la granja. Llega muy temprano y se va muy tarde. Dice que solo compra arroz y fideos, porque el resto sale de su chacra: gallinas, gallos, pavos reales, pollos, conejos, gansos, lechoncitos y chanchos. “Produzco la carne, las verduras, los huevos, las frutas, los bulbos, las flores”.
Detrás de las hectáreas de cultivos tiene sus animales y un porqué que amerita desarrollo. “Yo practico la cultura ancestral, mis abuelos maternos son originarios del pueblo huilliche. Y, como la cultura maya, siempre tuvimos animales, que son la fuerza de la naturaleza. Todo está conectado. Yo hago un sistema de rotación: lo que excede de la huerta va a los animales, que lo consumen, digieren y expulsan. Eso va a parar al abono que luego se hace sustrato para volver a cultivar, y así sucesivamente. Estuve años haciendo pruebas: primero con el estiércol solo y no es viable; con el excremento de gallina y de cerdo, y tampoco, pero cuando usé la orina de los animales, ahí empecé a tener los productos que soñaba. La orina cuando sale es un cúmulo de bacterias, pero una vez que pasan los días se descompone porque la orina es amoníaco. El amoníaco mata a la bacteria y forma el hongo blanco y el sustrato, la tierra para cultivar. Fíjense todo el circuito: va para el corral en forma de hoja y vuelve a la huerta en forma de tierra”.
Cada movimiento que hace Pancho lo hace a través del sistema lunar, como lo hacían su mamá, la mamá de su mamá y la mamá de la mamá de su mamá. “Probé hacerlo de otra manera y es un fracaso total. Para plantar, para podar, tengo en cuenta las fases de la Luna. Ahora estamos en cuarto menguante, así que cosecho y guardo las semillas. En cuarto creciente, por ejemplo, preparo la tierra y solo planto ajo y cebolla, que crecen muchísimo en esa fase”.
La comida para sus animales no es alimento balanceado. “Eso es una porquería, lleno de anabólicos y hecho con alimentos transgénicos. Les cocino todos los días comida sana, lo más orgánico posible”. En el establo hay calefacción y música. “Los cerdos se estresan mucho con el mínimo ruido, la música les hace bien”. Cada uno tiene nombre: Rogelio (por su piel rojiza), Pepo (porque le faltaba un diente como al cantante de cumbia), La Peluda (no hace falta explicación). Hay medio centenar de lechones de 20 kilos y la misma cantidad de chanchos que oscilan entre los 200 y los 430 kilos. Cada cerda tiene 14 pariciones y en cada una da a luz 12 crías promedio. La carnicería le paga a Francisco 6.000 pesos el kilo. “El año pasado, con la ganadería y la agricultura agroecológica tuve de ganancias netas 3 millones y medio por mes, contando el sueldo de las tres personas que trabajan conmigo y todos los gastos de mantenimiento. Fueron 43 millones anuales”.

Las papas, las flores, las manos: trabajo agroecológico y «la certeza de que podemos ser autosustentables». Foto: Juan Valeiro/lavaca.org.
Proyecto de vidas
–Saboreen el vinagrillo, por favor, es tremendo.
Pancho Barria es una rara avis en la provincia y por eso colegios de la ciudad de Río Grande y también de Ushuaia, Tolhuin e incluso desde Chile visitan su quinta. La gente lo toma como un paseo por la multiplicidad de especies que hay. “Hay días que vienen más de 60 personas y compran de todo. Un ramito de esto, un ramito de lo otro. Para cada escuela o contingente preparo charlas de formación. Es importante que los chicos estén con las plantas y animales, que conozcan sus olores, pero en Tierra del Fuego no hay lugares para que se relacionen. Lo que me quede de vida lo quiero emplear en esto, que los niños se empapen de esta cultura”.
Pancho tiene dos objetivos, uno a corto y otro a mediano plazo.
A corto: pintar de rojo y blanco el gallinero y llamarlo “El Monumental”. Y hacer lo mismo –en azul y amarillo– con el chiquero y nombrarlo “La Bombonera”, por el club de sus amores.
El plan a mediano aliento: la creación de un invernadero para personas con discapacidad. “Acá viene mucha gente a comprar los fines de semana, días en que se saca a pasear a los abuelos. Pero el 99% se quedan encerrados en el auto porque los espacios no están preparados para alguien en silla de ruedas, muleta o bastón”. Pancho dice que es el proyecto de su vida y lo está construyendo “a pulmón, solo”. Esa calma con la que transmite las cosas y camina entre cultivos, colores, olores y tamaños, se transforma de repente: “La política, olvidate. Vienen para la foto. ‘Sí, hagámoslo’ dicen, y después nada. El intendente de Río Grande, Martín Pérez, dijo sí, te voy a ayudar Panchito. Nada. El gobernador Gustavo Melella vino un día y me dijo ‘mañana vengo’, pero no apareció más. No se quieren ensuciar los zapatos, y acá sí o sí hay que sentir la tierra”.
El espacio se llamará “Yo puedo”.

Volver a la tierrra
– Miren estos colores. Esa acelga roja, esa acelga amarilla. Siempre digo: “En la selva, hace montones de años, ¿qué indio fue a tamizar la tierra antes de sembrar…?”. Y las plantas crecieron igual.
Pancho duda de si Tierra del Fuego es el fin del mundo o, en realidad, es el principio. “Acá se está viendo algo que no se ve en la provincia desde hace mucho tiempo: la certeza de que podemos ser autosustentables y no necesitamos de una clase política para vivir. A todas las personas nos queda a la misma distancia la mano de la tierra, pero se necesita algo: agacharse”.
Y dice que en ese agacharse hay mucho más que un movimiento. “Es un alimento no solo para el estómago, es un alimento al alma. Soy un convencido de esto”.
Plantea una salida, entre tanto clima adverso: “Yo entiendo a mucha gente que está yéndose del país para buscar un mejor futuro, pero tenemos una solución acá, más cerca, haciendo lo que hacían nuestros ancestros, nuestros antiguos: la naturaleza te da todo a cambio de nada y te da lo que realmente le sirve, no lo que le sobra. Es demasiado amable”. Volvamos a la tierra y no le escapemos a la tormenta. Aprendamos a vivir bajo la lluvia”.
Por Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org
(Enviados especiales a Tierra del Fuego
Fuente: La Vaca.org
