Veintisiete años después, la ceremonia tuvo una colaboración de tres partes: el acuerdo entre los gobiernos argentino y británico, y la participación logística de los isleños.
Llegar hasta el cementerio de Darwin implica atravesar los 80 kilómetros que lo separan del aeropuerto militar de Bahía Agradable –el nombre argentino del británico Mount Pleasant– por una ruta sinuosa, árida, con unas pocas lagunas que salpican el paisaje amarillento de la vegetación castigada por el frío. Los carteles indican el camino de acceso al “Argentine cemetery” desde una loma que permite divisar también el pequeño poblado cercano, una veintena de casas blancas y bajas. Y un poco más cerca la hilera de cruces blancas, iguales, una mayor en el centro del altar, resguardadas por el nuevo monumento, un memorial que lleva escrito en seis bloques de cuatro paneles de mármol oscuro cada uno los nombres de los caídos en Malvinas. No falta uno. Seiscientos cuarenta y nueve nombres alineados por apellido y nombre, por orden alfabético, sin rango, humanos. “Mi hijo es el primero”, se angustia la madre de Juan Abraham, cuando llega hasta el muro gris para tocar las letras esculpidas en la piedra. Es la primera vez que viene a las islas y hubiera preferido no tener a quien visitar.
La entrada al cementerio es una tranquera con custodia del comando de fuerzas de las islas, a campo abierto hasta donde la vista permite mirar. Uno de los pocos carteles en castellano recuerda que por el acuerdo alcanzado en 1999 se autorizó a la Comisión de Familiares de los Caídos en Malvinas a “mantener” el cementerio”. Antes de las 11 de la mañana del sábado frío, nuboso, los tres micros que transportan a los 170 familiares estacionaron en el predio. El descenso es lento, ceremonioso, angustiante por el camino de prolijas piedritas marrones y blancas que lleva hasta la entrada a las tumbas. Comienza la ceremonia individual. Cada uno de los familiares busca el nombre conocido, otros deben encontrarlo porque son muchos los que fueron por primera vez a las islas. No todas las tumbas tienen nombre, porque no todos los cuerpos fueron reconocidos. Doscientos cuarenta y siete descansan bajo las lápidas pero sólo 109 tienen nombre. El resto señala que es un “soldado argentino sólo conocido por Dios”. Todas tienen flores artificiales de colores, y rosarios, muchos rosarios blancos, celestes, madera. Miguel Galarza apoya la rodilla en el suelo terroso para iniciar un diálogo silencioso con su hijo José Luis. Todos se pasean entre los recuerdos de una tragedia en un territorio bajo dominio británico.
Una hora más tarde, es la ceremonia colectiva. El presidente de la Comisión de Familiares, Héctor Cisneros, bordea la emoción y la política. “Los isleños se oponen a discutir la soberanía pero eso no impidió que nos sentemos a conversar para realizar este homenaje, en este sitio para poder llorar sobre la tumba del que se ama. Pudimos hacer a un lado las diferencias para cerrar las heridas del pasado”. La colaboración fue evidente en toda la visita. Los isleños se ocuparon de la logística del traslado de todo el grupo dentro de las islas, de montar las tres carpas para los refrigerios de la instalación sanitaria, con un amable inglés y esfuerzos por entender y hacerse entender en castellano, que los familiares agradecieron con palabras y sonrisas. Hasta el vicegobernador de las islas Malvinas, Paul Martínez, estuvo sentado en la primera fila de sillas dispuestas sobre el campo de cruces, de las varias decenas que se ubicaron para seguir la ceremonia. A su lado, el comandante de las tres fuerzas armadas en las islas, Gordon Moules, que no habla una palabra en español. Los dos, compartiendo el lugar con los familiares de soldados y militares que cayeron bajo el fuego británico.
En las negociaciones previas, incluso, se había conversado la posibilidad de que ex combatientes británicos pudieran participar en la ceremonia en Darwin, y reproducir el gesto en el cementerio de San Carlos, donde descansan las víctimas que tuvieron las tropas extranjeras. El proceso electoral en las islas el mes próximo tornó inviable esa opción. Y se agregó un pedido; que no hubiera banderas argentinas ni se cantara el Himno Nacional en el acto. Todo se cumplió. La ceremonia religiosa fue concelebrada por el cura local, Peter Norris, y por el cura santiagueño Santiago Combín –un estudioso de las iglesias en las Malvinas–, quien formuló el discurso más reivindicador a quienes “murieron defendiendo la tierra argentina, nuestra patria” y pidió recuperar ese heroísmo frente a otras deudas como la necesidad de convertir a la Argentina en un país “justo y solidario”. Los más creyentes se acercaron al altar para comulgar y volvieron con los ojos contenidos de lágrimas, la boca cerrada y la mirada en alto para abarcar la inmensidad del territorio. El frío impiadoso se trastrocó en un viento feroz. Hubo tiempo aún para una última despedida. Jorge Medina se acercó hasta el muro del monumento para buscar a su hermano Manuel Alberto, quien murió en el crucero General Belgrano. “Para mí significa un encuentro espiritual grande, pero también es un gesto de admiración y reconocimiento a todos nuestros héroes”.
Eran las tres de la tarde cuando comenzó a terminarse el tiempo. Con las últimas despedidas, uno a uno, volvieron a los micros. Se llevaron en sus manos una bolsa con turba malvinera que sobrevive a todo.
UN VIAJE TAN LARGO COMO ANHELADO. “Bienvenidos al aeropuerto de destino”. La frase impersonal del comandante les estaba dando la bienvenida a los pasajeros del vuelo 993 de Lan Chile que aterrizó en las islas Malvinas a las 9.32 de ayer. La inusual fórmula para anunciar el arribo fue una muestra de la prudencia por la que compitieron todos los actores del viaje para no forzar opciones: las Falkland o las Malvinas; Mount Pleasant o Bahía Amigable; Port Stanley o Puerto Argentino. La escasa hora que insume el vuelo desde Río Gallegos hasta el puerto militar en la isla Soledad tuvo mucho de contenida expectativa. Preparativos de los arreglos florales, cámaras en mano para fotografiar o grabar imágenes aéreas de las islas –“casi como los mapas, pero en vivo”–, lágrimas cuando el avión descendía y aplausos cuando se produjo el aterrizaje. Los altoparlantes anunciaron que los argentinos debían permanecer sentados hasta que descendiera el resto del pasaje, algunos británicos. “Está bien, es como en la cancha. Los locales esperan a que se retiren los visitantes”, bromearon en una ronda a media fila, cuando todos estaban listos para salir.
Por Gabriela Granata, desde Darwin, Islas Malvinas
Fuente:criticadigital.com
