El tipo del tatuaje en la nuca es casi un robot, cuyo único objetivo es cumplir con lo que se le ha ordenado, una máquina perfecta de matar, sin importar los medios.
Los otros ¿Qué objetivo persiguen?, ese código que implicancias tiene en el resto de la humanidad, en el prójimo en los mas lejanos y los mas cercanos, en que clase de máquina nos convierte el precio mas alto o mas bajo que todos tenemos, ¿Qué somos capaces de hacer por ese precio?, cual es el fin y ese fin ¿justifica los medios?, los medios son los que todos conocemos o hay otros tan maquiavélicos como el autor de la frase.
Eh aquí Shaquespeare, ¿ser o no ser?, un envase con un código de barras que cualquiera viene, compra y pasa bajo el rayo láser para saber cuanto valemos. ¿Valemos lo que somos?, o ¿lo que el otro dispone? y ese valor de mercado a que nos conduce, a dejar de lado cualquier cosa que nos haga mejores personas para convertirnos en máquinas cuyo único objetivo es desmerecernos y caer hasta niveles tan bajos en los que ni siquiera importe saber que no hay que pasar el código de barras por debajo del rayo de luz para que sepan cual es nuestro precio.
¿Somos eso? Envases en oferta dispuestos a ser pasado bajo el rayo de luz del decodificador y mostrar sin prejuicio alguno que quizá no valemos tanto o quizá si, pero es nuestro precio y no el que pone el otro para que en base a eso cometamos las peores aberraciones, incluidas aquellas que puedan causar daño a nuestros semejantes y de echo lo causan.
¿Porque el código de barras tatuado en la nuca y no los principios?, la honestidad, la hombría de bien, la solidaridad, o aquello que tanto se declama y nada se cumple como “los valores”.
El código de barra nos cambia el discurso.
El código de barras nos cambia la ideología.
El código de barras nos hace llevar al otro a decir cosas que nosotros no nos animamos.
El código de barras no vuelve mezquinos.
El código de barras nos vuelve ambiciosos.
El código de barras nos nubla la vista y no nos deja vernos a nosotros mismos ni nada que este más allá de nuestra nariz.
El código de barras convierte a la chequera en un misil aire/tierra y a nosotros en la plataforma de lanzamiento.
El código de barras nos deshumaniza.
El código de barras nos vuelve impunes e insensibles.
El código de barras nos vuelve perversos y manipuladores.
El código de barras nos vuelve egoístas.
Es poderoso el código de barras, es un arma pero en manos de otro, es otro el que decide lo que quiere y nosotros solo recibimos esa valuación que nos deshumaniza y nos convierte en cosas maleables, dubitativas, sin escrúpulos, sin vergüenza, sin límites, sin nada.
Nada mas que el precio del código de barras grabado a fuego en nuestra nuca, la misma nuca que apoyamos cada noche en la almohada para dormir, algunos pueden, otros no, aunque lo nieguen, sabe que aunque no se vea el código de barras esta, todos los ven.
El código de barras nos ha convertido en una mercancía, que aunque neguemos esta en permanente oferta, dispuesta, bien presentada, entregada, lista para dejarse manejar, para dejarse convencer, para ser utilizada según el gusto del consumidor porque el cliente siempre tiene razón y una vez en el carrito ya no hay marcha atrás, es un camino sin retorno para todos nosotros y en el nos encontramos aunque no nos demos cuenta.
Somos un producto que se compra y se vende y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, ¿o no?.
Armando Cabral.
