El jinete de una víbora de acero

Hace más de veinte años que Omar Ibaldi practica el mismo rito. De boina y mameluco, camina sereno para poner en marcha el Viejo Expreso Patagónico, más conocido como «La Trochita» El paisaje desfila ante sus ojos. Con el brazo apoyado en el marco de la ventanilla y un cigarro en la boca ve pasar la Patagonia. Inmutable, recibe el viento en su rostro como un latigazo helado.

Llegó desde Buenos Aires hace más de veinte años junto a su mujer y sus dos hijos. Según explica lo hizo “para seguir la carrera ferroviaria”. Desde entonces, Omar Ibaldi practica el mismo rito: camina sereno hacia los galpones del fondo y sacude el polvo del silencio donde descansa la locomotora. Allí lo espera su amigo y compañero “fueguista”, responsable del buen funcionamiento de la caldera.

Un rayo de luz se cuela en el inmenso tinglado. Encienden con cuidado los motores y al rato la locomotora está con ganas de retozar por su huella de acero. Como un toro atosigado empieza a bufar por sus orificios laterales, como pidiendo cancha.

Con el maquinista al volante y el fueguista a su lado, la locomotora sale en busca de los viejos vagones; engancha el primero de ellos y éste a la vez le alarga su brazo al siguiente, que cierra su puño de fierro. “Todo listo”, exclama Ibaldi. La formación ya está encadenada. Desde el paciente andén el guarda golpea una campana grande, de bronce. Bajando la cadena de la bocina el conductor responde con tres potentes pitazos mientras sentencia: “El cachirulo también tiene su voz”.

Don Ibaldi abre una llave humeante y baja una palanca, a la vez que explica: “De esta manera envío el vapor del domo al pistón, posibilitando la tracción de la máquina”. Para que esto suceda la caldera tiene que estar trabajando al máximo. Sobre el funcionamiento, el conductor comenta: “Este trencito sigue caminando por amor propio”.

Don Ibaldi abre una llave humeante y baja una palanca, a la vez que explica: “De esta manera envío el vapor del domo al pistón, posibilitando la tracción de la máquina”.

El convoy traquetea y se estira rechinando por los alrededores de la ciudad de Esquel, en la provincia del Chubut. Su corazón de caldera explota en fogonazos estruendosos, late rítmico y, de a poco, va sumergiéndose en el silencio más espeso. De su chimenea tiznada se libera la copa de un árbol blanco: el vapor sube buscando el sol. Más adelante, en un paso a nivel, un joven cubre su frente para ver pasar el río metálico mientras que levanta la otra mano y saluda. El maquinista contesta con el argumento alegre del tren; de nuevo el silbido.

Omar Ibaldi es un hombre serio. Con voz pausada, como si sus palabras vinieran de lejos, asegura que para él este tren “es la vida misma”. El maquinista va pensando con la vista perdida en el horizonte. Al rato vuelve a sus tareas y comenta; “cuesta mucho trabajo mantener este bicho en condiciones, pero vale la pena”, y agrega: “a los repuestos los vamos sacando de locomotoras viejas o se arman en los talleres de El Maitén”.

A través de muros de nieve. El Viejo Expreso Patagónico, o “La Trochita”, como lo llaman cariñosamente algunos lugareños, realiza actualmente el recorrido que va desde Esquel hasta la Estación de Nahuel Pan, paraje habitado por paisanos mapuches dedicados principalmente a la actividad pastoril.

A la vieja locomotora se la denomina técnicamente “trocha económica” por la diferencia de sólo 75 centímetros entre riel y riel.

A unos metros del andén de esa solitaria estación se ofrecen artesanías y tortas fritas calientes. Los turistas hacen fila mientras largan un vapor humeante.

A la vieja locomotora se la denomina técnicamente “trocha económica” por la diferencia de sólo 75 centímetros entre riel y riel. Atraviesa culebreando muros de nieve. Como un barco en su mar de tierra lo ve pasar la montaña mientras escucha la confesión envidiosa del viento. Su esqueleto se zarandea; en una curva cerrada parece que va a perder el último vagón.

En tren de crecimiento. Su vocación de peregrino arrastra años: es un tren de carga. Ahora transporta historia y su huella no es otra cosa que el reflejo de tantas miradas brillantes hechas vía. Don Ibaldi conoce esa historia y sabe marcar el ritmo de la nueva: “Despacio, con mucho cuidado en los detalles y sin apurones, marchará siempre bien”. No habla del devenir del destino, pero parece. Su frase nombra a «La Trochita».

Después de la Primera Guerra Mundial la “trocha angosta” fue observada como una posibilidad factible de desarrollo. En el año 1921 se decidió adquirir el material ferroviario para trazar la denominada Red de Ferrocarriles livianos de la Patagonia que incluiría al Viejo Expreso Patagónico.

No hace mucho la muerte negra vino a buscarla; aseguraba que su tiempo ya había pasado y que no tenía sentido resistirse al progreso. Sin embargo se encontró con un tren modesto pero con una tenacidad de hierro, patagónica. Ibaldi lo sabe: el tiempo todavía no borrará su huella, seguirá aferrada a sus durmientes eternos, encastrada al paisaje sureño.

Juan Pablo Baliña
Desde Esquel, provincia del Chubut
Especial para LANACION.com
ruta40@lanacion.com.ar

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