Hace unos días y mientras el país gira en torno a los avatares del dólar, se cumplieron los veinticinco años del asalto al cuartel de La Tablada, concretado por un comando del Movimiento Todos por la Patria, entonces liderado por Enrique Gorriarán Merlo.
El país distraído en otras urgencias –no demasiado alejadas de las de aquellos años– le prestó escasa atención a un hecho por entonces incomprensible, que aquellas autoridades y las posteriores poco hicieron por clarificar. Eran aquellos momentos del derrumbe de la gestión de Raúl Alfonsín, los de la desilusión subsecuente al entusiasmo de la restauración democrática de 1983, los de una sociedad golpeada en la que todos temían por todo y las versiones de conjuras diversas no dejaban espacio para la razón, cuando aún sectores inclaudicablemente reaccionarios seguían apostando al retorno del pasado.
Quizás por ello, la acción del MTP fue entendida en un principio como otra chirinada, hasta que la identidad de los asaltantes y sus oscuros motivos confundieron aún más las cosas.
Fueron cuarenta y cinco las víctimas de este último golpe de una guerrilla que, en su incapacidad para entender el presente, se confundió con el enemigo que decía combatir.
Los datos de las investigaciones periodísticas posteriores hablan de una fracción nacida en el foquismo de los setenta, liderada por un personaje de perfil mesiánico y fuertemente signado por el aventurerismo característico de esos años. Un grupo que, curiosamente, había intentado la variante institucional, tratando de conseguir los votos que la ciudadanía le había negado para, a la postre, resolver que nunca alcanzaría el poder mediante las urnas. De allí a la concepción de un plan que mezclaba la paranoia de las visiones conspirativas con la certeza de estar ejecutando una misión divina, hubo sólo un paso: se trataba de abortar una imaginaria conspiración carapintada para luego marchar hacia la Casa Rosada, en la convicción de que el pueblo acompañaría la exigencia de la renuncia del gobierno de Raúl Alfonsín.
Así expuesto, luce ingenuo, infantil y claramente estúpido. Pero de esas materias suelen nutrirse los pasajes más sombríos de la historia y sus costos siempre elevados. Una vez más, algunos habían querido erigirse en salvadores de la patria, olvidando el simple detalle de preguntarles a los ciudadanos si querían ser salvados, trámite este que quienes se autoproponen para la misión suelen obviar.
Los cruzados son siempre iguales, sin importar a qué dioses invocan: quienes alegan un mandato divino nunca se consideran obligados a dar explicaciones. Veinticinco años después, nuestra sociedad debería empeñarse en ratificar que sólo instituciones sólidas y el respeto por un sistema de convivencia que no fabrique a diario humillados y ofendidos es la única garantía de futuro.
Fuente: Lavoz.,com
