Mariano Torre, organizador del proyecto, asegura que se eligió la «ciudad del fin del mundo» como un símbolo de «una nueva relación entre el ser humano y la tierra que no sea tan destructiva».
La casa, diseñada por Reynolds, es un «modelo de supervivencia simple» y consta de dos construcciones en forma de cilindro de 50 metros cuadrados, fabricadas con 300 neumáticos, 3.000 latas, 5.000 botellas de plástico y 3.000 de vidrio. Un armazón de cristales permite que la vivienda mantenga una temperatura constante entre 18 y 22 grados, y de éste modo, ahorrar energía eléctrica.
Del proyecto, que también está planteado como un curso, participarán más de 70 voluntarios de todo el mundo, como así también indígenas de la comunidad Qom argentina.
Torre espera que la construcción de éste inmueble sea «una semilla» que cimente un «mensaje de esperanza y de futuro» en toda América Latina, al tiempo que agradeció a Federico Sciurano, alcalde de la ciudad, por brindarle la posibilidad de construir la vivienda en el municipio.
