Santiago del Estero figura entre las provincias argentinas que a lo largo de décadas han profesado un sistema político e institucional basado en el caudillismo y las ambiciones de poder absoluto y eterno de sus gobernantes de turno. La principal referencia a esta historia tiene como protagonista al fallecido dirigente justicialista Carlos “Tata” Juárez, quien gobernó a los santiagueños durante cinco períodos.
Hay una cercanía para nada casual de aquel espíritu feudal con la realidad que se vive por estos días en Santiago: cuando Juárez dejó las riendas del mando para ocupar otros cargos nacionales, colocó en su reemplazo en la gobernación a su esposa, Marina Aragonés.
La cronología repetida tiene hoy como continuador de aquellas prácticas al actual gobernador de Santiago del Estero, Gerardo Zamora, un dirigente radical que en el ejercicio del mando adhiere con fervor al kirchnerismo.
La Corte Suprema de Justicia de la Nación había frenado el intento de Zamora de ir por un tercer mandato consecutivo, lo que le estaba vedado por la Constitución provincial que él mismo hizo reformar. El fallo de la Corte surgió por una medida cautelar presentada por el radicalismo a nivel nacional y, además de tumbar el sueño de re-reelección del mandatario, obligó a suspender los comicios para gobernador que estaban fijados junto a las legislativas del 27 de octubre pasado.
A la luz de los acontecimientos y enjuagues políticos que se precipitaron, Zamora echó mano a aquella vieja estrategia que le había dejado como legado el veterano Juárez: convocó a los santiagueños a votar para gobernador el 1º de diciembre próximo y puso como candidata a sucederlo a su esposa, Claudia Ledesma Abdalá.
Más allá de los elevados índices de popularidad de Zamora, la designación de su esposa deja tela para la polémica y burla principios republicanos esenciales, ya que semeja una sucesión monárquica, aunque oculta tras un manto democrático. Ledesma Abdalá tiene como único antecedente en la función pública un breve paso como defensora del Pueblo en la ciudad de La Banda.
Es decir, una casi nula experiencia en cargos ejecutivos de alta responsabilidad como el que le tocará liderar si las urnas la consagran gobernadora. Nada justifica una presunta falta de preparación en una cuestión de semejante compromiso como es conducir los destinos de una provincia, ni siquiera aquella excusa pergeñada por los operadores de este enroque, que dice que “el gobernador en las sombras” será Zamora.
Pero subyace otra razón que alimenta la controversia y que se relaciona con una cuestión de género. ¿Zamora “usa” a su esposa para perpetuarse él mismo en un puesto? La inserción de la mujer en la vida política llevó años de luchas y concientización para romper con los moldes en un ámbito tradicionalmente reservado a los hombres. Una regla que Zamora parece desconocer.
Fuente: lavoz.com.ar
