Ya aprobado el presupuesto 2014 en la Cámara Baja de la Nación, no queda sino la recurrencia al lugar común para abordar la cuestión: que fue una sesión maratónica, que el oficialismo no discutió casi nada e impuso la tiranía del número, que sus cifras bien podrían haber sido producidas por la reina de “Alicia en el país de la maravillas” o que se trató de un maravilloso ejercicio de ficción legislativa. Nada, en resumen, que no se haya dicho a lo largo de los últimos 12 años, siempre para esta misma época del año, por similares motivos y parecidas consecuencias.
Pero esta vez la Argentina no es la misma: se asoma peligrosamente al abismo de la imprudencia, camina por la cornisa como fascinada por el vacío, sin reparar en costos.
Ya no son los tiempos en los que “el yuyito mágico”, la soja, nos aliviaba de todo pesar –antes fue el trigo, recordarán los memoriosos–, y el sostenimiento de la ficción deberá ser pagado por todos los argentinos en los años venideros. Y no es todo.
Más allá de lo que a Córdoba le toca (o no le toca, en rigor de verdad) en un reparto discrecional de fondos donde hay categorías como amigos, aliados y enemigos, seguir estimando una inflación de 10 puntos es un chiste amargo para quienes deben padecer los acomodamientos de precios con cada visita al supermercado.
O valorar una paridad cambiaria irrisoria cuando el dólar blue merodea los 10 pesos y las empresas pagan insumos dolarizados para vender en pesos. Y allí no se termina.
Con una estimación de crecimiento de cinco puntos para el producto interno bruto (PIB), los acreedores que poseen títulos atados al crecimiento del país recibirán un jugoso plus, aportado por el Banco Central de sus menguadas reservas. Ello pese a que todas las estimaciones aseveran que se crecerá sólo la mitad, apenas dos puntos y medio.
En este caso, el sostenimiento de la ficción muestra su rostro más perverso: el beneficio extra para acreedores que deberían hacer un acto público de reconocimiento a la proverbial generosidad argentina.
Se trata, a esta altura, de una cuestión manifiestamente penal: disponer de tal manera de los recursos de un país a costa de la miseria de sus habitantes no es asunto menor. Y tal vez ya debieron anoticiarse de ello los representantes de una oposición enredada en su discurso e incapacitada para nada que no sea la queja reiterada y lo que parece el disfrute de su propia impotencia.
Cabe preguntarse, una vez más, si en el país de la impunidad podremos, algún día, concedernos el lujo del antiguo reclamo bíblico, el de que nos representen y nos gobiernen unos pocos hombres justos.
Fuente:lavoz.com.ar
