Errores no asumidos

Lun 29/07/13 12:05 hs.-El caso del general César Milani es una muestra más de la incapacidad del Gobierno nacional para asumir sus equivocaciones, lo que sigue provocando conflictos estériles en la sociedad.

Persistiendo en una práctica que lo viene definiendo desde hace ya seis años, el gobierno de Cristina Fernández ha vuelto a encerrarse en su propia trampa, esa que funciona a fuerza de contradicciones flagrantes, sistemática del error y el señalamiento constante de culpas ajenas.
El resultado del caso Milani viene a reiterar lo que ya sabíamos: una manifiesta incapacidad para procesar los errores propios y cierta falta de reflejos que podría atribuirse a una visión caprichosa de las exigencias propias del ejercicio del poder.
La primera lección que los políticos aprenden es que los errores no se comparten y sus consecuencias deben ser minimizadas, lo inverso de lo que la práctica argentina actual muestra: una notable falta de capacidad operativa por parte de distintos estamentos del Gobierno nacional y cierta admirable capacidad para convertir los conflictos pequeños en grandes problemas.
El sentido común obligaba, ante los tropiezos evidentes que afrontaba la designación del general Cesar Milani como nuevo titular del Estado Mayor Conjunto, a un replanteo que ni por un momento se esbozó, hasta que, sencillamente, las cuentas no cerraron.
El general cuestionado es inocente hasta que se demuestre lo contrario, pero la obstinación puesta en juego desde la misma Casa Rosada hizo que las esquirlas del conflicto dañaran a la presidenta de la Nación, a su ministro de Defensa, al secretario de Derechos Humanos y hasta a un organismo privado, como el Centro de Estudios Legales y Sociales (Cels), cuyo largo historial en tan delicada materia no merecía tal suerte.
Pero, ya avanzado el daño, la negación del error sólo sirvió para una grosera operación de disimulo, no menos chapucera que todo lo anterior. Sorprende que en la Casa de Gobierno se hayan hecho tan mal las cuentas, en plena carrera electoral, para dejar, dicho en términos futbolísticos, una pelota boyando en el área, al alcance hasta del jugador menos avisado.
Ni lerda ni perezosa, la oposición convirtió el asunto en una suerte de manual ilustrado sobre todo lo que no debería hacerse en política. Y debe decirse que hubo, en este tránsito, de todo menos muestras de agudeza. El mismísimo general Milani ayudó a la frustración generalizada cuando se definió como un hombre “del proyecto”. Llegados a este punto, la mesa estaba servida para el banquete de los chapuceros. Que lo hicieron con el esmero habitual.
Pero sería injusto suponer que la responsabilidad por el fiasco se agota en unos pocos protagonistas. Una vez más, lo que resalta es una manera imperial de entender la política, esos modos que nos hicieron desandar lo poco que sabíamos sobre nosotros y nuestra relación con el mundo. Y que nos obligarán, en el futuro, a un largo y trabajoso proceso de reconstrucción.

Fuente:lavoz.com.ar

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