Sin embargo, la realidad parece mostrar otra cosa: solamente sumando Cromañón, el choque de Once y la última inundación en La Plata y Buenos Aires, los muertos por la desidia, el abandono estatal y la corrupción suman más de trescientos. El número crece si se suman las víctimas fatales por derrumbes edilicios y asesinatos como los del joven del PO, Mariano Ferreyra, o el docente Fuentealba, en Neuquén.
Las cifras, si bien son alarmantes, crecen en forma exponencial si se consideran además a víctimas fatales por inseguridad y accidentes de tránsito, directamente relacionados con la acción -o inacción- estatal. Según la asociación civil Luchemos por la vida, entre 2003 y 2012, hubieron 75.742 muertes por accidentes de tránsito, es decir, 21 muertos por día. Y según estadísticas oficiales del Poder Ejecutivo Nacional, entre 2003 y 2009 hubo 16.221 muertos por casos de inseguridad: casi 6,5 muertos diarios. A partir de 2010, se dejaron de publicar estadísticas oficiales al respecto.
No es necesario vincular a la seguridad con el Estado, derecho consagrado en nuestra Constitución, pero para el desprevenido, no está demás apuntar que con rutas rotas y de una sola mano, escasas autopistas, un sistema ferroviario en desuso y los caminos inundados de camiones, los accidentes de tránsito no hacen sino multiplicarse.
Pero el Estado presente que consagra el oficialismo, no se agota entre incendios, choque de trenes, inundaciones, accidentes de tránsito y asesinatos por inseguridad. Según el CENSO 2010, el 53% de la población no tiene cloacas o, para que se entienda mejor, 23,2 millones de personas deben arreglarse haciendo excavaciones o vaciando pozos para hacer sus necesidades; el 30% no tiene agua corriente -algunas ONG aseguran que en realidad es el 40%- y más del 50% no tiene red natural de gas.
Tema aparte merece la pobreza, quizá la mayor cuenta pendiente. Según el INDEC, en Argentina hay 2,2 millones de pobres, el 5,4% de la población. Sin embargo, si no se toma la inflación del INDEC y se utilizan los indicadores provinciales, la cifra aumenta de manera dramática. Para el Observatorio de Deuda Social de la Universidad Católica, la pobreza afecta al 27% de la población, es decir a más de 11 millones de personas.
Qué dejará la mejor coyuntura de la historia.
Si uno se aleja hacia atrás del epicentro de la crisis de 2001, donde los ya magros indicadores sociales volaron por los aires, se observa que a pesar del 80% del crecimiento, la situación social de fondo no mejoró, o mejoró parcialmente y en algunos temas muy puntuales.
Argentina mantiene inalterados sus déficits estructurales: comunicaciones y transporte, energía -electricidad, gas y petróleo- e industria pesada en general. La inversión productiva es inexistente y los esfuerzos por mostrar una industria automotriz pujante -que importa más autopartes de los autos que exporta- o un supuesto polo tecnológico de Tierra del Fuego que importa hasta el último cable que usa, podrán ser útiles para la construcción del relato, pero no para cambiar la realidad. Una realidad que exhibe los mismos problemas de siempre, a pesar de que el tamaño de la economía es casi el doble.
Quizá del kirchnerismo podamos rescatar que crecimiento y desarrollo no son lo mismo, y quizá la oportunidad histórica que nos dio el mundo aún estemos a tiempo de aprovecharla. No lo sabemos. Entre tanta incertidumbre, al menos queda una certeza: si vuelve a llover así, todo volverá a inundarse igual.
Nicolás Merchensky
Fundación Desarrollo y Política
