«Ese es problema de los cordobeses, que se cocinen en su propia salsa». La frase que se atribuye al entonces presidente Perón, en oportunidad del putsch policial contra el gobierno peronista de Obregón Cano, vino a la memoria de muchos cordobeses durante la increíble jornada de ayer. Corría el año 1974 y Córdoba hacía honor a su fama oracular anticipando la locura que luego llegaría a nuestro país. Claro que era otra Córdoba, era la ciudad que unos años antes había hecho el Cordobazo, la ciudad que, liderada por los trabajadores mejor pagos del país, había construido la primera rebelión contra el anacrónico corporativismo de Onganía.
El jueves pasado asistí casualmente a la primera manifestación de los «Familiares de Policías de la ciudad De Córdoba». Un grupo formado principalmente por mujeres tomó durante unas horas el ingreso a la Central de Policía de la Provincia, se habían convocado mediante mensajes de en las redes sociales para reclamar lo que sus hombres no pueden legalmente: incremento del salario básico, plus salarial para el personal de calle, aumento de los “adicionales” (servicios adicionales de vigilancia y seguridad a las entidades públicas y privadas que lo soliciten) y que no haya sanciones para el personal. No había banderas, ni pecheras ni canciones elaboradas tan propias de los sectores habituados a las movilizaciones, solo repetían las ideas que se escuchan hace tiempo en el circuito de la llamada familia policial: “el básico no nos alcanza para el alquiler”, “vivimos de los adicionales”, “cobramos menos que los empleados de seguridad privada”, “no somos narcos”, “los corruptos son los jefes”, “nos tenemos que comprar el uniforme”. La Ministra de Seguridad de la Provincia anunció un posible aumento de la remuneración por “adicionales” y determinación del incremento salarial en cuarenta días, el lunes siguiente comenzó el acuartelamiento.
La ciudad sin policías en la calle empezó a cambiar de fisonomía, arreciaron los arrebatos callejeros y los “incidentes menores” hasta que, promediando la tarde, empezaron los saqueos a supermercados en los barrios. A medida que caía el sol, mientras el gobernador De la Sota anunciaba su regreso de Panamá, comenzó la escalada de vandalismo en paralelo con la paranoia. A la noche se desató lo impensable, se hizo visible lo que todos conocemos pero pocos dimensionamos. Hablamos todos los días de marginalidad, escribimos miles de líneas sobre la exclusión, pontificamos sobre la exclusión pero pocas veces vemos un escuadrón de centauros motorizados que revienta diez comercios al mismo tiempo en una de las principales avenidas del centro. Los lugares comunes sobre los sectores desprotegidos se diluyen cuando escuchamos tiros a metros de nuestras casas, ahí empieza el miedo. Ni un taxi en la calle, no salen los colectivos, anuncios de asueto en instituciones públicas, el gobernador fuera del país, la ministra desorientada y los voceros de la presidencia repitiendo que la seguridad depende de las provincias, se cierra el círculo del desamparo y aparecen las armas en manos de los saqueados. Así pasamos la noche.
Hoy amanecimos en una ciudad paralizada, inmóvil, aterrada. Vimos de cerca el caos. En este momento se anuncia un “principio de acuerdo”. Vendrá el tiempo de pensar lo que pasó, una cosa es segura: ya no es la Córdoba orgullosa de la rebelión, pero temo que sigue siendo la Córdoba oracular, la que anticipa. Pienso que acabamos de vivir el Cordobazo de la decadencia, el único posible.
El Cordobazo de la decadencia
Mierc 04/12/13 220:51 hs.-«Ese es problema de los cordobeses, que se cocinen en su propia salsa». La frase que se atribuye al entonces presidente Perón, en oportunidad del putsch policial contra el gobierno peronista de Obregón Cano, vino a la memoria de muchos cordobeses durante la increíble jornada de ayer. Vendrá el tiempo de pensar lo que pasó, una cosa es segura: ya no es la Córdoba orgullosa de la rebelión, pero temo que sigue siendo la Córdoba oracular, la que anticipa.
