La presidenta Cristina Fernández realizó dos presentaciones públicas en la Argentina tras las elecciones primarias del domingo último. No cumplió en ambos casos con la elemental regla de convivencia que establece felicitar primero a los ganadores y encarar luego una autocrítica de los errores cometidos.
En la primera de ellas, efectuada casi en la medianoche de la jornada electoral, hizo un análisis dirigido estrictamente a sus partidarios, pese a que comenzó su alocución señalando que hablaba como presidenta de los 40 millones de argentinos. Hubo allí una confusión de roles.
La segunda tuvo lugar el miércoles en Tecnópolis, donde se dedicó a desacreditar el resultado y a acusar a las corporaciones empresarias y sindicales de estar detrás de los candidatos opositores que la derrotaron en las urnas.
No estuvo ausente en sus palabras el clásico ataque a los medios de comunicación independientes, que –a su entender– no reflejaron en forma destacada, en los resultados electorales, que el oficialismo había ganado en la Antártida y en la mesa donde votó la comunidad indígena qom.
Ambas afirmaciones expresan verdades parciales, pues la comunidad del cacique Félix Díaz votó en una mesa junto a otros ciudadanos, y en la Antártida aún no terminó el recuento final. Un presidente no puede faltar a la verdad con interpretaciones parciales de los hechos y tampoco puede desconocer el resultado adverso en las urnas, como pretendió Cristina Fernández al descalificar al principal candidato de la oposición en la provincia de Buenos Aires y a su esposa.
La definición de que se propone debatir con “los verdaderos jugadores y no con los suplentes que ponen en las listas” es una bofetada a la voluntad popular. La propia jefa del Estado se encargó de ensalzar esas voluntades cuando las urnas le mostraron resultados favorables en 2011. No lanzó en ese momento la infundada sospecha de que detrás de esos votos estaban las corporaciones empresariales y gremiales.
En suma, las dos intervenciones presidenciales revelan una confusión y un diagnóstico y tratamiento equivocado del resultado electoral. La búsqueda de responsables no puede ir tan allá como para desconocer que millones de personas expresaron en los comicios lo que ya habían manifestado en las calles a favor de una Justicia independiente, por el control de la inflación, la eliminación de la inseguridad y un combate frontal a la corrupción.
La democracia no es un diálogo de corporaciones, animado por la que gobierna frente a las que representan los intereses empresariales y gremiales. Es un ejercicio en el que los ciudadanos eligen a quienes los conducirán a lograr el bienestar común al que aspira la mayoría de la sociedad.
Esa acción no elude el diálogo, pero se gobierna en pos de los objetivos trazados por los verdaderos dueños del poder: los ciudadanos.
Fuente:lavoz.com.ar
