Nueve palabras: “Los hechos son sagrados, pero el comentario es libre”. Tan simple como contundente, la respuesta del jurista Carlos Fayt al menos afortunado de los comentarios presidenciales –uno más en una larga lista– obliga a recordar que, tal como lo asevera el adagio popular, cuando uno no quiere, dos no se pelean. Y, de paso, a corroborar que no hace falta crisparse para tener razón.
Sin embargo, el duro cruce entre Cristina Fernández y el más antiguo titular de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, quien permanece activo a los 95 años, fuerza también a posar la mirada sobre diversas cuestiones del presente y del pasado.
La primera mandataria reprochó a Fayt el mantenerse en su puesto gracias a una acordada de la misma Corte, cuando la Constitución Nacional reformada en 1994 obliga al retiro a quienes cumplan 75 años. Pero en ese breve comentario presidencial, publicado vía la red social Twitter, pueden caber numerosos dislates.
En principio, porque Cristina Fernández demuestra ignorar que el artículo 99 de dicha reforma fue declarado inconstitucional en 1999, buen detalle este para mensurar cuántas cosas es capaz de desconocer quien ha ejercido el derecho de forma profesional.
En ese sentido, la acordada de la Corte esgrimida en la cita presidencial no tiene la importancia que se le pretende dar. Pero ello no es sino el comienzo de una cadena de errores altamente reveladora, como lo son todos los fallidos.
Mandar a su casa a un hombre de probada valía por una cuestión de límite de edad no sólo prueba una dosis de miopía, sino un ingrediente peor, cual es el desprecio en el trato para con los ancianos, en un país que no se caracteriza por la justicia debida a sus mayores, a los que relega y humilla de las formas más variadas. Y efectivas, debería agregarse.
No hay que olvidar que, curiosamente, la señora Fernández ya había usado el atril para fustigar a otro jubilado empeñado en regalarle unos dólares a su nieto.
Más preocupante, sin embargo, es la inclinación presidencial para bajar a la calle a disputar asuntos banales, el empeño reiterado en enredarse en cuestiones subalternas, la cotidiana insistencia en fustigar a todo y todos, una foto que reduce hasta la pequeñez una función ejecutiva que debería caracterizarse por la importancia de lo que se trata y comunica.
Ojalá todo se debiera a que en la Argentina no hay cuestiones serias por resolver. Pero lo cierto es que, parafraseando al general Manuel Odría –aquel dictadorzuelo peruano–, el país tiene dos clases de problemas: los que carecen de importancia y los que carecen de solución.
En ese contexto, la respuesta del doctor Fayt adquiere un eco casi majestuoso: “Los hechos son sagrados, pero el comentario es libre”.
Fuente:lavoz.com.ar
