El país está perdiendo competitividad por efectos de sus equivocadas políticas en lo fiscal, monetario y cambiario, lo que atenta contra la posibilidad de crear nuevos y mejores puestos de trabajo.
Esta es la principal conclusión que puede obtenerse tras los últimos datos de vinculación con el mundo a través del comercio exterior, donde el Mercosur dejó de jugar un papel gravitante.
El “vivir con lo nuestro” ya no es una receta que pueda aplicarse a una economía global cada vez más interrelacionada en los procesos productivos, incluso en la provisión de insumos básicos. Dejar de ser competitivo implica perder la oportunidad de atraer inversiones extranjeras directas –la mayor parte de las que se realizaron en 2012 fueron sólo reinversión de utilidades no giradas al exterior–.
El último dato negativo fue aportado por el anuario 2013 de Competitividad Mundial, publicado por la escuela de negocios suiza IMD, cuyo capítulo en el país lo realiza el Programa de Desarrollo e Instituciones de la Escuela de Economía de la Universidad Católica. En el anuario, la Argentina descendió cuatro posiciones y se ubicó 59ª sobre 60 países analizados.
¿Qué es lo que no resulta atractivo para desarrollar empresas y negocios que impactan en el mercado laboral? En el capítulo de infraestructura, se pasó del puesto 46º al 53º; desempeño económico, del 50º al 55º (el año pasado ya había caído 11 posiciones); en eficiencia gubernamental, nuestra mala performance sólo es superada por Venezuela.
En términos simples, la Argentina no tiene infraestructura (rutas, puertos y servicios) para atraer inversiones extranjeras y tampoco cuenta con un marco de negocios que permita corregir esas carencias. Lo que revelan las distintas encuestas internacionales sobre competitividad, transparencia y clima de negocios ya lo perciben los empresarios locales. Los indicadores de distintos sectores acusan un marcado deterioro con respecto a 2011.
Las exportaciones habían retrocedido tres por ciento en 2012 en relación con el período anterior, pero el problema se nota con más fuerza este año, con una baja permanente de las ventas. El último dato de abril revela una caída de 37,8 por ciento interanual. Las importaciones aumentaron 32 por ciento, ante el creciente déficit energético vinculado con la falta de inversiones para explotar recursos clave.
La gestión de la presidenta Cristina Fernández debe entender que para atraer fondos desde el exterior, ser competitivos y recuperar el crecimiento a tasas que permitan mejorar la situación de los argentinos, debe actuar sobre la inflación. Y esto la obligará a encuadrar el gasto público de modo que aumente la competitividad del país. Todo lo demás será pan para hoy y hambre para un mañana que luce cada vez más desmejorado.
Fuente:lavoz.com.ar
