Los ultimos meses, Los últimos días La últimas horas

En agosto de 1975, la publicidad del gobierno nacional se presentó con otro perfil. Ya no se habla de la «Argentina Potencia». La empresa estatal Obras Sanitarias de la Nación recordaba: «Aquí se trabaja por la reconstrucción». «Radio del Plata» publicó un aviso ponderando uno de los programas de su grilla: «El buen día», conducido por Betty Elizalde, premiado con un Martín Fierro.

Y Landrú se divertía, publicando el siguiente chiste. Bajo el título de Asesor, Ministerio de Economía, un personaje le decía al otro: «Dígale al ministro que se me ha ocurrido este eslogan sensacional. Hay que pasar el invierno, la primavera, el verano y el otoño». Cuestionario, en tapa, mostraba las caras de jefes militares, sindicales y políticos, con el título: «¿Quién gobierna?».El primer día de agosto, la organización Montoneros atentó contra la casa de Nélida Garat, directora del Liceo Victoria Mercante, de La Plata. También contra los domicilios de Juan Csunwidt, directivo de la Facultad de Ciencias Sociales, y José María Martínez, decano de la Facultad de Ingeniería, ambos en la capital de la provincia de Buenos Aires. El teniente José Conrado Mundani murió desactivando material explosivo. Desde Entre Ríos, el arzobispo de Paraná y presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Adolfo Tortolo, advirtió el miércoles 6 desde un documento: «La realidad nacional es grave, al menos es mucho más que difícil. La Nación está como sumergida en una atmósfera de drama… el mal no es de ahora, viene de lejos, y cada día que pasa el mal se vuelve más profundo, penetra más hondo, y se torna más difícil superarlo». El jueves 7, Montoneros asesina al dirigente gremial Adolfo Dibatista y atenta con explosivos contra el domicilio de Carlos Di Sandro, profesor de Humanidades de la Facultad de La Plata.

Agosto de 1975 fue un mes clave. Asumió Antonio Cafiero el Ministerio de Economía, creando una gran expectativa esperanzadora en todos los sectores. Podría decirse que fue la última carta que jugó el peronismo. No llegó solo; vino en medio de una gran reestructuración del gabinete nacional. Desde otra orilla, aunque inmerso en la crisis del país, en este mes el teniente general Alberto Numa Laplane abandonó la jefatura del Ejército para dar paso a Jorge Rafael Videla. El motivo, entre tantos, fue la designación del coronel Vicente Damasco como ministro del Interior.

El sábado 9 de agosto de 1975, el Luna Park desbordó de punta a punta. Peleó el campeón mundial Nicolino Locche contra el mexicano Javier Ayala, al que ganó por puntos en 10 rounds. Hasta aquí, el simple relato deportivo de un grande del boxeo argentino. La novedad, sin embargo, dio paso a la crónica política. En el ring side aparecieron Raúl Lastiri y su esposa, Norma López Rega. Al poco rato, llegaron juntos Lorenzo Miguel y Casildo Herreras. Cuando sus presencias fueron detectadas por la popular, se abatió una silbatina que duró un cuarto de hora. Casildo Herreras culpó al lopezreguista Julio Yessi de haber comprado 400 populares para mandar gente a repudiarlo. Al día siguiente, domingo, como era su costumbre, el canciller Juan Alberto Vignes almorzaba plácidamente el tradicional puchero del Plaza. Ese día lo acompañaban dos funcionarios del Palacio San Martín, pero no estaba su secretaria Marta Natale. Se lo veía exultante, horas antes había estado con la Presidenta y estimaba que quedaba en el gabinete aunque no sabía dónde. Sospechaba que iría a Interior o a Defensa por sus relaciones con Washington. También había llegado Angel Robledo, llamado de urgencia a Brasil, en donde había presentado cartas credenciales2 dos días antes. El mundillo político lo señalaba para comandar el Palacio San Martín. Por su parte, Antonio J. Benítez no tenía ninguna esperanza de permanecer como ministro de Justicia: fue acusado como el funcionario que hizo equivocar a la Presidenta con la firma de unos cheques de la Cruzada de la Solidaridad, una entidad de bien público, para solucionar problemas personales. El lunes, por juegos de presiones que se llevaron a cabo en las últimas horas, Vignes dejó el gabinete y Robledo3 volvió a ser ministro, esta vez, en la Cancillería. El coronel Vicente Damasco aparecía como hombre fuerte en el gabinete desde el Ministerio del Interior; Carlos Federico Ruckauf, un hombre ligado al sindicalismo, en Trabajo; Pedro Arrighi, en Educación; y Carlos Emery, en Bienestar Social. Seguían en sus cargos Jorge Garrido (Defensa) y Ernesto Corvalán Nanclares (Justicia). Bonani dejó vacante Economía; lo sucedió, interinamente, Corvalán Nanclares. El 14 de agosto de 1975 asumió Antonio Cafiero.

La designación del coronel Vicente Damasco provocó una sensación de rechazo en los altos mandos del Ejército. Era un militar en actividad. Su designación, como ministro del Interior, fue entendida como una ratificación a la línea del «profesionalismo integrado» que defendía el comandante Alberto Numa Laplane. Los que lo criticaban a Damasco, veían, o querían ver, un «compromiso» político del Ejército con el gobierno. Algo que para ellos desnaturalizaba la misión de la fuerza. Los 34 días de la gestión de Damasco y su caída marcaron a fuego al gobierno de Isabel de Perón, porque cuando éste renunció, melló severamente la autoridad presidencial. El jueves 14 se planteó la cuestión en la reunión de altos mandos de la fuerza. Cara a cara, Laplane escuchó las quejas de Carlos Delía Larroca (comandante del Cuerpo III); Jorge Rafael Videla (Estado Mayor Conjunto); Roberto Eduardo Viola (II Cuerpo), Carlos Suárez Mason (V Cuerpo) y Diego Urricarret (Fabricaciones Militares). Ellos defendieron la tesis del profesionalismo prescindente o aséptico: las Fuerzas Armadas no podían servir a una facción política, sino a toda la Nación, por lo tanto debía pedirse el retiro del coronel Vicente Damasco. El general Alberto Cáceres, comandante del Cuerpo I (Palermo), que contaba con la adhesión de los sectores nacionalistas, permaneció en silencio. La respuesta que ensayó Laplane no fue la más indicada, según dejaron trascender los medios de la época, e intentó pasar a retiro a Videla y a Viola. Como apuntó, detalladamente, Rosendo Fraga4, la cumbre de generales se realizó en el despacho del comandante Laplane, pero al lado había gente armada por si había que detener a algún general. La crisis estaba sobre el tapete.

El lunes 18, un comando de la Unidad Guillermo Rubén Pérez del PRT-ERP asaltó el Tiro Federal, ocasión en la que robó 70 fusiles FAL, 4 FAP, 21 pistolas y una subametralladora, al tiempo que asesinó al capitán Miguel Alberto Kéller. El general Jorge Olivera Róvere, director de la Escuela Superior de Guerra, despidió sus restos interpretando la voz de la oficialidad en general:

«No habrá paz hasta que los enemigos de la paz sean sepultados. No estará nuestra misión cumplida y no podremos enfrentar el juicio de la Historia hasta que los instigadores ideológicos, los perjuros, los traidores y los ejecutores materiales y sus cómplices desaparezcan para siempre».

Ante dichas palabras, como un llamado de atención, «Cuestionario»5 dejó su constancia: «Cuando días más tarde esas mismas palabras se reivindicaban, en frío, como ‘punto de partida válido’, se quería dejar claro que la nueva etapa represiva no iba a estar signada por la debilidad ni condicionada por ningún poder estatal. Que de ese modo el poder militar vaya a crecer desproporcionadamente es, en todo caso, una consecuencia inevitable».

Lo que no contó «Cuestionario», de Rodolfo Terragno, fue que la noche del velorio, por el playón del cuartel Palermo, se vivieron momentos desgarradores. La imagen de Olivera Róvere seguido por los capitanes reclamando venganza, a gritos, nunca sería olvidada por una fuente que le comentó al autor.

El 24 de agosto, el ERP abandonó en un baldío de Rosario el cadáver lacerado del teniente coronel Argentino del Valle Larrabure6. En sus exequias habló el teniente general Alberto Numa Laplane, quien reiteró la tesis del profesionalismo integrado. Sus palabras profundizaron el clima de rechazo en el Ejército. Los altos mando de la fuerza decidieron pedir su relevo por no interpretar el sentir de la fuerza. Uno tras otro, los generales se fueron sumando a través de radiogramas y comunicaciones. También los coroneles antiguos del Estado Mayor jugaron en esas horas un papel importante en la caída de Laplane. Ejemplos: Horacio Liendo (Comunicaciones), Reynaldo Bignone (Secretaría General) y Carlos Martínez (Inteligencia). El martes 26, Numa Laplane presentó el retiro. Isabel de Perón, en un gesto de autoridad, lo rechazó y le ratificó su confianza. De todos modos, el general Carlos Delía Larroca, por razones de antigüedad, asumió la comandancia, trasladándose de Córdoba a Campo de Mayo. Laplane advirtió que no tenía ningún respaldo y, el miércoles, se fue a su casa. Otro capítulo estaba por comenzar.

En esas horas, la residencia de Olivos se fue llenando de funcionarios, sindicalistas, las legisladoras amigas y asesores de todo tipo. Primaban, a grandes trazos, dos líneas de conducta: una que instaba a la Presidenta a designar al general Alberto Samuel Cáceres Anasagasti y descabezar la institución7. Apoyaban esta tesitura Lorenzo Miguel, el ministro Emery y sectores nacionalistas. Cáceres tenía, además, en esos momentos, todos los pergaminos para el cargo: oficial de Inteligencia; jefe de la Superintendencia de la Policía Federal; director de Gendarmería y jefe del Cuerpo I. La otra, pujaba por respetar el orden de antigüedad que llevaría a Delía Larroca a la comandancia. Respaldaban la idea Italo Argentino Luder, Antonio Cafiero, Casildo Herreras y otros sindicalistas.

La balanza la inclinó el almirante Eduardo Emilio Massera, de la siguiente manera: Llamó por teléfono a un «contacto» que participaba de los cónclaves y preguntó: «¿Dónde está la Presidenta?». «Arriba, en su habitación», fue la respuesta. «Bueno, haga que no baje hasta que yo llegue a Olivos. Quiero hablar con Garrido» (el ministro de Defensa).

Como a la media hora arribó a Olivos. La casa principal estaba inundada de gente. El hedor a cigarrillo era casi insoportable. Apenas entró en la vieja casona de Olivos, se instaló en un pequeño despacho con chimenea que está inmediatamente a la derecha y ordenó: «Haga venir a Garrido». Pocos minutos más tarde, entró el diligente escribano con una sonrisa. Massera, sin diplomacia, fue al grano: «Dígame, pedazo de pelotudo ¿desde cuándo a usted los sindicalistas le eligen el comandante en jefe del Ejército?»8. Poco más tarde, conversó a solas con la Presidenta. Otros historiadores dirán que a favor de Videla habló Aníbal Demarco9. El general Delía Larroca se automarginó (sabía que había una intriga en su contra, donde se lo relacionaba con contrabando de caballos) y se impuso el orden del escalafón. Fue designado Jorge Rafael Videla. «El nombramiento del nuevo comandante del Ejército, general Jorge Rafael Videla, ha consolidado no sólo la unidad de la institución, sino la de las tres Fuerzas Armadas», opinó «Buenos Aires Herald». «Massera ha conseguido que el Ejército diera el golpe que quería dar la Marina», apuntó un observador el 27 de agosto. Desde otro costado, el brigadier Héctor Luis Fautario puso blanco sobre negro; señaló en «La Opinión» del 30 de agosto: «La subversión pasará a ser, a partir de ahora, el eje fundamental sobre el que girará la realidad nacional». No era una premonición sino una realidad. El 1 de setiembre, como comandante general del Ejército, Jorge Rafael Videla realizó su primer encuentro con la Presidenta.

Como si no faltaran problemas, el 14 de agosto «La Prensa» publicó en tapa una historia conmocionante: la señora Presidenta había girado un cheque de 3.100 millones de pesos, con su firma, sobre la Cruzada de Solidaridad, un organismo que cumplía fines sociales, especialmente con fondos librados del Ministerio de Bienestar Social, para pagar cuestiones personales: un depósito en el trámite sucesorio de Juan Domingo Perón. En esas mismas horas, entre la noticia del cheque, la resolución de la crisis en el Ejército y varios atentados terroristas (Montoneros atentó contra bares como «La Biela», «Confitería Colony»10, el diario «La Nación,» sucursales bancarias y varias escuelas en La Plata), la Secretaría de Prensa de la Presidencia emitió un comunicado desmintiendo que era «absolutamente inexacto que la señora presidenta de la Nación, Doña María Estela Martínez de Perón, haya expresado su deseo de solicitar un período de licencia».

Entretanto, dentro del propio peronismo se hablaba de desplazar a la Presidenta. La figura central de la movida era Victorio Calabró, sindicalista, gobernador de la provincia de Buenos Aires que por esos días declaró: «Así no se llega al 77» (elecciones presidenciales). Se alinearon detrás de su figura el «Grupo de los Ocho»: caciques gremiales como Donaires, Rachini (de decisiva influencia en el bloque gremial de diputados nacionales), Elorza y Roqué. Está claro que había, además, figuras de la rama política, como Julio Bárbaro. La operación consistía en renunciar a Isabel, que asumiera Italo Luder; luego, convocatoria a la Asamblea Legislativa, nominación de Calabró y el llamado a elecciones nacionales. Lorenzo Miguel, enfrentado a Calabró, se oponía terminantemente. Otra solución pasaba por la alternativa de bordaberrizar a la Presidenta. Es decir, vaciarla de poder, con las Fuerzas Armadas como sostén principal. De esa manera se salvaba la institucionalidad. Esta opción fue desechada por los propios militares comandados por Jorge Videla.

En esos días se efectuaron hechos terroristas importantes:

• El 27 de agosto, bajo la conducción de Monra o Isidro (Marcelo Daniel Kurlat), el pelotón de combate montonero Arturo Lewinger Weinreb11 atacó el destructor misilístico Santísima Trinidad, en los astilleros de Río Santiago. La excusa dada a conocer por los autores fue que «la fragata era parte de un fabuloso negociado de 350 millones de dólares entre la Marina y el imperialismo británico». Monra, entre otras actividades, fue «responsable universitario» de la organización. Un grupo operativo de la Armada lo abatió el 10 de diciembre de 1976. (Conadep, Expediente 06993). Otro de los que intervino fue Alfredo Máximo Fernando Nicoletti, nacido en Rawson, un experto en buceo, cuya vida no dejó de causar sorpresas: intervino en la voladura del yate que mató al comisario Alberto Villar y su esposa, en 1974. Cayó en manos de la Armada en agosto de 1977. En la ESMA se convirtió en un colaborador del servicio de inteligencia naval. Durante la Guerra de Malvinas, colaboró en la fracasada Operación Algeciras, cuya misión era hundir navíos británicos en el Peñón de Gibraltar, ordenada por el almirante Jorge Isaac Anaya. En 1994, investigado por el comisario Rodríguez, apareció ligado a un asalto de un camión de caudales.

•El 28 de agosto, Montoneros atentó contra un avión Hércules de la Fuerza Aérea que desplazaba a efectivos de la Gendarmería que habían operado en la zona del Aconquija. Murieron 6 y 26 resultaron heridos al incendiarse el avión en el Aeródromo de Tucumán.12
c El lunes 8 de setiembre de 1975, la organización Montoneros fue declarada ilegal. En los medios de la época aparecería citada con la sigla ODI (Organización Declarada Ilegal). Se le prohibió «el adoctrinamiento, proselitismo, difusión, requerimiento de ayuda para su sostenimiento y cualquier otra actividad». Un cálculo preciso, difícil de establecer, suponía que Montoneros tenía entre 5.000 y 10.000 combatientes y milicianos. Sus simpatizantes sumaban millares. En esos días, la organización decidió la idea de formar un ejército.13

• El mismo día, Montoneros atentó contra la Universidad de Belgrano: murió un estudiante y 4 fueron heridos. El martes 9, Montoneros (UES) hizo detonar un explosivo en el despacho del rector del Colegio Nacional Nº 2. El jueves 11, les llegó el turno a los colegios Langeley y Goethe.

«Un país enamorado de la muerte», tituló en Londres el «Sunday Telegraph» su crónica sobre la Argentina. El matutino británico sostuvo que «con una inflación que pasó la barrera del sonido y una orgía de asesinatos de la derecha y la izquierda, la Argentina se encamina hacia su punto de desintegración».

A comienzos de setiembre, la Presidenta visitó en Tucumán el teatro de operaciones y acudió a un acto público. «Cuando vamos al ingenio Esperanza, viajamos en helicóptero, y cuando estamos bajando salen de entre las plantas unos barbudos con Itaka; pensé: ‘Es una emboscada’. No me podía comunicar con los pilotos por el ruido de los motores y empiezo a gritar. La Presidenta me toma del brazo diciéndome ‘tranquilo señor’. Era la gente de Acdel Vilas.»14

Desde Tucumán, Isabel pronunció un discurso cargado de agresividad, como parte de una contraofensiva que la posicionaría, nuevamente, en el centro de la escena política: «Sólo la muerte puede alejarme de mi vocación de trabajo por los humildes; a pesar de las calumnias, siempre hay una luz que viene del cielo; yo soy hija de la verdad aunque me den con un palo; si el pueblo juzga que el sillón de Rivadavia debe estar vacío, que me lo diga en este momento».15

El viernes 5 de setiembre de 1975, Charlie García y Nito Mestre deciden separarse. Pero no podían disolver Sui Generis sin despedirse de sus seguidores. Era el dúo más importante del rock argentino. En principio, iban a realizar un solo recital, pero dada la enorme demanda, realizaron dos en el Luna Park. Asistieron 30.000 personas, algo que llamó la atención de «La Opinión»: «¿Qué figura en Buenos Aires puede convocar a treinta mil personas? (y que además paguen seis mil pesos por cada localidad)… La fiesta estaba en la gente, la ropa: allí se mezclaba la extravagancia y el pelo largo con el atildamiento y la pulcritud de aquellos que recién habían dejado la oficina… Se pueden parecer a Simon & Garfunkel, pero más parece importar lo que logran con la gente, ese público que oscila entre los 14 y 20 años, del que son genuinos representantes». El Adiós Sui Generis fue grabado y filmado, con cuatro cámaras, bajo la atenta supervisión de Leopoldo Torre Nilsson. Esto pasaba en Buenos Aires. En los Estados Unidos, el 6 de setiembre llegó al top musical de las «grandes ligas» Rhinestone Cowboy, de Glen Campbell.

La advertencia de Washington

Mientras los chicos cantaban y bailaban con Sui Generis en el Luna Park, ese mismo día, viernes 5 de setiembre, en Tucumán, la compañía de Monte del PRT-ERP mató al subteniente Rodolfo Berdina y al soldado Ismael Maldonado. También, ese mismo 5, a miles de kilómetros, en Washington, el «grupo de trabajo para combatir el terrorismo», entidad que nucleaba a las principales agencias de información de los Estados Unidos, presidido por Robert A. Pearey, elaboró el Memo Confidencial 91 en el que introducía a los oficiales estadounidenses «sobre la coordinación de los grupos terroristas en América latina y el terrorismo en la Argentina». Comentó que «en los años pasados, la coordinación entre grupos terroristas ha sido llevada a cabo por medios formales e informales: el método actual de coordinación formal es la Junta Coordinadora Revolucionaria (JCR)… Mientras que el ERP crece vigorosamente, otros miembros de la JCR han sido quebrados por fuerzas de seguridad nacional. Por lo tanto, la JCR no se ha desarrollado demasiado (…) En general, las fuerzas de seguridad nacional del Cono Sur sobrepasan a los terroristas en su cooperación a nivel internacional…».

«El señor Buchanan -de la oficina de Inteligencia e Investigación del Departamento de Estado- mencionó que el terrorismo más virulento en América latina ocurre en la Argentina. Muertes debido al terrorismo han ido ocurriendo a razón de una por día. Los grupos terroristas están en ambos espectros, en la derecha y en la izquierda. Los de la izquierda están dominados por el ERP y los Montoneros… en la derecha se encuentra la AAA (Alianza Anticomunista Argentina)… (y) es particularmente violenta y brutal, reflejando una tendencia sucia en la tradición de la derecha argentina que se remonta a 1930». «…Secuestros de diplomáticos extranjeros, como en el caso Egan, han sido llevados a cabo a fin de lograr un impacto político específico. El propósito de los terroristas ha sido demostrar su oposición a aceptar la política del gobierno de interrogar y luego asesinar a los terroristas capturados, así como para revalidar sus credenciales ‘antiimperialistas’. El señor Buchanan no ve una ofensiva contundente contra los terroristas en la Argentina a menos que «un gobierno militar asuma el poder».

A pesar de las desmentidas oficiales, el sábado 13 de setiembre de 1975, la Presidenta solicitó un período de licencia «por razones de salud», delegando el mando en el vicepresidente primero del Senado, Italo Argentino Luder. Isabel viajó a Ascochinga y se recluyó en un hotel administrado por la Fuerza Aérea. La acompañaron, además de su fiel Rosarito, «Cuca» Demarco y las esposas de los comandantes generales de las Fuerzas Armadas. En los más importantes despachos de la Argentina comenzó a crecer la versión de la renuncia de Isabel de Perón y que ella no asumiría a su vuelta de la serranía cordobesa.

«No hay que equivocarse, yo vengo a cumplir un interinato», aclaró Luder. De todos modos, el mandatario interino comenzó a poner orden: alejó a Vicente Damasco de la cartera de Interior, ubicando a Angel Federico Robledo. Desplazó a Jorge Garrido y puso a Tomás Vottero en Defensa, y Manuel Aráuz Castex fue designado en el Palacio San Martín. Limitó los poderes del secretario técnico de la Presidencia, Julio González, con la designación de su hijo como secretario privado. Hasta se dio el gusto de pasar un fin de semana en Olivos, donde escuchó misa dominical. «Sin duda, Luder contempló, desde el primer momento, la posibilidad de que la señora de Perón no regresase, o tardara mucho en hacerlo. Sabía que las Fuerzas Armadas y los principales partidos políticos estarían satisfechos de contarlo como presidente efectivo16». Pero él se encargó de desmentir esa versión.

Otro de sus pasos fue desplazar al interventor en Córdoba, brigadier (R) Raúl Lacabanne, y reemplazarlo por el cordobés Raúl Bercovich Rodríguez.

Primero Y Ultimo

El domingo 5 de octubre de 1975, Montoneros realizó un ataque al Regimiento 29 de Infantería, en Formosa. Por primera y última vez, intentó ocupar un cuartel del Ejército. El estratega del Operativo Primicia fue Raúl Clemente Yaguer. Más conocido como «Roque» o «Mario». Pero el que comandó el ataque fue «El Jote» o «Sebastián» Mario Lorenzo Konkurat

La conducción de Montoneros decidió poner de manifiesto con mayor notoriedad su enfrentamiento con las Fuerzas Armadas y obligar a la conducción política y militar argentinas a aceptar que la Nación se encontraba en guerra. Por otra parte, sentían la necesidad de competir por el liderazgo del terrorismo en la Argentina con el PRT-ERP.

La selección del objetivo por atacar se facilitó al detectar a un soldado (Luis Roberto Mayol19) que estaba cumpliendo el servicio militar en el Regimiento de Infantería de Monte, en Formosa, y se halló dispuesto a colaborar con la organización para el logro de su ataque.

La «sección» de combate que realizó el ataque (de alta complejidad) se llamó «Fred Mario Ernst20» y estuvo constituida por los pelotones «Carlos Tuda21» y «Zullema Willimer». Montoneros confiaba que el efecto propagandístico sería importante, pero a la vez, su copamiento podía permitir robar armamento. Intervinieron miembros de tres regionales que usaron 5 bases de operaciones (Capital Federal, Rosario, Santa Fe, Resistencia y Formosa). Posteriormente, Montoneros, dio a conocer un comunicado adjudicándose el hecho y un parte de guerra, en «Evita Montonera», donde, sin dar nombres, relató la Operación Primicia.22 En resumen, Montoneros empleó cerca de un centenar de efectivos y más de 10 vehículos. En el hecho, el Ejército perdió 10 soldados, un oficial (subteniente Masaferro) y un suboficial. Los terroristas perdieron 16 efectivos23. El número de heridos fue mayor. Sólo pudieron robar 18 fusiles FAL y un FAP de los 200 que había en la unidad. La huida se realizó en dos aviones desde el aeropuerto El Pucú (Formosa). Un Cessna que aterrizó en una arrocera en Nueva Valencia, Corrientes, y un Boeing 737, secuestrado a Aerolíneas Argentinas, que bajó en una pista improvisada cerca de Susana (Rafaela, Santa Fe). Raúl Clemente Yaguer, el jefe de la operación, pudo escapar. Andrés Castillo, conocido como «Quique», logró salvar su vida. Abandonó la organización por pedido de su familia en 1976, pero luego fue delatado y un grupo de la ESMA lo capturó. Conducido a la ESMA, luego de colaborar fue dejado en libertad («Nunca Más», EUDEBA, 1984, pág. 142). «Sebastián» o «El Jote» Mario Lorenzo Konkurat, oficial de la Columna Capital, figura como desaparecido desde el 3 de diciembre de 1976. Tenía en su currículum algo muy dramático para el peronismo: había participado en el Operativo Traviata, el asesinato del secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci (el 25 setiembre de 1973). Lo que más sorprendió, e irritó, a los atacantes del cuartel fue la fiereza que demostraron los conscriptos en la defensa de su Regimiento. Siempre se pone como ejemplo al soldado Hermindo Luna, quien al pedírsele que entregue el arma, gritó: «Aquí no se rinde nadie, m…».

Luder interino

El 8 de octubre de 1975, el presidente (interino) Luder promovió la formación del Consejo de Defensa Nacional, como una forma de frenar la violencia terrorista.26 A pesar de la tibia oposición de algunos de sus ministros (como Corvalán Nanclares), se creó el consejo durante una reunión de gabinete en la que se trató la dimensión de la cuestión subversiva. Al finalizar, Luder le deslizó a un amigo: «Hay tres formas de llevar adelante la guerra antisubversiva. Una, con poca eficiencia y poco costo político; otra, mediana eficiencia y mediano costo político; y la tercera. mucha eficiencia y mucho costo político. ¿Qué decidimos? Muy simple, la tercera: alta eficiencia y alto costo político».27

Se dictan los decretos 2770, 2771 y 2772 de 1975. El primero constituyó el Consejo de Seguridad Interior, presidido por la presidenta de la Nación, todos los ministros del gabinete nacional y los comandantes de las Fuerzas Armadas. En su directiva «secreta» Nº 1 pueden leerse, entre otras órdenes: «Crear una situación de inestabilidad permanente en las organizaciones subversivas que permita restringir significativamente su libertad de acción». También «aniquilar los elementos constitutivos de las organizaciones subversivas a través de una presión constante sobre ellas». Una tercera instrucción decía: «Eliminar y desalentar el apoyo que personas u organizaciones de distintos tipos pueden brindar a la subversión». Otra era muy amplia, pero no menos grave: «El gobierno constitucional ordenaba orientar la opinión pública nacional e internacional a fin de que tome conciencia que la subversión es un ‘enemigo indigno de esta Patria'»28.

El Decreto 2772 instituyó «la intervención de las Fuerzas Armadas en la ejecución de operaciones militares y de seguridad, y a los efectos de aniquilar el accionar de los elementos subversivos en todo el territorio del país». Con estos documentos se amplió territorialmente (antes sólo era para Tucumán) la misión de las Fuerzas Armadas, las que pasaban a tener la responsabilidad de la ejecución de operaciones militares y de seguridad en toda la Argentina. Los decretos fueron firmados el 8 de octubre. Extraña coincidencia: era el día del cumpleaños del teniente general Juan Domingo Perón y ese mismo día, en Madrid, una delegación judicial argentina entraba en la residencia 17 de Octubre, en Puerta de Hierro, en busca de elementos que aportaran luz a la causa de los fondos reservados de la Cruzada de Solidaridad. Ese día era, también, el aniversario de la muerte de Ernesto Che Guevara en Bolivia (8 de octubre de 1967). Pero era, fundamentalmente, la respuesta del gobierno constitucional a lo que había sucedido tres días antes en Formosa.

En esas horas, la Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires envió dos cables secretos al Departamento de Estado -Priority- (6713 y 6814), en los que informó que el gobierno aprobó el Decreto 2722 «en el cual se les da a los militares la autoridad para tomar las acciones que sean necesarias para la lucha contra la subversión y tomar cualquier medida necesaria para exterminar (wipe out) a los subversivos». Los cables contenían dos comentarios:

1- «Las Fuerzas Armadas tienen ahora la autoridad que han añorado desde hace tiempo para esta lucha».

2- «Después de 18 meses de indecisiones, el Consejo (GOA) finalmente se ha unificado para manejar el problema subversivo. Está claro que los eventos de Formosa fueron la causa del decreto. En ‘Canal 11’, en un programa político, el respetado periodista Bernardo Neustadt fue muy crítico con respecto a que tuvieron que ocurrir media docena de ataques a instalaciones militares en los dos últimos años para que el GOA finalmente actúe. «La Opinión» se hizo eco de las críticas de Bernardo Neustadt contra el gobierno por no haber tomado medidas contra la guerrilla con anterioridad».

Cafiero, Di Tella

Con este escenario de conflicto en todas las áreas, ¿qué podía hacer el ministro Antonio Cafiero? ¿Cómo conducir el entusiasmo que había provocado su designación? Lo primero que hizo fue prometer un plan de emergencia dentro de los siguientes diez días, con un fuerte acento en la inflación, el déficit fiscal y la balanza de pagos. También confirmó la política de concertación y diálogo. «Fe y Esperanza» fue el título que «La Razón» le puso al texto del discurso que el ministro dirigió al país por cadena nacional, el lunes 25 de agosto: «En la Argentina se han acabado los shocks, se han acabado los palos a la izquierda y derecha, los palos a ciegas, se han acabado los elefantes en un bazar. En la Argentina ha entrado la época de la sensatez, de la cordura, del razonamiento claro, preciso, sistemático, sobre los problemas que debemos abordar». Luego, habló de futuras negociaciones con los organismos de crédito internacionales; de minidevaluaciones del peso; líneas de crédito para el pago de salarios; vigilancia estricta de los precios de los artículos de primera necesidad y control de precios de las 500 empresas líderes del país.29

Su equipo de colaboradores estuvo encabezado por Guido Di Tella, un teórico de la economía dentro de las corrientes socialcristianas, con una sólida formación en universidades de los Estados Unidos. El se veía como ministro, pero Cafiero de más historia en el peronismo contaba con el franco apoyo del sindicalismo y también de la CGE. Como consecuencia, en el gabinete tenía el amplio respaldo del ministro de Trabajo, Carlos Ruckauf, secretario general adjunto del Sindicato del Seguro, un hombre de las 62 Organizaciones. Cafiero confiaba en tener apoyo de los organismos de crédito internacionales, pero cuando estaba a punto de viajar al exterior, detonó la crisis militar que llevó a la renuncia de Alberto Numa Laplane y el ascenso de Jorge Videla. Cuando al fin pudo viajar, lo hizo acompañado de una representativa delegación: Casildo Herreras, secretario general de la CGT; por los industriales, Carlos Cocquignot, de la CGE, y en Washington se sumó el agregado militar José Miró.

Entre los empresarios privados del exterior, Cafiero encontró comprensión, aunque le solicitaron mejor trato a las inversiones y terminar con el clima de terrorismo que reinaba en el país, donde no había piedad por la vida y los bienes. Téngase en cuenta que las reuniones de directorio de las empresas extranjeras se realizaban en su gran mayoría en Montevideo, por elementales razones de supervivencia y seguridad. También el ministro esperaba un crédito del Estado venezolano que no se concretó (se hablaba de 600 millones de dólares). Y como era ya una costumbre, desde Madrid, el empresario Jorge Antonio propuso más de 3.000 millones de dólares de capitales árabes deseosos de invertir en la Argentina. «No le creemos», fue la respuesta del gobierno y del Banco Central.

Vuelto a Buenos Aires, Cafiero se encontró con la novedad de la licencia de Isabel de Perón en Ascochinga. Mientras, la Cámara Argentina de Comercio pronosticaba «un creciente desabastecimiento y mercados negros activados por el Estado benefactor». Cafiero parecía perder impulso. ¡Cómo no perderlo, si la Presidenta que lo había designado se había retirado a descansar, y en los ambientes políticos se hablaba de que no reasumiría! Entonces, presentó nuevas propuestas para desactivar la protesta social. Propuso rebajar las horas laborables para evitar que las empresas expulsen a empleados; enfrentó a los productores agrarios que decretaron 11 días de paro no enviando hacienda al mercado y mantuvo conversaciones con los líderes sindicales, preocupados por el aumento del costo de la vida y, como consecuencia, de la pérdida del valor adquisitivo de los salarios con respecto a las paritarias de junio último. Estas negociaciones y la probable creación del Instituto Nacional de las Remuneraciones provocaron la primera reacción en contrario de la CGE: Julio Bronner declaró que no era serio hablar de aumentos salariales cuando las empresas e incluso reparticiones del Estado no habían podido pagar los anteriores, y lo central era impedir el crecimiento de la desocupación. El ministro intentó dilatar una decisión. Se incrementaron, entonces, los paros sorpresivos y el trabajo a desgano. En ese ambiente de puja sectorial, crecieron los secuestros de empresarios, empleados de fábrica y miembros de las comisiones internas, a los que se sumaron las ocupaciones de fábricas alentados por organizaciones satélites de la guerrilla.

Santucho y Alfonsin

Mientras el PRT-ERP se proponía bañar en sangre todo el territorio nacional, con el objetivo de asaltar el poder y convertir a la Argentina en una suerte de Camboya, Vietnam o el paraíso cubano30, Eduardo Anguita y Martín Caparrós relataban en el tomo II de «La Voluntad», los encuentros de los dirigentes políticos Oscar Alende y Raúl Alfonsín con el dirigente clasista cordobés Agustín Tosco y «Enrique» Manuel Justo Gaggero, un hombre de superficie del PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), el brazo político del ERP. En la primera ocasión, Alende, ex gobernador de Buenos Aires durante la presidencia de Arturo Frondizi y candidato a presidente en 1973, asintió la propuesta de reunirse con Mario Roberto Santucho para considerar un «alto el fuego» y la convocatoria a una Asamblea Constituyente.

Según él mismo relató, días más tarde, Tosco conversó con Raúl Ricardo Alfonsín y le transmitió el mismo mensaje del jefe del PRT-ERP. Alfonsín aceptó encontrarse y, para concretarlo, Manuel Gaggero acordó los detalles con Raúl Borrás. Días más tarde, en una esquina del barrio de Flores, Alfonsín, Borrás y Mario Amaya se contactaron con Gaggero y (Alberto Vega) Eduardo Merbilhaá31. Luego de varias vueltas, los tres radicales se encontraron frente al hombre más buscado de la Argentina: Roberto Santucho les trazó un panorama de la situación, sobre la base de los datos que le pasaba su servicio de inteligencia (el jefe en ese momento era Juan Santiago Mangini, caído el 29 de marzo de 1976, en ocasión de participar en una reunión ampliada de la «Junta Coordinadora Revolucionaria», en Moreno, a la que asistieron militantes extranjeros). «Les habló del golpe que se viene» y los políticos quedaron impresionados por la información que poseía el líder del ERP. Relató que la mujer de Videla (Alicia Hartridge) se había mostrado indignada durante una recepción porque Isabel «se quería disfrazar de militar»… «con una capa y un sombrero, y que eso se iba a terminar pronto». Según los autores de «La Voluntad», la información venía de Rafael Perrotta, director de «El Cronista». Luego, Robi o Carlos Ramírez, o sea Santucho, advirtió que si «el campo popular no se unía», el golpe se iba a hacer a mediados de marzo (1976), cuando terminaran las licencias de toda la oficialidad.

Días más tarde, Alfonsín le expresó a Manuel Gaggero que se había quedado «muy bien impresionado por la claridad y el enfoque de análisis; por otra parte me parece un acto de generosidad de parte de ustedes el hecho de interrumpir la lucha armada en aras de un entendimiento y de denominadores comunes. De manera que si ustedes y el resto de los grupos armados suspenden el accionar, podríamos intentar las coincidencias básicas para salir de esta situación». ¿Creía Alfonsín lo que decía… o había algo más? ¿Era dable pensar, a esta altura de los acontecimientos, que se aceptara el gesto generoso de la guerrilla? No. Hay algo más que ingenuidad.32

Ida y Vuelta

En octubre de 1975, los escenarios en el universo político argentino que habían circulado, desde muchas semanas antes, no habían sido alterados. En resumen, unos intentaron que la licencia de Isabel de Perón fuera sine die. En esta posición coincidieron muchos, incluso hasta algunos miembros de su gabinete. Otros, los verticalistas con Lorenzo Miguel a la cabeza, sólo aceptaban su retorno a la Casa Rosada. Varios más estaban de acuerdo en que había que deponerla mediante mecanismos constitucionales. El gobernador bonaerense, metalúrgico de origen, Victorio Calabró no era ajeno a esta tesitura. Los militares, todavía, observaban con la mente puesta en la aniquilación del enemigo, tal como había ordenado el Poder Ejecutivo Nacional. El 7, el ministro Robledo la visitó en Ascochinga. Algunos dirán que intentó convencerla de extender su interinato. Lo cierto es que la Presidenta anunció a través de Pedro Eladio Vázquez que estaría presente en el acto del 17 de octubre en Plaza de Mayo: «La Presidenta está en perfecto estado, reasumirá antes del 17 y hablará en el acto de la Plaza de Mayo». «Nadie debe sacar los pies del plato», repetía hasta el cansancio Lorenzo Miguel. La señora de Perón retorna el 16.

«Viajamos con Luder (… creo que también vino Carlos Juárez) a Ascochinga. Y allí Isabel se decide a volver a Buenos Aires. Va a Olivos. En la Casa Rosada, en el Jardín de Invierno, están Casildo Herreras y Lorenzo Miguel con otra gente. Lorenzo me llama por teléfono y me dice: ‘¿Qué es eso de que no va a asumir?’. Los voy a buscar en el helicóptero presidencial y los llevo a Olivos. Hay un detalle significativo: la escenografía para su reasunción estaba preparada, pero faltaba su lapicera de fibra. Ella no podía firmar con lapicera de pluma. Si ella no reasumía, no era necesario el acto. Cuando debe firmar, Isabel me mira y saco de mi bolsillo una birome de fibra, cuando ella termina de firmar y, luego, se la pido… se la regalé a mi suegra que era peronista».35

Mientras el peronismo estaba expectante por el retorno de la viuda de Perón, y su reasunción del mando, en otro lugar de Buenos Aires se reunieron para almorzar los tres jefes de Estado Mayor: Roberto Eduardo Viola, Carlos Armando Lambruschini y Carlos López. Durante el encuentro se examinó «la actitud que asumían determinadas fuerzas políticas, que no condenaban con suficiente convicción el accionar subversivo».36

El viernes17 de octubre de 1975 amaneció soleado y caluroso. Isabel de Perón se asomó al balcón de la Plaza de Mayo avanzada la tarde. Columnas obreras, prolijamente encuadradas detrás de sus distintivos, la ovacionaron al grito: «Si la tocan a Isabel, habrá guerra sin cuartel». Desde el lugar en que tantas veces habían improvisado Perón y Eva Perón, la Presidenta con voz crispada leyó37 un discurso, dicen, preparado por Angel Federico Robledo. No anunció ninguna mejora salarial, pero prometió combatir la inmoralidad y no criticó a ningún sector del partido. Pese a que no se produjeron incidentes, «La Opinión», del lunes 19 de octubre, informó que «mientras cierra filas contra la izquierda, el peronismo tolera infiltraciones nazis». El diario de Timerman relató que en un tren que viajó desde Bahía Blanca, en ocasión del acto de Plaza de Mayo, entre la multitud y los dirigentes había banderas de las 62 Organizaciones al lado de banderas con la esvástica.

Isabel de Perón retomó su ritmo de trabajo en la Casa de Gobierno con dos gestos de autoridad: repuso en el cargo de secretario técnico de la Presidencia, Julio González, y despachó a Carlos Emery, ministro de Bienestar Social. En su lugar nombró, el miércoles 29, a Aníbal Demarco, que se definió a sí mismo como «un león africano sin domar» para defender a la Presidenta. A Robledo no le pidió la renuncia, pero tardó en recibirlo. Según los analistas, el ministro se oponía a intervenir la provincia de Buenos Aires (Victorio Calabró), una exigencia de Lorenzo Miguel, su rival de gremio.

Mientras tanto, un observador privilegiado como Robert Hill, embajador de los Estados Unidos, informó al Departamento de Estado38, respecto de Isabel de Perón: «Su autoridad y posición están tan socavadas que no puede tomar las riendas del poder. La manera en que deje estas riendas, de buena voluntad, tendrá mucho que ver con quién la reemplazará. En caso de que retorne el 17 de octubre a retomar la presidencia y se dedique a gobernar, poco después tendría lugar un golpe militar, posiblemente hacia fin de año».

El 22 de marzo

El 22 de marzo de 1976 cayó lunes. La temperatura prevista era 29º de máxima y 16º de mínima. Hablamos del servicio meteorológico, porque el clima político marcaba cotas altísimas: se hablaba de la dimisión de Isabel Martínez de Perón y, simultáneamente, de todo su gabinete. Otra versión sostenía que renunciarían los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas. Otras voces sostenían que era inminente un pronunciamiento militar, e «informantes oficiosos» dejaban trascender que el Regimiento 6 de Infantería, de Mercedes, había dejado el cuartel «con rumbo desconocido». Durante el día se conoció que el secretario general de la CGT, Casildo Herreras, había viajado a Montevideo el sábado anterior para participar de una reunión de la AFL-CIO (la agencia sindical norteamericana). Una excusa: avisado por un oficial de la Armada, de la proximidad del fin del gobierno de Isabel, huyó a Montevideo. Al periodismo le dijo: «Me borré». El general (R) José Embrioni, intendente de Buenos Aires, presentó su renuncia a la Presidenta «para facilitar las decisiones que estime conveniente tomar». Nadie le había solicitado su dimisión al viejo general peronista. Los diarios informaban que en un hotel céntrico Jorge Antonio había dado una conferencia. El empresario había llegado 48 horas antes a la Argentina, después de 20 años de exilio. Explicó que su amigo Juan Domingo Perón había retornado en 1973, «pero era un hombre mayor y enfermo y fue rodeado por una verdadera banda de delincuentes que se ocupó de intereses personales y de grupo». Como era su costumbre, insistió en «la oferta de capitales árabes». Las casas de cambio no daban para sustos, se hablaba a voz en cuello de cesación de pagos. No entraban dólares por el mal desenvolvimiento del sector externo. La revista brasileña «Veja» informó sobre un reciente acuerdo de consultas entre Brasil y los Estados Unidos. En el mismo artículo revelaba pensamientos del secretario de Estado, Henry Kissinger: si los Estados Unidos fomentasen una América latina fuerte y unida, estarían cometiendo «suicidio» o una forma de «masoquismo». En el teatro Blanca Podestá se festejaban las 1.800 representaciones de «Coqueluche», que tenía como estrella principal a Thelma Biral. Las películas más taquilleras: «Perfume de mujer», con Vittorio Gassman y Agostina Belli; «El candidato», con Robert Redford; «El Padrino» II Parte y «El gordo de América», con Jorge Porcel. En California, Guillermo Vilas venció a Roscoe Tanner por 7-6 y 6-2.

Damasco

El 14 de junio, alrededor de las cinco de la tarde, Carlos Alberto Emery caminaba pausadamente cerca de la esquina de Callao y Santa Fe. Había concurrido solo, sin custodia, al cine Splendid (a una cuadra de su casa) a distraer sus pensamientos. Sin duda un buen recurso para renovarse mentalmente; aunque el film -«Cierta Clase de Ternura»- no le había gustado. Allí se encontró con el jefe de redacción de «Carta Política», con quien lo unía una sólida amistad. El diálogo de la actualidad no se hizo esperar. El funcionario se expresaba como lo hace siempre, fluidamente. «¡Qué triste es todo esto! Con las esperanzas que había. Usted sabe que yo no estoy atado a la solemnidad del cargo. Por eso, cuando se aclare, tomaré la decisión que debo tomar. No es serio hacerlo ahora. Vengo del cine. Tener que soportar los silbidos del noticiario. Estamos trabados, equivocados». El secretario de Agricultura dejaba caer dolorosamente las palabras. Enjuició con severidad al ministro de Bienestar Social, quien se encontraba en el Brasil, descansando. Habló duramente de la influencia de López Rega. Cuando se habían prometido recíprocamente volver a verse, Emery agregó: «Hay un hombre que puede salvarnos. Honesto, capaz. Yo lo vi moverse en Tucumán. Y, además, tiene el testamento político de Perón, le tenía afecto y respeto… es el coronel Damasco».1

Pasado turbio

En reiteradas ocasiones, María Estela17 Martínez de Perón intentó o hizo valer el mando constitucional. En una ocasión, durante una reunión con varios ministros, Alberto Rocamora (Interior) le dice: «Señora, hemos conversado varios colegas y creemos conveniente que usted le pida la renuncia al interventor de Córdoba, brigadier Lacabanne… un hombre apasionado, con pasado turbio».Isabel lo miró y respondió que en una oportunidad «nos hemos reunido y acordamos que teníamos que terminar con la subversión. Todos quedamos de acuerdo en que teníamos que buscar a alguien audaz, valiente. Dígame, doctor Rocamora, ¿a cuántos les ofreció el puesto antes de Lacabanne? ¿cómo a diez? …y ninguno aceptó. Entonces ahora ustedes me dicen a mí que tiene pasado. Un hombre audaz, decidido, siempre tiene pasado. Sólo los inútiles e indecisos no tienen pasado. Entonces todos aceptaban que era el hombre y, ahora que cumplió su tarea… bueno, yo no soy una persona que usa a los hombres y los tira al tacho de la basura. ¿Está claro? Y si se toma la decisión de que deje de ser gobernador, me le aseguran su seguridad y la de su familia. Y su futuro».

En esa ocasión, no se tomó ninguna decisión sobre el cambio de Lacabanne. La cuestión quedó para más adelante. Siendo Italo Luder presidente interino, me hizo llamar. Me dice: «Mándele un despacho, o algo parecido, al gobernador de Córdoba, diciendo que ha sido destituido». El edecán le refiere las palabras de Isabel de Perón con anterioridad. Y le aconseja que era mejor llamarlo por teléfono para que «presente su renuncia». Así se hizo, lo llamé a Cash, un compañero de promoción que estaba retirado, colaborador de Lacabanne, y hablé con él para que «envíe» su renuncia.18

Perrotta

El paso del tiempo tiende a desvanecer y confundir a los recuerdos: hasta el momento de esa reunión no estaba tomada la decisión del golpe, ni había fecha. En cuanto al uniforme al que alude la esposa de Jorge Rafael Videla, la Presidenta era invitada a usar tela de uniforme de la oficialidad por los propios militares. En una ocasión, ponderó los géneros de sus uniformes de gala y cada fuerza le mandó dos cortes. La primera vez que usó uno de esos cortes fue en ocasión de visitar una base naval. Sobre su pecho llevaba un escudo de la Armada, un ancla de oro, que con todo sigilo y delicadeza le puso un oficial. El del Ejército era de tela verde. Una foto de Isabel con el brigadier Fautario la muestra utilizando un tapado (¿capote?) con género y botones de la Fuerza Aérea. Como se observa en el denominado «Caso Redondo»33, que trata la caída de Javier Cocoz, «Teniente Pancho», en junio de 1977, Rafael Perrotta era una de las fuentes que atendía el oficial del ERP. Perrotta se paseaba por los más importantes salones de la sociedad porteña. El último jefe de inteligencia del ERP, Javier Cocoz, luego de negociar la salida de su esposa y una hija a Barcelona, España (autorizado el 23 de junio de 1977), entregó su red de contactos (incluido Perrotta). Los últimos datos importantes ofreció revelarlos en el exterior. ¿En Brasil?34

Apuntes de un experto (I)

RaUl Clemente Yaguer «Paco» es un oficial retirado hace ya muchos años. Inclusive, bastante antes del 24 de marzo de 1976. Fue convocado cuando el fenómeno del terrorismo se convirtió en algo palpable, cotidiano, después del «cordobazo» (mayo de 1969). No fue un oficial «operativo». Fue, quizá, más importante. Era uno de los pocos que, en esos tiempos de «guerra civil sui géneris», como afirmó Eduardo Mario Firmenich, analizaba toda la documentación capturada al terrorismo y luego diseñaba los futuros pasos por realizar. Esa tarea lo llevó a conocer, como pocos, a cada uno de los jefes de la guerrilla. A diferencia de la gran mayoría de los oficiales de esa época, «Paco» estudió Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Tenía más profundidad de análisis que el resto y acceso a publicaciones, por el simple hecho de conocer más de dos idiomas. Todos los miembros de las Fuerzas Armadas lo sabían. «Paco» también conocía las limitaciones de sus jefes. Por eso se alejó antes de terminar el gobierno militar.En sus apuntes figura el ingeniero Raúl Clemente Yaguer, alias «Roque». Miembro de la conducción de Montoneros y conductor operativo del asalto al Regimiento 29 de Formosa. Lo conoce como agitador estudiantil en 1969; participando en el copamiento de San Jerónimo Norte (Santa Fe) en 1970; fundador de Montoneros en Santa Fe; operador de explosivos; pasando a la clandestinidad en 1972 y vuelto a la superficie en 1973, con la asunción de Héctor J. Cámpora. Para «Paco», Yaguer estuvo en innumerables hechos terroristas y comprometido directamente en varios atentados.

Tras el golpe militar de 1976, Yaguer, oficial superior de Montoneros, se replegó (como toda la conducción) y apareció en varios países del exterior, principalmente en México. Casualmente, desde allí, «Paco» recibió un informe interesante sobre la conducción guerrillera. De Yaguer, entre otras observaciones, dice: «Es organizador, detallista como buen ingeniero. Es señalado como un cuadro ‘preservacionista’, permanentemente desconfiado y alerta. Tiene fama de no poner las manos en el fuego por nadie. Se comenta que la única vez que lo hizo fue cuando la caída de Diego24 (‘Pastito’25). En sus relaciones afectivas es muy riguroso y austero en sus hábitos de vida. Se lo suele llamar el ‘Monje’. La impresión que tengo -dice el informante- es que Yaguer (Roque) expresa una línea de mayor tendencia al marxismo y de simpatía con los cubanos. No constituye un cuadro definidor de las grandes líneas políticas, como los casos de Firmenich y Perdía».

«Paco» contó que Yaguer entró varias veces a la Argentina, clandestinamente, en pleno gobierno militar. En 1979, habría comandado el asesinato en plena Avenida 9 de Julio del empresario Soldati. Yaguer era muy crítico de la eficiencia de las TEI (Tropas Especiales de Infantería) que venían del exterior (entrenados en el Líbano) en la «contraofensiva» contra el gobierno de Videla. En los años 80, volvió a entrar. Fue abatido en 1983, lo mismo que Pereyra Rossi y Cambiasso. No lo vio caer, pero sabe quién lo entregó, aunque nunca lo va a decir. También pudo analizar algunos de los papeles que llevaba encima cuando fue abatido. Era su responsabilidad hacerlo.

Yaguer era tan puntilloso que parecía un escribano. Todo lo tenía anotado. Detalle increíble para alguien que vivía al borde del precipicio. Por ejemplo, un informe sobre el lanzamiento del diario «La Voz». Análisis de la división del ERP: entre Mattini y Gorriarán Merlo. Presupuestos de la organización y sus gastos personales. Un informe de la conducción terrorista en el exterior. Apuntes de sus reuniones con Vicente Leónides Saadi, Carlos Grosso, (Julio) Guillan, Leonor Alarcia. Otros informes políticos. Trabajos «ambientales» del dirigente sindical Juan José Taccone (Luz y Fuerza) y de Saúl Ubaldini.

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