11 de septiembre día del Maestro: Sarmiento: “Ni vencedores ni vencidos”

Mierc 11/09/19.- Como es sabido, la batalla de Caseros de 1852 inició una nueva etapa política que anunciaba el fin de las prolongadas disputas entre unitarios y federales.

El exilio de Rosas habilitaba la hipótesis de una convivencia pacífica entre los partidos que se habían enfrentado durante un cuarto de siglo: el agrupamiento triunfador liderado por Urquiza –un verdadero “Ejército Grande”– aunaba hombres de variadas tradiciones. El nuevo proceso, por caso, alinearía en un mismo bando a los dos generales más destacados de ambas fracciones, Ángel Pacheco y el “Manco” Paz, que como comandantes “jamás perdieron una batalla”, serán ministros de guerra del Estado de Buenos Aires.

Hubo, sin embargo, un referente en disidencia: el enjundioso Domingo F. Sarmiento, recordado hoy como el primer Maestro argentino. Caratulando a Urquiza de “dictador constitucional”, Sarmiento impugnó que en San Nicolás se reunieran los gobernadores que se habían disciplinado antes al Restaurador.

Según su visión, era imposible siquiera pergeñar una constitución republicana, liberal y democrática junto a quienes representaban la continuidad del régimen depuesto. Al apoyarse en ese entramado –como con la disposición de seguir luciendo el cintillo punzó– Urquiza evidenciaba que era otro “caudillo” más. “Señor Urquiza –fustigó– ¿por qué tomó por lema la fusión y resucitó en documentos públicos el epíteto ‘salvajes’, vergonzoso solo para quienes lo usaron?”.

El sanjuanino se distancia y parte hacia Chile donde sostiene una dura polémica con Juan B. Alberdi sobre la constitución en ciernes. En diapasón con Urquiza, Alberdi aporta sus Bases y puntos de partida mientras Sarmiento precisa sus diferencias –incluyendo el propio Preámbulo– con su Comentario a la Constitución de la Confederación Argentina. En las cartas cruzadas no ahorran dicterios: “escritor empleado”, “abogadillo” y “templador de pianos” desmerece el cuyano; “caudillo de la pluma”, “bárbaro” y “gaucho malo”, contraataca el tucumano.

Los hechos parecieron dar la razón a Sarmiento; la unidad nacional no se sostuvo. El alzamiento porteño del 11 de septiembre de 1852 repone el predominio de los unitarios, su rechazo a la constitución de la Confederación y la secesión de Buenos Aires. Pasarán casi diez años y en 1862 –tras una reforma constitucional de la que el sanjuanino fue protagonista decisivo–, Mitre asume la presidencia de la república unificada. Cumplido su sexenio lo sucede Sarmiento.

Como en tantos otros campos –el educativo, el industrial, el agrario, el científico-tecnológico y el inmigratorio entre ellos–, el nuevo presidente tuvo también iniciativas políticas osadas. Y así como se distanció de su predecesor, decidió visitar en su propio territorio al gobernador de Entre Ríos.

El 3 de febrero de 1870, aniversario de Caseros, se apersonó en el Palacio San José y se estrechó en un abrazo con su anterior oponente. Lo recibieron diez mil soldados de caballería uniformados de rojo con peto blanco, muchos de ellos, veteranos de la guerra civil que habían jurado alguna vez la muerte de “los salvajes unitarios”.

El encuentro proclamaba que la unidad nacional estaba por delante de las facciones: tras esa calurosa recepción el sanjuanino se vio por fin coronado: “¡Ahora sí me siento presidente!”. La cordial reunión parecía sellar definitivamente el pasado conflictivo: un nuevo federalismo tomaba cuerpo.

Sin embargo, aquel significativo paso le costaría la vida a Urquiza, que fue asesinado en esa misma residencia solo dos meses después, acusado de “traidor” por sus seguidores más fanáticos. Por su lado, en agosto de 1873 Sarmiento salvará la vida de modo fortuito en un atentado tramado, casi con seguridad, por los mismos partidarios de López Jordán alzados en armas en el Litoral y que serían definitivamente derrotados en diciembre de ese año. “Hay quienes dieron al general Urquiza un abrazo, olvidando en aras de la patria pasados agravios. ¡Yo me glorio de haberle dado tres abrazos!”, subrayaría Sarmiento en el Senado de la Nación en 1874.

Pasa un quinquenio. En 1879, tras 41 años de ausencia, llega a puerto, electo diputado, el doctor Alberdi. Quien le da la bienvenida es el ministro del interior de Avellaneda. En efecto, es el mismo Sarmiento quien congratula y abraza ahora al tucumano por su retorno a la patria: “¡Por fin tendré con quién discutir, y cuanto más elevada la discusión todos saldremos ganando!”, festeja.

Se suele decir que, tras Caseros, Urquiza lanzó una sentencia que haría historia, “¡ni vencedores ni vencidos!”. La frase es exacta aunque, en rigor, la había acuñado en otra circunstancia. La idea, de cualquier modo, merece recogerse como una sana expresión de deseos y una perspectiva que Sarmiento, con similares sueños de progreso y unidad nacional, plasmaría en esos abrazos históricos con dos de sus principales adversarios políticos e ideológicos de otros tiempos.

La estatua de Urquiza que mira al río desde las barrancas, en Paraná, destaca: “Instrucción” y “Agricultura. Industria. Comercio”, términos que bien podrían rubricar un monumento a Sarmiento. Los proyectos de construir una gran nación eran aspiración compartida, con sus matices, por toda la generación de la constitución. Y los valores, para Sarmiento, eran cuestión de Estado.

Ricardo de titto es historiador (Archivo General de la Nación). Autor, entre otros libros, de “Yo, Sarmiento” (El Ateneo).