Ideologías ¿Qué significa ser de derecha o de izquierda?

Mart 07/08/18.- A Macron se lo califica de socialista y de conservador. El lo niega y relativiza las ideas políticas clásicas.

Después de la Revolución Francesa de 1789, en la Asamblea Nacional los diputados que defendían las conquistas revolucionarias se sentaban a la izquierda, mientras que los que se oponían a ellas lo hacían a la derecha. De allí surgieron los términos políticos izquierda y derecha. Muchos comentaristas de la elección presidencial francesa señalaron que estas categorías ya no sirven para describir la política contemporánea en Francia (o en cualquier lugar). Emmanuel Macron declara orgulloso que no es ni de derecha ni de izquierda. Marine Le Pen, cuyo Frente Na­cional se asocia con la extrema derecha, no coincide: según ella, Macron (que fue ministro en un gobierno socialista) es de izquierda. Pero igual que Donald Trump, Le Pen hizo campaña presentándose como la “voz del pueblo”, mientras que a Macron (como a Hillary Clinton) se lo describió como t­ítere de banqueros, élites culturales y plutócratas internacionales.

¿Queda, pues, algún significado en las palabras derecha e izquierda?

Que algo cambió en las últimas décadas del siglo XX es indudable. Los partidos de izquierda comenzaron a perder su base en la clase trabajadora industrial. La redistribución de la riqueza se fue volviendo menos importante que la emancipación social de minorías étnicas y sexuales. Los partidos de de­recha defendían de palabra el conserva­durismo social de los votantes menos privilegiados de las áreas rurales y provincianas, pero una vez en el poder hacían lo que fuera mejor para las grandes empresas. Pero como que ello no siempre iba en contra de los intereses de la izquierda, los social­demócratas europeos a menudo formaron gobiernos de coalición con conservadores pro mercado moderados o democristianos. En este aspecto, la distinción entre izquierda y derecha colapsó. La vieja idea de una izquierda representante del proletariado oprimido contra los intereses de las grandes empresas y la burguesía es cosa del pasado.

Pero la distinción tradicional entre izquierda y derecha no es sólo económica. La Asamblea Nacional francesa fue escenario de una división más profunda, por ejemplo entre los dreyfusards y los antidreyfusards en la década de 1890, o entre el Frente Popular de Léon Blum y Action Française en la década de 1930. Esta división todavía rige en la era de Macron y Le Pen.

Los defensores de la República Francesa, que se tomaban en serio aquello de “libertad, igualdad y fraternidad”, pensaban la ciudadanía como un concepto legal, no algo basado en la sangre y la tierra. Preferían las insti­tuciones a las tradiciones consagradas y el internacionalismo al chauvinismo. El capitán Alfred Dreyfus, el oficial judío falsamente acusado de traición en 1894, fue una figura tan polarizadora en Francia porque sus oponentes lo veían como un símbolo de la de­cadencia de una nación cuya sagrada iden­tidad estaba siendo diluida por la sangre ­extranjera.

Los antisemitas, y otros grupos que piensan la sociedad en términos de tierra y sangre, ven invariablemente a los “banqueros sin corazón” (como calificó Le Pen a su adversario en el debate presidencial), como enemigos del “pueblo real (…), el pueblo ordinario y decente” (palabras de Nigel Farage en un acto de campaña en favor de Trump en Misisipi). En este sentido, Macron (que trabajó en un banco para Rothschild y que cree en la apertura de fronteras y las instituciones internacionales) es un hombre de la izquierda. Y Le Pen, adalid de la France profonde, la “Francia real” de blancos furiosos y cristianos residentes de áreas rurales, para los que “francés y musulmán” es un oxímoron, es una auténtica descendiente de los antidreyfusards y de Action Française.

Macron consiguió derrotar a Le Pen esta vez. Pero la izquierda socialdemócrata sigue en crisis. El Partido Laborista del Reino Unido está moribundo. A los socialdemócratas holandeses los barrieron en las urnas. Y Trump, un narcisista ignorante sin experiencia política, consiguió convertirse en presidente de Estados Unidos atizando el resentimiento popular contra las élites educadas, los banqueros, los extranjeros, los inmigrantes y las instituciones internacionales.

El problema para los socialdemócratas de la actualidad es cómo sobrevivir si los desfavorecidos se vuelcan en masa a la derecha en vez de a la izquierda. ¿Es posible forjar una nueva alianza? ¿Puede la brecha creciente entre ricos y pobres recuperar al menos una parte de la clase obrera blanca para el campo de los inmigrantes y otras minorías? ¿Es factible otro new deal?

Pero la crisis de la derecha no es menos seria. Puede que Trump (a pesar de proclamarse defensor de los intereses del pueblo ordinario) se haya rodeado de ex empleados de Goldman Sachs y titanes corporativos. Y muchos republicanos todavía se aferran a él con la esperanza de alcanzar sus metas políticas. Pero en la práctica Trump secuestró el viejo partido conservador proempresarial e internacionalista. ¿Podrá su variante de populismo nativista y chauvinista coexistir con el tipo de capitalismo cuya prosperidad depende de las migraciones continuas, la libertad de movimiento y las instituciones globales?

Esta vez Francia eludió el embate xenófobo, pero la última palabra aún no se ha dicho. Aunque la izquierda y la derecha estén en un estado de transformación y confusión, las viejas divisiones que surgieron después de 1789 siguen allí, tal vez más vivas que nunca. Macron tiene buenas intenciones, pero si su política fracasa, los antidreyfusards modernos volverán con nuevos bríos.

Profesor de Democracia, Derechos Humanos y Periodismo en el Bard College (Nueva York)